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viernes, 23 de octubre de 2015

Una madre, de Alejandro Palomas


Siguiendo el consejo de Ursula K. Le Guin, habíamos decidido no volver a leer ningún libro sobre una familia disfuncional que se reúne para celebrar una fiesta señalada y de paso restañar sus heridas. Pero claro, Le Guin, y nosotros con ella, se refería a esas novelas protagonizadas por un profesor de escritura creativa de la Universidad de Michigan que vuelve a St. Louis para celebrar Acción de Gracias, y lo que se encuentra el lector de Una madre es a una familia que conoce de toda la vida, incluso íntimamente.

Lo primero que se agradece del libro de Alejandro Palomas es que, a pesar de su contenido dramático, a veces incluso patético, se impone un sentido del humor, que hace reír tan a menudo al lector como a su narrador. Contada, la historia de Una madre puede parecer una de esas sucesiones de desgracias que hacen mirar al cielo con el puño en alto, pero el autor se toma los reveses del destino con filosofía: llorar lo que sea necesario, pero solo para después poder afrontar lo que venga con fuerzas e ilusión.




En muchos aspectos, la novela de Palomas se podría leer como el reverso luminoso de Reunión en el restaurante Nostalgia, de Anne Tyler. un compendio de personajes maltratados por la mala suerte (y las malas compañías), que se reúne sin demasiadas ganas y menos perspectivas, pero que de alguna manera se las arreglan para continuar adelante. Por supuesto (el título no engaña), la madre se sitúa en el centro de todas las historias y, a su manera despistada y surrealista, consigue resolver todos los problemas gracias a su bondad y profunda sabiduría.

Además de un antológico personaje central y del retrato cariñoso (y también con su pizca de malevolencia) de una familia cualquiera, Palomas añade un hábil uso de los tiempos narrativos, evitando la linealidad y, sin recurrir a los trucos melodramáticos, dotando de carne y de melancolía de la buena a una historia que cualquiera puede hacer suya. Hemos llegado casi al final, pero no nos resistimos a utilizar la palabra: Una madre es una novela catárquica.


Editorial Siruela

lunes, 10 de agosto de 2015

Clockers, de Richard Price


La escena se repite en innumerables películas policíacas. El detective y el criminal por fin se encuentran cara a cara. Los dos grandes enemigos por fin tienen la oportunidad de mirarse a los ojos. Y entonces, el criminal dice “en el fondo, no somos tan diferentes”. En Clockers Richard Price toma este tópico y lo desarrolla hasta un nivel de complejidad y ambigüedad que destroza para siempre cualquier posibilidad de tomarse en serio tal afirmación.

El libro se divide en capítulos alternativos con diferentes puntos de vista. Una parte está dedicada a Strike, el joven camello que sufre una lacerante lucha interior entre su afán por ganar dinero y situarse por encima de la escoria que le rodea, y su desagrado íntimo por un trabajo que le causa una inquietud permanente e insoportable. La otra perspectiva es la de Rocco, el veterano policía de Homicidios tan desencantado de su trabajo y ansioso por dedicarse más a su familia como incapaz de dejar atrás lo que para él es su verdadera vida.




Los caminos de Strike y Rocco se cruzan en lo que parecía un asesinato más, pero que involucra a una persona de apariencia inmaculada. En la perpetua lucha entre el bien y el mal, la novela negra a menudo ha descrito la parte más oscura del ser humano como la preponderante, como si no hubiera espacio para la redención. Pero algunos autores, como Lehane o el propio Price, también se esfuerzan por buscar el lado más luminoso de la existencia, la posibilidad de escape. Mientras la maldad es una certeza, la búsqueda del bien más puro es una búsqueda ardua y repleta de reveses, pero lo importante es aferrarse a la misión.

Clockers supuso un paso fundamental en la novela negra de los años 90, y leída hoy es imposible no pensar en su influencia sobre The Wire, especialmente en su primera temporada. Con su novela Price cimentó un nuevo modelo de novela criminal en el que la vida en los barrios, la interactuación entre los narcotraficantes y las fuerzas del orden es más realista, o al menos más creíble. En la que la línea entre héroes y asesinos no está tan definida. Porque ellos no son lo mismo, pero el mundo en el que se mueven sí lo es.

Ediciones B

Traducción de Jordi Gubern

martes, 28 de abril de 2015

Los políglotas, de William Gerhardie


En algunos momentos de Los políglotas el lector no tiene más remedio que parar, tomarse un respiro, relajarse y solo cuando ya se encuentra con fuerzas, volver a la carga. En caso contrario la risa que causa el libro de William Gerhardie puede convertirse en nerviosa y acabar provocando un colapso. También hay otros momento en los que la expectación creada, el “a ver ahora con que sale este” es tan sobrecargada que el lector apenas puede aguantarse hasta llegar al final de la broma.

El libro esta narrado y protagonizado por un vanidoso y pedante al que enseguida se le coge cariño, el recién desmovilizado Georges Hamlet Alexander Diabologh, quien va a visitar a su excéntrica familia a Tokio, donde se mezclará con todo tipo de personajes, ninguno de ellos muy equilibrado. Con unos antecedentes familiares que harían las delicias de Edith Sitwell y unas ramificaciones que parecen alcanzar cualquier rincón del planeta, George se encontrará en su salsa en su exótico nuevo emplazamiento.




Aunque el humor de Gerhardie enseguida nos recuerda a otros autores británicos (con Evelyn Waugh a la cabeza, por supuesto, pero también llega a Gerald Durrell, por ejemplo), sería difícil encontrar su secreto, poder imitarlo. Porque mucho nos tememos que en los retratos del autor hay mucho tomado del natural, que esos personajes pirados y esas escenas sin sentido tienen una base muy real. A esto se le añade la capacidad de Gerhardie para sacar el máximo partido a cualquier detalle y de encontrar el lado cómica a cualquier circunstancia.

También hay un aspecto extraño en la novela que ha escrito George, y es que detrás de tanto humor absurdo se encuentra cierta tristeza, que se manifestará claramente en la parte final. La Gran Guerra acaba de terminar y el nihilismo expresado por George se puede entender como una pomposa muestra de sus limitadas ambiciones filosóficas, pero también como una muestra de que después de la criminal contienda era muy difícil volver a tomarse algo en serio. Aunque, al final, descubra que no siempre puede vivir en una continua opereta.

Editorial Impedimenta

Traducción de Martín Schifino

jueves, 23 de abril de 2015

La lluvia antes de caer, de Jonathan Coe


Jonathan Coe tiene acreditada su capacidad para crear historias de una construcción perfecta, ese tipo de narraciones en la que todos los detalles acaban por tener sentido y los diversos hilos que conforman un argumento terminan por entretejer un conjunto pleno de sentido, sin cabos sueltos. También tiene el talento suficiente para que no se note el entramado y que sus historias fluyan con naturalidad, aunque a veces sucumba a la tentación de mostrar al autor que hay detrás de estas novelas redondas.

Quizá consciente de esta facilidad para la escritura, en La lluvia antes decaer Coe se plantea un reto de difícil resolución. Es más, dos retos, un doble salto mortal, del que sin embargo sale indemne. Habitualmente se compara el arte de la escritura con la música, y en La lluvia Coe explicita esta correlación, pero una simetría que parece abandonada en los últimos tiempos es la que emparenta la narrativa con la pintura, expresada en eso tan pasado de moda que son las descripciones.

Por su parte, Coe no teme parecer pasado de moda ni se arredra ante las dificultades técnicas de la descripción. Así que estructura su novela a partir de veinte fotografías que le sirven como eje conductor de su historia, recreándose en el detallado y minucioso dibujo de escenas estáticas, sin por ello estorbar el desarrollo de la acción. Cada capítulo parte de una foto fija que despierta en la narradora un flujo de recuerdos y sensaciones que conforman una historia familiar triste y repleta de remordimientos.




El otro reto que debe superar Coe es lograr explicar un suceso de apariencia injustificable sin caer ni en la absolución ni en la condescendencia. No se trata ya de hablar de lo que no se puede hablar, sino de dar sentido a través de los antecedentes y de las metáforas más o menos sutiles a un hecho que trastornará las vidas de sus protagonistas para siempre. Es ese endemoniado problema que consiste en contar a quien no quiere escuchar, explicar a quien no puede entender y perdonar a quien no tiene perdón.

Coe no solo sale vivo de estos obstáculos autoimpuestos, sino que esta vez prefiere la contención al deslumbramiento. Su historia es tan dura, tan melodramática que no necesita especular ni seducir al lector con brillanteces sin sentido, sino que se camufla detrás de la voz de la narradora para que sea esta quien haga el trabajo más difícil, tarea en la que deberá ser acompañada por el lector, quien decidirá si se deja llevar por la historia de esta familia desgraciada a la que el pasado parece no permitir dar un paso adelante.

Editorial Anagrama
Traducción de Javier Lacruz

lunes, 17 de noviembre de 2014

Isla, de Alistair MacLeod


La misma paciencia y lentitud que Alistair MacLeod aplicaba a su escritura (menos de una veintena de cuentos y una novela en más de 30 años de oficio) se transmiten a sus relatos. En ellos apenas hay una trama que pueda resumirlos, no hay grandes acontecimientos ni misterios que resolver. Sus cuentos son ante todo un paisaje, el de Cabo Bretón, y unos personajes, todos cortados por el mismo patrón, que viven en sus páginas con las mismas limitaciones y anhelos que fuera de ellas.

Aunque el espacio en el que se desarrollan las historias reunidas en Isla sea Canadá, en muchas ocasiones parece que los personajes de MacLeod sean escoceses. Y no solo por la permanencia del gaélico. Estos duros hombres dedicados a oficios duros que saben lo que hay que hacer y estas mujeres decididas e impetuosas que siempre ejercen como eje de la familia se repiten en todos los cuentos. Como en el comportamiento de estas personas, preocupadas por lo esencial y casi sin tiempo para las alegrías, en el estilo de MacLeod no sobra nada, la depuración está llevada al límite.




En casi todos los relatos el punto de vista es el de un niño o alguien muy joven. Para este narrador la vida no tiene por qué ser tan estrecha como se la presentan sus mayores, pero los obstáculos que encontrará en su camino no serán fáciles de superar. En la búsqueda de la libertad se topará con la rémora de la familia, y si el contraste entre tradición y modernidad puede parecer abstracto, cuando la dicotomía se dilucida entre permanecer fiel a la familia o encontrar su propio lugar, la cosa se complica.

Curiosamente, quizá el mejor relato del libro es precisamente uno de los pocos que tiene a un adulto como centro de la narración, La armonía perfecta. En la escritura poco expansiva de MacLeod, en la que apenas hay espacio para los diálogos o la variedad de puntos de vista, aquí nos encontramos con una historia más elaborada, con más aristas. Antes de enfrentarse a este libro hay que saber qué se tiene delante, porque solo así podrá apreciarse a un autor muy personal, difícil de tratar, y con secretos que habrá que luchar por descubrir.

Editorial RBA
Traducción de Miguel Martínez-Lage e Íñigo García Ureta


miércoles, 29 de octubre de 2014

Vidal y los suyos, de Edgar Morin


Edgar Morin es uno de esos sabios cuya vida atraviesa y define gran parte del siglo XX. Pero en Vidal y los suyos no se situó a sí mismo en el centro de la narración, sino que prefirió rememorar la figura de su padre para contar a la vez una historia íntima y que describe los avatares por los que pasó Europa durante un tiempo convulso. Perteneciente a una familia judía sefardí que nunca olvidó sus orígenes, criado en la cosmopolita Salónica de principios de siglo, instalado en Francia por elección, Vidal llevó una vida tan de perfil como crucial para todos aquellos que le conocieron.

Pero Morin prefiere tomar distancias a la hora de escribir la biografía de su padre. Cuando él mismo aparece en el relato, lo hace en tercera persona, como un personaje más. Y las fuentes utilizadas son las mismas que las que utilizaría un biógrafo profesional: un relato oral del mismo Vidal (recogido por su nieta, la historiadora Véronique Grappe-Nahoum), multitud de correspondencia, testigos, documentos de diverso tipo... Vidal era un gran contador de historias, pero no siempre fiable, a menudo celoso de su intimidad, así que mejor contrastar informaciones.




Esta dualidad en el punto de vista que se divide entre un hijo que a la fuerza tiene una mirada sesgada hacia su padre y la del investigador con pretensiones de objetividad hacen del libro una experiencia extraña. El cariño y la devoción se manifiestan a menudo, pero parece como sí siempre estuvieran sujetas al rigor histórico. Morin no soslaya los momentos más delicados de la vida de su padre, sus carencias y debilidades, pero siempre lo retrata con comprensión y simpatía.

Y es que Vidal era un personaje muy particular, al parecer con un atractivo irresistible. Según se narra, vivió las dos guerras mundiales como una aventura en la que lo importante era sobrevivir, sin hacerse notar. Tuvo una vida sentimental animada, incluso bastante después de haber cumplido los 80 (o al menos lo intentaba). Mantuvo las tradiciones sin darle importancia, se abrió al mundo sin alejarse nunca de Salónica, marcó a su hijo, que se convirtió en un padre para él, y se negó a convertirse en emblema de nada ni de nadie. Solo quiso vivir, y lo consiguió.

Editorial Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores
Traducción de María Cordón y Malika Embarek

jueves, 23 de octubre de 2014

La buena reputación, de Ignacio Martínez de Pisón


Aunque se diría que para muchos escritores parece que no haya nada detrás del espejo, tampoco es muy difícil darse cuenta de que hay muchos mundos sin necesidad de buscar muy lejos. Y se trata de lugares que son fácilmente reconocibles, pero que sin embargo por algún motivo permanecen inexplorados. En La buena reputación Ignacio Martínez de Pisón vuelve su mirada hacia un pasado reciente, pero que en muchos casos se ha querido borrar de la memoria, y a un lugar que combina la poderosa mezcla de cercanía y exotismo, como representa Melilla.

Pero el rastreo de Martínez de Pisón va más allá y sigue los pasos de los judíos españoles, sujeto casi totalmente obviado por la narrativa nacional. Con un material así el autor se podría haber limitado a pintar un fresco histórico de esos tan bien documentados y precisos como fríos, pero ha preferido centrarse en la parte más humana de sus personajes, en unos conflictos familiares que no dejan bien a nadie y que sin embargo tienen el prurito de la redención. Sus personajes no son metáforas, sino seres de carne y hueso con los que más que empatizar se busca la comprensión.




La buena reputación es una novela extensa, y sin embargo es prodigioso que dé tanto de sí. De una manera fluida, casi imperceptible, se recorren cuatro décadas de la historia española mientras se pasea por gran parte de su geografía. Pero, como decíamos, lo importante son sus protagonistas, desde ese complejo, contradictorio y abrumado patriarca, el judío renacido Samuel, hasta los nietos de la familia, que tienen que adaptarse a un nuevo país cuando son incapaces de vivir en paz en su propio hogar, pasando por las mujeres de la familia, verdaderos ejes de la acción. Mercedes, la madre, es tan manipuladora y en ocasiones perversa como víctima, mientras que Miriam, la hija, es pasiva y siempre a remolque de las decisiones de los demás.

Miriam es el personaje mejor construido, el que tiene más matices y vida que transmitir. Es una lástima que la última parte, dedicada a su hijo Daniel, decaiga un poco en interés, quizá por falta de imbricación con el resto del relato y por hacer demasiado evidente lo que hasta entonces había sido implícito. Pero lo que queda es el disfrute de una novela de perfecta construcción, en la que Martínez de Pisón demuestra poseer un total dominio del oficio. Es curioso que, siguiendo las directrices más clásicas del género, Martínez de Pisón se haya convertido en un espécimen tan raro.

Editorial Seix Barral

jueves, 2 de octubre de 2014

Recuerdos de una mujer de la generación del 98, de Carmen Baroja


Carmen Baroja y Nessi se declaraba explícitamente feminista en una época en la que tal término no solo era una osadía, sino un pecado. Pero ni tan siquiera era necesario que revindicara de manera general los derechos de las mujeres: la lectura de sus memorias es la demostración palpable de la injusticia en la que vivió. Si hubiera tenido las mismas oportunidades que sus hermanos, sin duda se habría convertido en una escritora respetada o en una artista de éxito: en ambos campos demostró que estaba dotada para realizar grandes obras.

La historia de la recuperación de estos Recuerdos de una mujer de lageneración del 98 es singular. Por algún motivo, sus hijos nunca se preocuparon de publicarlo, y tuvo que ser Amparo Hurtado quien, tras una encomiable labor de investigación y edición, nos permitiera descubrir esta nueva perspectiva de una familia fascinante. Puede que Carmen, al igual que sus hermanos, no sea simpática, y que a veces sorprenda su frialdad, dirigida incluso a su marido (a quien, a lo mejor, aprecia), pero su retrato de la vida a principios del siglo XX es impagable.




Recuerdos no un repaso a los grandes nombres que conoció, y cuando estos aparecen, no se ahorra crueldad. Sus mejores aguijones están dedicados a Cipriano Rivas Cherif, Gómez de la Serna ("tenía la enorme originalidad de ser el único Ramón que había en el mundo, creo que todo lo que escribía era tan original como esto") y Ortega y Gasset ("a pesar de su maravillosa manera de hablar y de su no menos maravillosa manera de escribir, me pareció siempre en su vida el colmo de la cursilería"). En cuanto a los bandos de la Guerra Civil, despreciaba tanto a los de una parte como a los de la otra.

Pero Carmen Baroja tampoco evita descripciones poco amables de sus hermanos (se ve claramente que no soportaba a Pío, en esto era como todo el mundo). En este aspecto, como en muchas otras cosas, el libro es poco convencional. No hay retrato de infancia, hay elipsis en momentos que se pensarían clave, y cuando estos son retratados (muertes, nacimientos...) es habitualmente de manera esquiva, como no queriendo mostrarse demasiado. Los pocos momentos de verdadera felicidad, como su participación en el grupo de teatro experimental de El mirlo blanco o su labor en la fundación del Lyceum Club femenino son tan refulgentes como breves.

El tono del libro es apesadumbrado, Baroja no quiere ocultar su tristeza, que está tanto en su naturaleza como en una inefable frustración, quizá provocada por no haber podido realizarse como artista, quizá por fracasos románticos. Su única satisfacción se la dan sus hijos, su sostén en los momentos más duros. Pero el lector tendrá que agradecerle no solo un imprescindible y novedoso punto de vista sobre la familia Baroja, sino su propia cualidad testimonial, su sinceridad y su llaneza. Esto es lo que vivió, así lo vivió, y no piensa callarse.

Editorial Tusquets

miércoles, 20 de agosto de 2014

La última noche de Rose Daly, de Tana French


Ya desde su primera novela, El silencio del bosque, se notaba que Tana French tenía algo especial. Hay numeroso autores de novela negra muy competentes, que saben cómo construir una trama y manejan con soltura una gran cantidad de trucos para mantener la atención del lector. Pero El silencio del bosque era diferente: French tiene la capacidad para crear personajes de carne y hueso inolvidables (algo no tan común entre esa cáfila de detectives que acaban por mezclarse) y la habilidad para crear historias paralelas, no estrictamente criminales, que enriquecen sus novelas hasta convertirlas en una experiencia totalmente insólita incluso para el lector más saturado del género.

Esta peculiaridad se acentúa todavía más en La última noche de Rose Daly (Faithful Place), en la que el argumento detectivesco, pese a ocupar el centro de la historia, pasa a un segundo plano. En realidad la investigación no tiene mucho misterio y la resolución, en una estructura clásica, podría parecer descafeinada. Pero es que lo importante para French, y lo que golpea al lector, es la historia familiar de Francis Mackey (personaje que ya aparecía en En piel ajena). Un embrollo de abusos, discordias y desencuentros que parece no tener fin y en la que el aplazamiento de la condena solo concede un poco más de tiempo antes de que la tragedia explote.




French también despliega todo su talento literario en la construcción de ambientes. En La última noche se adentra en un barrio marginal de Dublín que acabaremos por conocer en toda su miseria, lo que nos ayuda a comprender el comportamiento de sus personajes. La marca de los orígenes, evidente en el paisaje circundante, actúa como si se tratara de un destino del que es imposible evadirse, y ni tan siquiera toda la tenacidad del mundo será capaz de facilitar la huida. Por eso, cuando empieza a atisbarse la salida, nada impedirá a sus personajes hacer todo lo posible por alcanzar su meta. Y esto vale tanto para el héroe, Francis, que no lo es tanto, como para su némesis.

French también describe de manera oblicua  la crisis que sacude Irlanda. La autora diagnostica que una sociedad corrupta, en la que los valores se han invertido y la satisfacción propia es el único objetivo frente al sentimiento comunitario, está destinada a la autodestrucción. Porque al fin y al cabo la sociedad la forman individuos. Así que no está muy claro dónde empieza el círculo vicioso, y si las tinieblas llegan hasta el hogar, apenas queda espacio para la esperanza.

Editorial Círculo de Lectores
Traducción de Gemma Deza Guil

lunes, 28 de abril de 2014

A Life, de Elia Kazan


Elia Kazan es considerado el primer director moderno de Broadway. Con sus montajes de Muerte de un viajante o Un tranvía llamado deseo se convirtió no solo en el más exitoso creador del teatro americano de los años 40, sino en un respetado innovador que dio una nueva dimensión y categoría al oficio de director de escena. Y qué decir de su labor cinematográfica. Películas como La ley del silencio o Río Salvaje se han convertido en clásicos imperecederos. Bertrand Tavernier llegó a decir “¿Qué es el cine? (…) El cine es Kazan y Esplendor en la hierba”. Además, Elia Kazan también fue un novelista de considerable éxito en su época y el autor de esta extraordinaria autobiografía.

Y sin embargo, tenemos la impresión de que Kazan no ocupa el lugar que merece en el Olimpo de los grandes artistas. La explicación sería sencilla: su pecado nunca fue perdonado. Porque en la actualidad ya no se le da mucha importancia a los pecados, pero hay uno que sigue siendo transgresor, quizá el único tabú que siga en pie: la traición. Pero eso no es todo. Lo peor es que esa traición fue pública. Todo el mundo, y seguramente más sus mayores acusadores, han cometido vilezas en su vida. Pero ninguna que haya tenido tanta resonancia como la delación de Kazan durante la caza de brujas.

Ciertamente, lo que hizo Kazan es inexcusable, un acto deleznable y merecedor de todas las recriminaciones de las que fue objeto. Pero al estudiar su obra, este aspecto debería quedar a un lado. Sin entrar en cuestiones sobre la responsabilidad moral del artista, ¿quién es el crítico para juzgar al hombre? En A Life Kazan dedica páginas y páginas a explicar su delación. Nunca pide disculpas. Tampoco se justifica. Siente arrepentimiento, pero dice que pronto se le pasó. Hay matizaciones, contextualización, pero Kazan se niega a dar su brazo a torcer: lo que hizo estuvo mal, pero era la menos mala de dos alternativas penosas. Así que no, no se arrepiente.




Pero A Life es mucho más que un libros sobre la culpa o sobre ese momento decisivo. Su extensión, cercana a la de Guerra y paz, da para mucho. Su infancia en una familia de origen griego (griegos de Anatolia, eso sí que marca), su llegada a Estados Unidos, su lucha por conseguir una “posición” en la sociedad, su ingreso en el teatro, su posterior triunfo, su conquista del Oeste, sus numerosas conquistas y su fidelidad a su esposa, sus fracasos, su neurosis, sus desventuras familiares, muchas muertes, mucho amor. Kazan solo quiere un refugio, encontrar un hogar. Pero cuando lo consigue, se da cuenta de que busca otra cosa. Quiere ser el número uno, pero sin hacer concesiones. Conoce sus limitaciones y sus puntos débiles. Pero no cejará en su lucha por imponerse.

El libro es así, una descontrolada sucesión de vivencias, un continuo aparecer de nombres famosos y de otros más personales que desfilan por la atribulada su vida. Kazan no era un escritor profesional, lo que se percibe en la desamañada estructura de estas memorias, pero poco importa: aquí hay pasión, hay sinceridad, hay un empeño casi suicida por dejar las cosas claras. Kazan repite en un par de ocasiones que su modelo es Rousseau. También comenta la advertencia de su secretaria de que se va a quedar sin amigos. Y expresa el temor a que sus hijos se enfaden con él, lo único que realmente le preocupa. Y es que Kazan, tan crítico con los demás, es implacable consigo mismo. El lector saldrá con un conocimiento enriquecedor de un lugar y un tiempo apasionantes, se verá envuelto en un torbellino imparable de emociones y sentimientos contradictorios. Llegará a admirar a Kazan y a comprenderle mejor. Que no le guste el hombre, no es problema de Kazan. A él tampoco le gustas tú.

Editorial Anchor Books
Edición en castellano en Temas de Hoy


viernes, 28 de marzo de 2014

Allá lejos y tiempo atrás. de W. H. Hudson


El hecho de que el paraíso se puede encontrar en cualquier sitio lo demuestra William Henry Hudson al tener su rincón edénico particular en un lugar tan improbable como la Argentina inmediatamente posterior a la Independencia. Para este muchacho de procedencia gringa y crecido en la pampa, nada significaban las luchas de poder y las interminables guerras: el descubrimiento de la naturaleza, el éxtasis ante la primera flor de la primavera, la observación fascinada de los pájaros eran suficientes para completar su felicidad.

No deja de ser clarificador que el adjetivo “bucólico” ya no pueda ser pronunciado sin una connotación irónica. Si la poesía de este género parece tan pasada de moda como cursi, la simple evocación de la naturaleza como un lugar ideal y propicio a las maravillas provoca alzamiento generalizado de cejas y sonrisas de superioridad. Sin embargo, hace un siglo Hudson podía escribir un libro como Allá lejos y tiempo atrás sin que nadie le acusara de pomposidad ni de ser un abrazaárboles.




Leído hoy, el libro sigue manteniendo su atractivo. La sinceridad de Hudson y su amor incondicional por la naturaleza, le llegan al lector de una manera sentida y conmovedora. También hay una buena parte del libro dedicada a las aventuras infantiles en un mundo de gauchos; a la descripción de los extravagantes habitantes de un mundo ya lejano (física y temporalmente), que en su pintoresquismo casi parecen inventados; y una especial mirada sobre la propia familia de Hudson, entre los que destacan el retrato de su querida madre, muerta prematuramente, y de su tan admirado como temido hermano mayor.

Pero sin duda lo más poderoso de la escritura de Hudson esta en esos pasajes dedicados a su afición infantil, que más tarde se convertiría en su modo de vida: la observación de la vida en estado salvaje. Para él cada nueva especie de pájaro, cada serpiente, cada árbol es un deslumbramiento, casi un milagro. Si a esa edad su mayor preocupación era convertirse en un inútil, un embobado sin futuro, cuando escribió Allá lejos ya cercano a los 80 años, confesaba que esta facultad suya para apreciar los dones de la naturaleza le habían servido para apreciar la vida en lo que vale.

Editorial Acantilado
Traducción de Miguel Temprano García

viernes, 14 de marzo de 2014

La cena, de Herman Koch

 

El inicio de Anna Karenina debe de ser una de las frases más citadas en la literatura contemporánea (“Todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera”). Más allá de lo que pueda tener de certera o brillante, lo cierto es que da pie a muchas historias, y en una literatura que tiene a la familia como uno de sus principales temas, no parece una mala invocación. Paul, el protagonista de La cena, no deja de repetir la idea de que la suya es una familia feliz. Al principio pensamos que es una manera de autoengaño, de intentar simular que todo va bien mientras el barco se hunde. Pero una interpretación más cínica concluiría que Paul tiene razón, que su familia es bastante feliz.

Este despiadado libro de Herman Koch se podría ver también como una versión radical y sangrienta de Un dios salvaje, la obra de teatro de Yasmina Reza. Dos hermanos y sus mujeres se reúnen a cenar para discutir un tema importante relativo a sus hijos. Paul, que cuenta la historia, parece un tipo simpático, irónico, lúcido. Su hermano, un destacado político holandés, es presentado como un zafio y pretencioso bobo. Pero poco a poco iremos sabiendo que la voz de Paul no es en absoluto imparcial. Ni equilibrada.



La novela se desarrolla hacia atrás. Si la cena sirve como espacio catárquico, como lugar para hablar del elefante en la habitación, a través de los recuerdos de Paul vamos descubriendo la suciedad que esta familia esconde debajo de la alfombra. También es habitual en la narrativa actual la metáfora de los escenarios impolutos (en este caso el restaurante de gran clase), que deslumbran a la vista para ocultar la putrefacción de una sociedad decadente y amoral.

Koch tiene que lidiar con el tratamiento de “grandes temas”, como la violencia juvenil, la educación o las enfermedades mentales, que además tienen una peligrosa vertiente sensacionalista, sin caer precisamente en el morbo o en la superioridad moral. Y por eso decide que su narrador sea Paul, tan atractivo y tan repugnante, tan impulsivo como perdido. Al final el lector quedará espantado y sobresaltado, pero eso es solo el primer paso. Después llegará el momento de las preguntas incómodas.

Editorial Salamandra
Traducción de Marta Arguilé Bernal

jueves, 16 de enero de 2014

La lengua absuelta, de Elias Canetti


Aunque en su juventud Elias Canetti escribió algunas obras de teatro y una única novela (la extraordinaria Auto de fe), en realidad es uno de los pocos ensayistas que ha logrado obtener el Premio Nobel de Literatura. Más concretamente, se puede argumentar que logró este galardón por una sola obra, Masa y poder, “la obra de toda una vida”. Pero, además de Masa y poder, uno de esos libros que ya han alcanzado tal categoría mítica que casi nadie lo lee (cuando es una inagotable fuente de reflexión y perspicacia), Canetti también es el autor de una autobiografía que hará perdurar su nombre.

El primer tomo de estas memorias es La lengua absuelta, que abarca sus primeros 16 años de vida. No fue un periodo tranquilo, pues en este tiempo Canetti vivió en Bulgaria, donde estaba establecida su familia, de origen sefardí; Inglaterra, a donde se trasladó siguiendo a su padre precisamente para apartarse de su familia y prosperar en los negocios; en Viena, tras la muerte prematura de su padre, y que era una ciudad legendaria para él debido a la devoción de su madre; y finalmente a Suiza, escapando de los peligros de la I Guerra Mundial, y donde el joven Canetti encontrará el paraíso terrenal.



Si Canetti era un niño “especial” (lo de difícil le vendría más tarde), su familia no se quedaba atrás. Tenemos al áspero abuelo materno, a la abuela que no se levanta nunca del diván, al inconstante abuelo paterno, al gran tipo que era su padre, el hombre más honrado del mundo, y sobre todo a su madre. Durante la parte central del libro, la madre de Canetti se convierte en la verdadera protagonista. Viuda joven, tiranizada por los celos de su propio hijo, con las ideas claras y la decepción de su vida artística malograda, su relación con Elias es de tragedia griega.

Todo el libro es una recuperación de imágenes, a veces deslavazadas, tratadas con la inconsistente mirada de un niño. Es curioso que Canetti, un autor totalmente obsesionado con la palabra y el texto escrito, sin embargo para recobrar su memoria utilice recursos casi puramente icónicos. El libro comienza con un color (por entonces Canetti todavía no tenía el don de la palabra) y partir de entonces cada escena nace en una imagen, una sensación. Solo en la revisión madura llegará la explicación, esta sí puramente verbal.


Editorial Muchnik
Traducción de Lola Díaz

viernes, 5 de julio de 2013

Alcancía. Vuelta, de Rosa Chacel



En esta segunda parte de los diarios de Rosa Chacel, que se inician en 1967 y llegan hasta 1981, tanto como los temas tratados, destacan los asuntos sobre los que apenas hay referencias. Casi no hay nada en ellos sobre la vida familiar de la autora, aparte de algunas insinuaciones. Lo más común es que despache su vida doméstica con anotaciones del tipo “esto es demasiado engorroso para hablar de ello” o “prefiero no comentar nada”. Y tampoco hay en Alcancía apreciaciones políticas. Nada respecto a Brasil y ni una sola referencia a la muerte de Franco, que tuvo lugar cuando ya había regresado a España, o a los sucesos de la transición.

Por el contrario, sí que son tratados en abundancia temas que un intelectual con ambiciones de pasar a la posteridad habría apartado por intrascendentes. Abundan, por ejemplo, los sueños detallados, lo que muestra lo poco que le importaba a Chacel lo que podría interesar o no a sus lectores. También, sobre todo en la primera parte, hay multitud de comentarios sobre las películas que veía. Respecto a sus apreciaciones literarias, casi siempre van contra corriente.

En varias ocasiones Chacel apunta que quiere que su diario sea un simple recordatorio, un referente para sabe lo que ha hecho y lo que tiene que hacer, por muy pedestres que sean estos propósitos. Algo frustrante es su continua manía de decir “me ha pasado algo muy importante, pero no tengo fuerzas para contarlo ahora”, o “he tenido un encuentro interesantísimo, mañana lo detallaré”, y por supuesto ese mañana nunca llega.



Alcancía se puede leer también como un libro epistolar sin cartas. Chacel siempre está escribiendo cartas y esperándolas. Se desespera porque no tiene ganas de responder a toda su correspondencia, pero lo que realmente le sienta como un tiro es no recibir a tiempo las cartas esperadas. Con temor a extravíos, a enfermedades, a enfados, parece estar siempre pendiente de la llegada del cartero, que ineludiblemente (aparezca la carta o no) supone una decepción.

Se podría decir que Alcancía es un libro seco, a veces hasta despiadado. No hay en este diario ni una gota de sentimentalismo, lo que no significa que no haya sentimiento. El predominante es la desesperación. En sus años brasileños Chacel se lamente del poco caso que le hacen, que a su edad siga teniendo que preocuparse por tener una mínima seguridad económica y el reconocimiento intelectual que se merece. Pero cuando regresa a España y triunfa de manera indiscutible, sigue sin sentirse cómoda. No es de extrañar que la expresión más utilizada en el libro sea “esto es atroz” y sus variantes.

Sin embargo, hay algo en Chacel que la sitúa por encima de estas rabietas. Es como ver a un genio quejarse de que todo le sale mal y que nadie le aprecia mientras escribe obras maestras y es adorado por todo el mundo. Mientras, Chacel, con más de 70 años, vive en una perpetua dieta, piensa en operarse la papada, compra vestidos y colonias de capricho. Es un coqueteo permanente que también se trasluce en su escritura. Y el lector cae rendido.


Editorial Seix Barral