lunes, 16 de diciembre de 2013

Jinete Nocturno (VIII)

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-Ha llamado Yurov. Me ha lanzado algunos insultos realmente dolorosos y encima me ha hecho repetir el plan en clave una vez más, y ya sabes como suena eso.
El té ya está en las bolsas y listo para ponerse a calentar. Antes hemos comprobado el fuego y todo funciona bien. También tenemos confirmación de que el jockey está montando al caballo y que el caballero le observa desde cerca. Por su parte, los dátiles están frescos y listos para la fiesta.
-¿Y qué hay del samovar?
-¡El samovar! Jaja
-Jaja. No, en serio, yo creo que el hombre se aburre.
-¿Quién no se aburriría en un yate con todo lo que quiera a su disposición? Debe de ser muy estresante eso de poder hacer cualquier cosa.
-Si, yo no sabría elegir qué pantalones ponerme por la mañana.
-¿Es que te pondrías pantalones? ¿Para qué?
-Pues también tienes razón. Todo el día en bolas. Y al que le moleste, ya sabes, pum, pum.
-De todas maneras, no sé por qué nos tomamos tantas molestias en convertirnos en Yurov. Para ir en bolas no necesitas dinero, y también puedes hacerlo en tu casa.
-Oye, una cosa. En realidad, ¿a ti qué te parece todo esto?
-Pues que las cosas iban tan bien que es normal que algo pasara. Incluso mejor: si todo está tranquilo, es que se acerca la tormenta.
-Ya, pero ahora estamos nosotros, los moros, los yanquis, los gabachos, los caracaballos. Parece un vodevil como ese que vimos en el Théâtre des Capucines.
-¿Y lo que nos reímos?


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-Como todo esto se líe, aprieto el botón y todo por los aires. Se acabó el problema.
-Claro, tú lo solucionas todo muy rápido. Pero así no conseguiríamos nada.
-¿Cómo que no? Llamaríamos la atención, que es lo que queremos.
-¿Y nuestra gente, qué? ¿Es que va a conseguir la libertad porque tú aprietes un botón?
-Eso tendrías que haberlo pensado antes, porque eso es todo lo que hacemos, apretar botones.
-Eres un cínico y un criminal.
-A buenas horas. A ver si tú vas a ser uno de ellos, porque yo ya no me fío ni de mi padre.
-Pues yo del que no me fío es de ti. Ten cuidado, hace tiempo que te observamos.
-¿Que me observáis? ¿Tú y cuántos más? A ver si voy a tener que apretar el botón antes de tiempo.
-Ven aquí ahora mismo.
-Ven tú.
-¡Te parto el alma!
-¡Chicos! ¡Ya está bien! Parecéis unos niños malcriados en lugar de unos luchadores por la libertad. Y yo no quiero hacer el papel de madre, así que si no queréis que os dé una buena zurra a los dos, más vale que os controléis. Venga, daos la mano.
-Pero si ha empezado él.
-Y una mierda.
-Os voy a tener que mandar de vuelta a vuestro pueblo. Pero ya.
-¡No, por favor, eso no!
-¡Si estamos de broma! Venga, un abrazo.
-¡Qué abrazo! ¡Dame un beso, hermano!


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El encontronazo tuvo un resultado desigual. Los tres ocupantes del todoterreno negro habían quedado gravemente dañados, aunque sus sufrimientos fueron cortados de raíz por un ileso Marcel, que cumplió su cometido como quien se limpia las cenizas que le han caído de un cigarrillo.
PUM PUM PUM
El ruido devolvió la conciencia a Harker, quien hubiera preferido seguir en la bendita compañía de los angelitos. Cuando se despertó, a le dolía hasta el pelo, pero mientras se mantenía quieto podía mantener algo de serenidad. Por eso la voz de Marcel, siempre tan expeditivo, le sonó como una canción heavy puesta a todo volumen con la única intención de torturarle.
-Muévete. Muévete. Muévete. Muévete. Muévete. Marcel solo lo había dicho una vez, como era su costumbre, pero la palabra resonó en el cerebro de Harker, rebotando una y otra vez y haciéndose cada vez más insoportable. Cuando el eco ceso, John apenas disponía de un susurro y de una pizca de su caudal de ironía para soltar:
-Si tienes una grúa escondida por ahí a lo mejor podría ponerme en pie.
-Seguro que estos inútiles no son los únicos que vienen detrás de nosotros. Será mejor que nos pongamos en marcha ya.
Harker tuvo fuerzas para sorprenderse de escuchar dos frases completas salidas de la boca de Marcel, pero para poco más. El Land Rover estaba tan hecho polvo como él mismo, mientras que el todoterreno daba las mismas señales de vitalidad que sus ocupantes.
-Ni a rastras me podré mover de aquí.
La mirada de Marcel fue mucho más expresiva que cualquier palabra que hubiera podido emitir. Una vez más se alejó de John para llamar por teléfono. Cuando volvió no dijo nada.
-¿Qué va a pasar? ¿Vienen a por nosotros?
-Guarda tus fuerzas. Las vas a necesitar.


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-¿Quién ha sido?
-...
-No me hagas repetir la pregunta. ¿ Franceses, americanos o ingleses?
-Según nuestro hombre en La Granja...
-¿Nuestro qué?
-Ya sabe, nuestro sherpa.
-¿De qué me estás hablando?
-Nuestro chófer, nuestro guía, nuestro gorila, nuestro salvaguarda, la persona encargada de protección y vigilancia, el campesino, el franchute fiel, el buen hombre de las montañas, el gigante moreno, el ángel de la guarda, el mocetón del sur, nuestro seguro de vida.
-Está bien, ya sé de quién me hablas.
-Pues según el, y prepárese, los tipos malintencionados del todoterreno... eran italianos.
-¡Te estás quedando conmigo! ¿Qué pintan los italianos aquí?
-No, no eran mafiosos, ya solo faltaba que tuviéramos a los macarroni metidos también en el ajo.
-Menos mal, esto ya iba camino de convertirse en una opereta de cuarta categoría.
-Seguramente estaban contratados por alguna de las partes implicadas. Solo que todavía no sabemos por cuál.
-Pues ya podéis aplicaros.
-Tenemos a un equipo de camino. Se encargarán de evacuar al campesino y al caracaballo y si les da tiempo comprobaran las pruebas que hayan quedado.
-Para empezar, ¿de quién fue la idea de que solo una persona se ocupara de la vigilancia del carapepino?
-...
-Te ordeno que me lo digas. Que cada palo aguante su vela.
-Fue... ¿usted?
-¡YO! ¿YO? Yo... tenía mis motivos, pero ahora todo ha cambiado. Es prioritario que el sangredemermelada llegue sano y salvo a París.
-Me parece que para lo de sano ya es un poco tarde.
-No te pongas impertinente y ocúpate de que todo salga bien. Te hago personalmente responsable.
-Sí, señor. También me ocuparé de meterte una granada por donde te quepa.
-¿Pero qué dices?
-Que ya había colgado, hombre.


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-¿Cómo se puede ser tan incompetente? Es que no me entra en la cabeza. Os dejamos esto en vuestras manos, porque es vuestro terreno, ¡y se lo encargáis a unos italianos que serían profesionales, pero de la fantochada!
-Nos vinieron con las mejores referencias.
-Sí, seguro que se las inventaron y ni las comprobasteis.
-No podíamos actuar directamente. Imagínate por un momento que mandamos a algunos de nuestros agentes y se quedan en el camino. Todo el plan hubiera quedado al descubierto.
-Tal y como están las cosas, tarde o temprano pasara de todas maneras, así que mejor haber hecho el trabajo bien a la primera y ahora no estaríamos metidos en este embrollo.
-No te preocupes, ya nos hemos ocupado de que esta vez la eliminación se produzca sin más contratiempos.
-Y a quién se lo habéis endosado esta vez, ¿a unos rumanos?
-No, nuestro rumano jefe está en la cárcel. Un pequeño problema de descoordinación con la Policía. Ya sabe que estas cosas pasan.
-Tienes que estar de broma. Lo mejor será que llame a alguno de los nuestros y que se ocupen ellos. Harker no puede llegar a París de ninguna de las maneras.
-No, eso enredaría aún más las cosas. Nuestro contacto no sabe de qué va el asunto, y si ve aparecer a un grupo desconocido, acabará también con ellos. Es superprofesional.
-Superprofesional mi culo.
-Tampoco hay que ponerse así.
-Me pongo como me da la gana. Si al final es lo que yo dije desde el principio, que con vosotros no se puede. Ya verás como tendré que ocuparme de Harker personalmente. Davies ya está de camino, por si las moscas.
-Que no, hombre, que no. Te reporto en una hora.


38


Henri tuvo que cancelar una cita precipitadamente y sin dar demasiadas explicaciones, pero es que sabía que si Tom se ponía tan imperativo era porque se trataba de algo de la máxima prioridad.
El hotel Sainte-Croix se encontraba en un distrito lejano de la ciudad, que hacía tiempo que no visitaba. Su coche tampoco parecía tener mucha predilección por esa zona de París, porque cuando programó el gps para que le guiara le indicó un hotel del centro de Nantes. Tras varios intentos infructuosos tuvo que consultar a su móvil, que le indicó que tardaría 25 minutos en llegar.
Con más de 20 minutos de retraso sobre el horario previsto, por fin se presentó a las puertas del hotel. En la decimoquinta planta le esperaba un vigilante de muy mala acogida que le preguntó de muy malos modos qué hacía allí. Tom, ya avisado de la llegada, salió de su habitación y dijo que todo estaba bien.
-De eso nada. Me han dejado bien claro que aquí no entra nadie.
Tom se acercó poniendo una cara simpática al vigilante con la mano derecha adelantada en señal de apaciguamiento.
-Eh, amigo, no pasa nada. Podemos tener la charla en el pasillo.
-Eso es completamente irregular. No va a ser posible.
De manera inadvertida, Tom y Henri habían encajonado al vigilante, que se las vio venir demasiado tarde. Al llevarse la mano al comunicador que tenía en el cinturón pareció dar la señal que los otros dos estaban esperando.
-Shhh, tranquilo, tranquilo. No te va a pasar nada -dijo Tom mientras con una sutil llave enviaba al vigilante a un lugar mucho más relajado.
-Recuérdame que nunca te lleve la contraria -resopló Henri mientras arrastraba el cuerpo del francés hacia la habitación. -Pues quizá sea un buen momento. ¿Estás listo para bajar 15 pisos de escaleras?

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