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miércoles, 25 de junio de 2014

Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco


Me acuerdo, no me acuerdo. No hay manera más honrada de iniciar unas memorias infantiles, una evocación clara y a la vez incompleta. No se recuerda el año en que todo sucedió, pero cada detalle de aquella habitación es nítida, presente. A José Emilio Pacheco no le preocupa la concreción cronológica, el dato incontrovertible, sino que se mueve en el campo de las sensaciones: olores, tactos, sabores. Pero también de las películas de la época, las fotografías, las revistas de moda. Un mundo que no tiene entidad histórica, pero que contiene su propia verdad.

Desde su título, Las batallas en el desierto evoca los juegos infantiles, esos juegos creativos y sin reglas, de apariencia fugaz, pero de una trascendencia insospechada. El protagonista puede tomarse tan en serio este juego como para no poder diferenciarlo de la realidad, y cuando se dé cuenta de las consecuencias descubrirá que su mundo, en apariencia tan sólido como invariable, puede deshacerse de la noche a la mañana. Los recuerdos se mezclarán, él crecerá hasta convertirse en otra persona, pero lo que se hizo no podrá cambiarse.




La trama de Las batallas en el desierto es tan leve como escasa su extensión. Pero no se trata tan solo de un libro de sugerencias, de memorias recuperadas, de evocación de un tiempo pasado en el que todo parecía posible (y en el que el futuro, el año 2000, era visto como la realización de la felicidad suprema y universal). También es una novela de formación, el retrato del momento en el que en niño cobra conciencia de que sus acciones tienen consecuencias y en el que empieza a comprender que el mundo de los adultos (sus juegos) tienen unas reglas propias y a menudo despiadadas.

El estilo de Pacheco es elegante, conciso, colorido. Pese a su bagaje poético (o a consecuencia del mismo), no hay nada de lirismo impostado, de pretensiones elegíacas. Todo es descrito de una manera precisa, emotiva en su sencillez. En apenas unas líneas, sin abusar del adjetivo, el autor es capaz de perfilar un personaje, de transmitir la esencia de un paisaje, de revelar la profundidad de un gesto de apariencia irrelevante. Y, ante todo, Pacheco consigue adentrarse en la piel de un niño en permanente estado de desconcierto y descubrimiento, sensaciones que se trasladan de manera natural al lector.

Editorial Tusquets

jueves, 24 de octubre de 2013

La casa redonda, de Louise Erdrich



Aunque en apariencia La casa redonda cuenta una historia clásica, sería difícil clasificarla en un género concreto. Al empezar su lectura parece que entramos en el reconocible mundo de las novelas de formación, de la estirpe de Mark Twain: años 80, un niño indio americano disfruta de sus vacaciones cuando un terrible suceso pone su vida patas arriba.

Pero pronto Louise Erdrich deja claro que las cosas no son tan sencillas. El libro se puede leer también como una novela de misterio (hay un crimen y una investigación); como una novela social (el racismo latente de la sociedad); como una novela política (la incomprensible maraña judicial que desencadena la tragedia); y también como una fábula con un poderoso peso simbólico ya perceptible desde el título.

Erdrich tiene la habilidad para combinar todos estos tonos sin que se produzca un efecto pastiche. Su protagonista adolescente es creíble y su punto de vista, situado en esa línea de sombra en la que un mundo totalmente nuevo empieza a vislumbrarse, mantiene en todo momento la coherencia y una perspectiva personal.

Editorial Siruela
Traducción de Susana de la Higuera Glynne-Jones