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martes, 17 de febrero de 2015

¿Quién ha visto el viento?, de Carson McCullers


Muchos libros (todos los que merecen la pena, en realidad) tienen una impronta musical más o menos evidente. La fluidez, el tono o el ritmo son características tan relevantes como el argumento o los personajes y que diferencian a un verdadero creador de un juntador de palabras. Pero en el caso de Carson McCullers el influjo de la música es explícito y casi en cada cuento de ¿Quién ha visto el viento? hay un músico o alguna historia relacionada con la música.

McCullers, cuyo reumatismo le impidió desarrollar una carrera como pianista, traslada su frustración a muchos de los personajes que habitan en sus relatos. En buena parte de ellos los protagonistas son niños que empiezan a descubrir el mundo y a los que no les gusta lo que ven. Como la protagonista de Así, que sufre al comprobar el monstruo de egoísmo en el que se ha convertido su adorada hermana y se niega a crecer para convertirse en algo así. O la niña prodigio de Wunderkind, incapaz de asumir lo que el mundo espera de ella.





Otra parte de los cuentos está dedicado a jóvenes que ya han pasado la época de la negación, pero que siguen sin encontrar su lugar. Como en Sin título, quizá el mejor cuento de la colección, en el que Andrew se da cuenta de que el edén de la infancia ha pasado casi sin que se dé cuenta, y de repente se encuentra convertido en un hombre que no sabe qué hacer. A veces se ha considerado a McCullers como una escritora para jóvenes, que no se debería leer con más de veinte años, y aunque sin duda esto es absurdo, sí es cierto que puede ser comprendida por este tipo de lector mejor que por nadie, precisamente porque ella tiene toda su comprensión.

La otra categoría principal de relatos (aunque hay muchos más, algunos de una gran sencillez cómica, otros sencillos apuntes melancólicos) es la de personajes ya maduros, aunque no por ellos más asentados. Suelen ser tipos desengañados, deprimidos, con matrimonios rotos y problemas de alcohol. Pero no son estereotipos, por mucho que nos encontremos con personajes muy similares en la literatura norteamericana de la época. Porque McCullers sabe de lo que habla, y cuando retrata una relación rota, unas ambiciones cortadas de raíz, un sueño desvelado, lo hace con conocimiento de causa.

Editorial Austral
Traducción de José Luis López Muñoz y María Campuzano

martes, 16 de diciembre de 2014

La cultura, de Dietrich Schwanitz


De un libro tan particular como La cultura, cuyo subtítulo “todo lo que hay que saber” ya da una idea de sus ambiciones, lo primero que llama la atención es que siendo su autor, Dietrich Schwanitz, alemán, el humor esté presente en cada una de sus páginas. Y si podría parecer que este comentario cae en el tópico, recordemos que Schwanitz no tiene empacho a la hora de recurrir a los estereotipos nacionales más locos. Así, para él “el pueblo vasco se ha dado a conocer por su peculiar boina y por al organización terrorista ETA”, o los españoles “nunca salen a pasear vestidos de cualquier forma, por ejemplo con pantalón corto y sandalias u otras prendas de mal gusto, sino siempre vestidos elegantemente”. Si tan solo fuera verdad.

Lo que no queda muy claro es la intención de Schwanitz con este libro. Porque si en apariencia podría pasar por una guía para jóvenes con interés por introducirse en el mundo de la cultura, en realidad queda la sensación de que se trata de un manual para comportarse en sociedad. En muchos apartados parece que a Schwanitz no le interesan otros valores de la cultura más que el no quedar como un tonto o el saber mantener una conversación. Nada de formación personal o de la satisfacción que provoca el arte por sí mismo: todo es cuestión de alardear.

La primera parte del libro es un rápido vistazo a la historia de Occidente. A un estudio que dedica una página al feudalismo no se le puede exigir profundidad ni cuidado por los matices, y en cualquier caso la narración de Schwanitz es fluida y comprensible en su esquematismo. Pero lo que sí es reprochable es su inexactitud, pues abundan los errores en datos básicos que, después de la multitud de reediciones que ha tenido el libro, deberían haber sido corregidos.

Tras este repaso a la velocidad de la luz de la historia europea, Schwanitz se centra en las grandes obras de la literatura de los últimos 700 años. A la fuerza la selección es arbitraria y reducida, pero no está mal como lista de libros que toda persona culta debería haber leído... o al menos poder simular que ha leído. Pero cuando Schwanitz pasa a hablar de teatro, parece volverse loco e introduce un diálogo entre seis dramaturgos del siglo XX que es puro disparate (intencionado, eso sí).





Como si el resumen histórico hubiera dejado exhausto a Schwanitz, a la hora de hablar de arte se disfraza de guía de museo y va acompañando al lector por las salas de los diferentes movimientos artísticos sin dar respiro. Como buen alemán, da lo mejor de sí mismo cuando se detiene a hablar de música, y lo hace de una manera accesible a la persona más ignorante, pero de forma muy sugerente.

Schwanitz era filólogo, pero si no tenía reparos a la hora de dar lecciones de historia, tampoco se iba a detener ante el reto de explicar filosofía, ni tan siquiera ante la confuxión que plantean algunos de los pensadores más herméticos (y disparatados, todo hay que decirlo) del siglo XX, como Heidegger, Foucault o Derrida. Sin embargo, ante la ciencia si parece tener más reparos y apenas apunta algunas ideas muy generales.

En la segunda parte del libro es cuando Schwanitz explicita de una manera más abierta su intención de convertir en libro en un compendio de reglas para poder moverse en sociedad sin parecer inculto. Aquí se expresa la verdadera filosofía del autor, pero queda en manos del lector hacer uso de ella. O bien se toma el libro como una introducción que abre caminos al saber, o como un simple atajo para aparentar lo que no se es.

Editorial Taurus
Traducción de Vicente Gómez Ibáñez