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viernes, 6 de noviembre de 2015

El año del verano que nunca llegó, de William Ospina


La reunión entre Lord Byron, Mary Wollstonecraft, Percy Shelley y John Polidori en el verano de 1816 en una villa cerca de Ginebra no solo propició la creación de Frankenstein y El Vampiro, sino que ha dado material suficiente para que multitud de creadores investiguen, especulen y fantaseen sobre lo que allí sucedió. Y no es para menos, pues según se propone demostrar William Ospina en El año del verano que nunca llegó, allí nació la mitología moderna.

No hay ninguna duda de que el suceso es jugoso. Es inusual que se juntaran tal cantidad de talentos y biografías apasionantes en un mismo lugar, y además en un momento tan particular como ese verano que, debido a la erupción del volcán Tambora, nunca llegó a producirse. Pero es que además en esos días se fraguó la creación de dos figuras que en poco tiempo iban a definir los miedos modernos y que todavía hoy nos acompañan.




Por eso no es de extrañar que Ospina cayera fascinado ante esta historia que estaba reclamando ser contada, y que tantos escritores han intentado hacer suya. El acercamiento de Ospina es tan personal que ha convertido El año del verano en una investigación que atañe tanto a lo que pasó en Villa Diodati como a su propia persona. Así, el libro se convierte en un documental sobre su propia elaboración, repleto de vivencias íntimas y de secretos sobre cómo una obsesión se puede transformar en una obra de arte.

Pero El año del verano no es uno de esos libros cerrados en los que la introspección expulsa al lector. Ospina no se olvida de su objetivo principal y a través de una compleja y a menudo sorprendente concatenación de casualidades, de nombres entrecruzados, de legados compartidos, construye una visión amplia y poética que intercala con total naturalidad pasado y presente, mito y razón, literatura y vida. No es raro que tal empeño le costara al autor la salud: es el sacrificio que impone la búsqueda de la verdad.


Editorial Random House

jueves, 21 de mayo de 2015

Los dos hoteles Francfort, de David Leavitt


Sin ser uno de esos cada vez más abundantes libros protagonizados por escritores ni de aquellos otros en los que el autor introduce una novela dentro de la novela, en Los dos hoteles Francfort DavidLeavitt presenta hasta cuatro escritores diferentes y en la parte final desliza un completo resumen de una novela policíaca (que, por cierto, dan ganas de leer). Pero, en este caso sí, los escritores podrían haber tenido cualquier otro oficio, de hecho este es secundario: los hechos, por encima de la creación, son los que importan.

Y es que la mayor habilidad del autor en este libro es construir una historia muy “literaria” (Lisboa en los inicios de la Segunda Guerra Mundial, exiliados y posibles espías, relaciones sentimentales muy complejas) y que a la vez todo suene natural, sincero y creíble. Por ejemplo, la descripción de la ciudad puede parecer un decorado teatral, la típica ciudad histórica europea vista con los ojos inexpertos de un norteamericano, pero los detalles y el sabor (más o menos recreado) revelan una autenticidad no impostada.




A poco que se conozca la obra de Leavitt, su voz será inmediatamente reconocible. Su capacidad para introducirse en los pliegues mentales y morales de sus personajes, para sumergirlos en sus contradicciones y descubrir las múltiples personas que viven en cada ser humano caracterizan una escritura adulta y desprejuiciada que enfrenta el sentido de la responsabilidad y los deseos del corazón, con unas consecuencias trágicas, y en tal sentido inevitables.

Desde el principio de Los dos hoteles Francfort Leavitt despliega una madurez narrativa que se manifiesta en su capacidad para sugerir mucho más de lo que cuenta, a la vez que construye una armazón argumental sin fisuras, en la que incluso las casualidades más increíbles se aceptan sin chirridos. También es cierto que en algún momento la historia parece detenerse, pero en la parte final Leavitt recupera el pulso y, al igual que su protagonista, asume todas las responsabilidades de sus acciones: ya no hay vuelta atrás.

Editorial Anagrama

Traducción de Jesús Zulaika