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miércoles, 7 de octubre de 2015

Recuerdos de un pasado que se desvanece, de Aidan Higgins


Recuerdos de un pasado que se desvanece es uno de esos libros (“autobiográficos”) en los que apenas hay trama novelística. Aidan Higgins no se preocupa de construir tramas ni de desarrollar un argumento que se pueda seguir de principio a fin. Al contrario, la construcción se basa en breves escenas, a menudo en sencillas imágenes del pasado que el autor actual rememora con mucho más de poesía que de narración.

El problema de este tipo de evocaciones es que resulta muy complicado mantener la atención del lector durante trescientas páginas sin que tenga un relato al que agarrarse. Pero Higgins supera este escollo a través de la confesión, del dibujo de la formación de su protagonista, ese Dan al que conocemos desde sus primeros balbuceos y al que vemos entrar en la edad adulta sin que haya sido capaz de desprenderse por completo de su desconcierto.




En muchos momentos Recuerdos de un pasado recuerda a las películas de Terence Davies, esos líricos y emocionantes recuerdos de infancia en los que el sabor de una época se recupera a través de pequeños detalles, de días luminosos y tormentas imprevistas. Un paseo por el campo o una canción popular sirven para describir a la vez el ambiente y la personalidad, el grupo y el individuo, lo general y lo particular.

En otras ocasiones es inevitable pensar en Perec. Las listas de ídolos, de nombres, el cuidado con el que se traen al presente las sensaciones pretéritas. Higgins escribió otros libros plenamente autobiográficos, pero ya en estos Recuerdos probó a trasladar a un libro sus emociones más íntimas y lo hizo con un estilo personal y complejo, en el que tiempos y sensaciones se mezclan de manera fluida, como si la magia de la literatura fuera capaz de deshacer la inevitabilidad de la entropía.

Editorial Periférica

Traducción de Carmen Torres García

lunes, 30 de marzo de 2015

El cordero carnívoro, de Agustín Gómez Arcos


Frente a la mayoría de las novelas editados por la “industria del libro”, elaboradas con una fría profesionalidad, hay una minoría de textos que parecen responder a una necesidad física, confesiones que bullen en el cerebro de los autores y que encuentran su manifestación en obras torrenciales y salvajes. Y es una suerte que esos escritores puedan dar escape a esa furia que habita en ellos a través de la literatura, porque sin duda otras formas de expresión serían mucho más brutales.

De esta manera Agustín Gómez Arcos utilizó El cordero carnívoro para dar rienda suelta a una pasión que ardía en su corazón. No sabemos lo que la historia de la novela tendría de autobiográfica (Luis Antonio de Villena cuenta en el prólogo que el autor evitaba dar explicaciones al respecto), pero de lo que no hay duda es de que Gómez Arcos la sentía como algo muy personal, como un resquemor íntimo del que debía librarse si quería seguir viviendo.




La confesión del protagonista y del autor cobra forma de vómito irrefrenable en el que el se entremezcla el recuerdo de un amor incestuoso y homosexual y el de un odio fervoroso hacia la madre. Pero contando con un argumento tan poderoso, lo más peculiar de la novela es que se puede leer no tanto como una historia sobre tabúes y sentimientos inefables, sino como una muy particular historia de la España franquista quebrada por las secuelas de la Guerra Civil.

Tratándose de una cuestión tan íntima, también es curioso que Gómez Arcos la escribiera en francés, aunque quizá haya historias que solo se pueden escribir en un idioma ajeno. En cualquier caso, si los libros de manual de los que hablábamos al principio suelen tener tanta solidez formal como falta de vida, libros como El cordero carnívoro resplandecen en su verdad pero flaquean en su construcción. Gómez Arcos supo superar este escollo gracias a un fulgor que no admite términos medios.

Editorial Cabaret Voltaire
Traducción de Adoración Elvira Rodríguez

miércoles, 11 de febrero de 2015

Falconer, de John Cheever


Aunque hoy en día John Cheever es admirado sobre todo por sus cuentos, que a menudo se toman por fiel reflejo de los Estados Unidos de los años 50 y 60, hay que recordar que en esa época Cheever era un escritor respetado, pero ni se le consideraba un maestro ni tenía una gran repercusión popular. No fue hasta que publicó sus novelas sobre los Wapshot y, sobre todo, Falconer, convertido en un bestseller instantáneo, que Cheever alcanzó un reconocimiento del que todavía disfruta.

Y es que si sus relatos de la vida suburbial han marcado la imagen que tenemos de la América dorada, bajo cuyo esplendor se escondía la miseria y el tedio, en Falconer Cheever retrata un nuevo país, corrupto y enquistado, en el que no hay mejor metáfora social que la cárcel. Su protagonista, Farragut podría, ser un personaje de un cuento típico de Cheever, un profesor universitario ilustrado, con una infancia difícil y graves problemas emocionales. Pero en los 70 lo que hubiera sido el retrato de un alcohólico sin perspectivas se transforma en el perfil un drogadicto y criminal.




Además de la adicción, en Falconer Cheever también recurre a otras de sus obsesiones, como la homosexualidad. Si en otras ocasiones ya se había ocupado de un asunto que personalmente le trastornaba, en Falconer lo hace de manera cruda y sin sentimentalismo, con esa mezcla de atracción y repulsión que tanto le afectaba. También aparecen, expuestos de una manera despiadada y cruel, temas como el matrimonio, la relación entre hermanos o, de manera más abstracta pero no menos poderosa, la libertad.

En esta novela el estilo de Cheever es más crudo que nunca. La historia avanza a trompicones, sin que importe demasiado la progresión cronológica, pues, como debe de suceder en la cárcel, los días y los sucesos se confunden. A menudo Cheever da la oportunidad a sus personajes para que cuenten sus historias como si se confesaran, y consigue que su voz suene tan auténtica y creíble como despojada. No hay simpatía hacia sus criaturas, y la crítica al sistema penitenciario se mezcla con la observación de una sociedad decadente en la que quizá nadie merece el perdón.

Editorial Salvat
Traducción de Aníbal Leal