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jueves, 28 de mayo de 2015

Los crímenes del monograma, de Sophie Hannah


Tan complicado como resolver cualquiera de los casos en los que se ve envuelto Hercules Poirot sería descubrir por qué Agatha Christie se convirtió en la escritora de novelas policíacas más exitosa del siglo XX. Es cierto que tenía buena mano para construir personajes y que sus tramas tenían la cualidad de empujar al lector dentro de un desafiante laberinto, pero también es verdad que a menudo recurría a trucos no muy elegantes (esa carta misteriosa, ese personaje salido de no se sabe dónde) y que hay multitud de escritores de la misma o superior categoría que no tuvieron su misma suerte.

En cualquier caso, los libros de Christie siguen manteniendo gran parte de su atractivo, hasta el punto de que Sophie Hannah se ha encargado de dar nueva vida a Poirot en Los crímenes del monograma, un libro que mantiene las esencias originales pero al que la autora ha sabido dar nuevos bríos. El mundo tan particular en el que se mueve Poirot, que se podría resumir como sangre a la hora del té, y que sigue siendo su mayor atractivo, permanece incólume, pero Hannah añade modernidad al introducir cuestionamientos morales que atañen a la calumnia, la violencia o el arrepentimiento.




La mayor novedad de Los crímenes del monograma está en su narrador, el joven policía de Scotland Yard Edward Catchpool. Al principio parece un heredero del bueno de Hastings, un detective un poco torpón que sirve para que Poirot despliegue todas sus habilidades, y que de paso permite al lector situarse junto a alguien que comparte su perplejidad. Pero Hannah ha sabido utilizar a Catchpool como algo más que un narrador inocente que recibe las lecciones del maestro: también da una perspectiva más humana frente a la fría racionalidad de Poirot.

Como novela de detectives, Los crímenes del monograma es canónica. Hay unos asesinatos de apariencia extraña, variados sospechosos que se van repartiendo la sombra de la duda, vaivenes argumentales y detalles que al acumularse van conformando el fondo de la investigación. Hannah tiene una gran habilidad para conducir al lector por los senderos que ha planeado, solo para que cuando se doble la última esquina nos demos cuenta de que todo estaba delante de nuestros ojos, solo que no estábamos lo suficientemente atentos. Como Catchpool, tendremos que admitir la superioridad de Poirot, quien, en esta ocasión, no ha tenido que recurrir a trucos de magia para resolver el caso.

Editorial Espasa

Traducción de Claudia Conde

lunes, 28 de abril de 2014

A Life, de Elia Kazan


Elia Kazan es considerado el primer director moderno de Broadway. Con sus montajes de Muerte de un viajante o Un tranvía llamado deseo se convirtió no solo en el más exitoso creador del teatro americano de los años 40, sino en un respetado innovador que dio una nueva dimensión y categoría al oficio de director de escena. Y qué decir de su labor cinematográfica. Películas como La ley del silencio o Río Salvaje se han convertido en clásicos imperecederos. Bertrand Tavernier llegó a decir “¿Qué es el cine? (…) El cine es Kazan y Esplendor en la hierba”. Además, Elia Kazan también fue un novelista de considerable éxito en su época y el autor de esta extraordinaria autobiografía.

Y sin embargo, tenemos la impresión de que Kazan no ocupa el lugar que merece en el Olimpo de los grandes artistas. La explicación sería sencilla: su pecado nunca fue perdonado. Porque en la actualidad ya no se le da mucha importancia a los pecados, pero hay uno que sigue siendo transgresor, quizá el único tabú que siga en pie: la traición. Pero eso no es todo. Lo peor es que esa traición fue pública. Todo el mundo, y seguramente más sus mayores acusadores, han cometido vilezas en su vida. Pero ninguna que haya tenido tanta resonancia como la delación de Kazan durante la caza de brujas.

Ciertamente, lo que hizo Kazan es inexcusable, un acto deleznable y merecedor de todas las recriminaciones de las que fue objeto. Pero al estudiar su obra, este aspecto debería quedar a un lado. Sin entrar en cuestiones sobre la responsabilidad moral del artista, ¿quién es el crítico para juzgar al hombre? En A Life Kazan dedica páginas y páginas a explicar su delación. Nunca pide disculpas. Tampoco se justifica. Siente arrepentimiento, pero dice que pronto se le pasó. Hay matizaciones, contextualización, pero Kazan se niega a dar su brazo a torcer: lo que hizo estuvo mal, pero era la menos mala de dos alternativas penosas. Así que no, no se arrepiente.




Pero A Life es mucho más que un libros sobre la culpa o sobre ese momento decisivo. Su extensión, cercana a la de Guerra y paz, da para mucho. Su infancia en una familia de origen griego (griegos de Anatolia, eso sí que marca), su llegada a Estados Unidos, su lucha por conseguir una “posición” en la sociedad, su ingreso en el teatro, su posterior triunfo, su conquista del Oeste, sus numerosas conquistas y su fidelidad a su esposa, sus fracasos, su neurosis, sus desventuras familiares, muchas muertes, mucho amor. Kazan solo quiere un refugio, encontrar un hogar. Pero cuando lo consigue, se da cuenta de que busca otra cosa. Quiere ser el número uno, pero sin hacer concesiones. Conoce sus limitaciones y sus puntos débiles. Pero no cejará en su lucha por imponerse.

El libro es así, una descontrolada sucesión de vivencias, un continuo aparecer de nombres famosos y de otros más personales que desfilan por la atribulada su vida. Kazan no era un escritor profesional, lo que se percibe en la desamañada estructura de estas memorias, pero poco importa: aquí hay pasión, hay sinceridad, hay un empeño casi suicida por dejar las cosas claras. Kazan repite en un par de ocasiones que su modelo es Rousseau. También comenta la advertencia de su secretaria de que se va a quedar sin amigos. Y expresa el temor a que sus hijos se enfaden con él, lo único que realmente le preocupa. Y es que Kazan, tan crítico con los demás, es implacable consigo mismo. El lector saldrá con un conocimiento enriquecedor de un lugar y un tiempo apasionantes, se verá envuelto en un torbellino imparable de emociones y sentimientos contradictorios. Llegará a admirar a Kazan y a comprenderle mejor. Que no le guste el hombre, no es problema de Kazan. A él tampoco le gustas tú.

Editorial Anchor Books
Edición en castellano en Temas de Hoy


lunes, 26 de agosto de 2013

Off-side, de G. Torrente Ballester


Cuando a finales de los años 60 Gonzalo Torrente-Ballester escribió Off-side la literatura que más se llevaba era la denominada “social”, ocupada de temas cotidianos y con una preocupación política que en cierta medida sacrificaba el aspecto artístico de la literatura en beneficio de un compromiso histórico. Se trataba de una opción perfectamente válida, aunque también abundaron casos de oportunistas sin talento que se subían a la ola. En cualquier caso, la obra de Torrente Ballester no podía ser más ajena a estas corrientes y en Off-side demostró con brillantez que desde la pura literatura se puede reflejar una sociedad decadente y corrupta de manera mucho más efectiva que desde posiciones dogmáticas.

De hecho, parte de Off-side se puede leer como una parodia de estas novelas sociales, pero desde luego no es lo más importante. Desde una posición de complejidad moral que nada tiene que ver con el moralismo, lo que GTB retrata es la traición, el engaño y, sobre todo, el arrepentimiento. A través de unos personajes miserables (en sus variados sentidos) describe un mundo oscuro y repleto de trampas, en el que pese a todo puede sobrevivir la honradez. Pero a un precio muy alto.




La trama caleidoscópica encaja de un manera prodigiosa. Si en un principio el collage parece arbitrario, poco a poco las piezas encuentran su lugar y todo se resuelve de una manera elegante. Pero GTB no se muestra menos diestro en la redacción de diálogos. Su peculiar método de composición le permitía recrear unas conversaciones ágiles y agudas que parecen casi teatrales en su inmediatez, y al mismo tiempo de una altura intelectual de primera categoría.

Algo grandioso en Off-side es su descripción del Madrid de la época. A veces GTB se olvida de sus presupuestos modernistas y se deja llevar por la pura descripción, casi constumbrista. Los amaneceres y los anocheceres de la ciudad dibujan un expresionista retrato de una ciudad aborrecible y embrujadora. GTB recurre de manera magistral a una cáfila de personajes con unas pocas frases, a unos brochazos sobre las calles de la ciudad para perfilar un mundo pasado pero todavía reconocible.


Alianza Editorial