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miércoles, 4 de noviembre de 2015

Hacer el bien, de Matt Sumell


Al comenzar a leer Hacer el bien podría dar la sensación de que se trata de una de esas abundantes novelas que se sitúan en la estela de El guardián entre el centeno, pero a lo bruto. Lo que pasa es que Albert, el protagonista y narrador, ya ha pasado la treintena, por lo que el pavo que se puede esperar en un adolescente se ha transformado en él en algo muy parecido a la sociopatía. Siempre rabioso, proclive a la violencia, incapaz de estar a gusto en ningún lugar, Albert se expresa a través de golpes, que también sacuden al lector.

Porque si tuviéramos que describir la novela de Matt Sumell con un solo adjetivo, sería el de "salvaje". Su estilo es tan directo, tan desesperado, tan desbocado, que la voz de Albert sale de las páginas para arrastrar al lector como un torrente ante el que se ve incapaz de protegerse. Lo que dice Albert es muy bestia, pero no podremos evitar reírnos con él, y lo que puede llegar a ser más preocupante, a conmovernos.




Sumell en ningún momento busca la empatía, no intenta justificarse ni se preocupa por algo tan cursi como quedar bien. Lo que en una novela convencional sería una historia de caída y redención, en Hacer el bien es una provocación continua, un corte de mangas punk a las normas del buen comportamiento y la buena escritura. Hay una escena ejemplar en la que Albert, después de una de sus caídas, ve a una chica y comienza a fantasear con lo que podría ser su futuro juntos. Esto es, la novela que podría haber sido y que por fortuna no es.

Como decíamos, Hacer el bien es salvajemente divertida. La locura de Albert y su expresividad provocan equivalentes estallidos de risa de esa que da remordimientos pero que es imposible de sujetar. Pero allí escondidos, luchando por no hacerse manifiestos, también hay sentimientos más nobles, propósitos de enmienda. Porque hay mucha tristeza y soledad, solo que no se ve el camino para superar la pérdida y controlar ese lado autodestructivo que puede llevar a Albert a los lugares más profundos. Hacer el bien es una novela tan especial que hay que leer hasta los agradecimientos: incluso allí nos llevaremos alguna sorpresa.

Editorial Turner

Traducción de Ismael Attrache

jueves, 2 de octubre de 2014

Recuerdos de una mujer de la generación del 98, de Carmen Baroja


Carmen Baroja y Nessi se declaraba explícitamente feminista en una época en la que tal término no solo era una osadía, sino un pecado. Pero ni tan siquiera era necesario que revindicara de manera general los derechos de las mujeres: la lectura de sus memorias es la demostración palpable de la injusticia en la que vivió. Si hubiera tenido las mismas oportunidades que sus hermanos, sin duda se habría convertido en una escritora respetada o en una artista de éxito: en ambos campos demostró que estaba dotada para realizar grandes obras.

La historia de la recuperación de estos Recuerdos de una mujer de lageneración del 98 es singular. Por algún motivo, sus hijos nunca se preocuparon de publicarlo, y tuvo que ser Amparo Hurtado quien, tras una encomiable labor de investigación y edición, nos permitiera descubrir esta nueva perspectiva de una familia fascinante. Puede que Carmen, al igual que sus hermanos, no sea simpática, y que a veces sorprenda su frialdad, dirigida incluso a su marido (a quien, a lo mejor, aprecia), pero su retrato de la vida a principios del siglo XX es impagable.




Recuerdos no un repaso a los grandes nombres que conoció, y cuando estos aparecen, no se ahorra crueldad. Sus mejores aguijones están dedicados a Cipriano Rivas Cherif, Gómez de la Serna ("tenía la enorme originalidad de ser el único Ramón que había en el mundo, creo que todo lo que escribía era tan original como esto") y Ortega y Gasset ("a pesar de su maravillosa manera de hablar y de su no menos maravillosa manera de escribir, me pareció siempre en su vida el colmo de la cursilería"). En cuanto a los bandos de la Guerra Civil, despreciaba tanto a los de una parte como a los de la otra.

Pero Carmen Baroja tampoco evita descripciones poco amables de sus hermanos (se ve claramente que no soportaba a Pío, en esto era como todo el mundo). En este aspecto, como en muchas otras cosas, el libro es poco convencional. No hay retrato de infancia, hay elipsis en momentos que se pensarían clave, y cuando estos son retratados (muertes, nacimientos...) es habitualmente de manera esquiva, como no queriendo mostrarse demasiado. Los pocos momentos de verdadera felicidad, como su participación en el grupo de teatro experimental de El mirlo blanco o su labor en la fundación del Lyceum Club femenino son tan refulgentes como breves.

El tono del libro es apesadumbrado, Baroja no quiere ocultar su tristeza, que está tanto en su naturaleza como en una inefable frustración, quizá provocada por no haber podido realizarse como artista, quizá por fracasos románticos. Su única satisfacción se la dan sus hijos, su sostén en los momentos más duros. Pero el lector tendrá que agradecerle no solo un imprescindible y novedoso punto de vista sobre la familia Baroja, sino su propia cualidad testimonial, su sinceridad y su llaneza. Esto es lo que vivió, así lo vivió, y no piensa callarse.

Editorial Tusquets

martes, 15 de abril de 2014

Cuentos, de Antón Chéjov


Debido a su profundidad filosófica, su oscura visión del mundo y su capacidad para explorar la psicología de sus personajes hasta llegar a una profundidad nunca antes alcanzada, los existencialistas tomaron como santo patrón literario a Dostoyevsky. Sin embargo, puede haber en un cuento de Chéjov más desesperanza, más absurdo y más desolación que en toda la obra de Dostoievsky. También depende del día.

Acercarse a los Cuentos recogidos en esta selección sin aviso puede llevar a una melancolía de esa que parece que solo se produce en los libros y en forma de ataques. De hecho, José Muñoz Millanes tuvo la buena idea de dejar para el final el breve relato El estudiante, el más positivo y esperanzador de todos. Después de asistir a un desfile de vidas trágicas, decepciones y sinsentidos, una gota de optimismo no le viene mal a nadie.




Ya decimos, depende del día, porque Chéjov es una medicina obligatoria, un escritor al que revisitar ya sea en sus imperecederos cuentos o en sus magistrales obras de teatro. Pero, como precisamente se puede ver en muchas de las adaptaciones que se han hecho de sus dramas, es muy fácil malinterpretar a Chéjov. Es el artista del aburrimiento, pero eso no significa que sus textos tengan que ser aburridos. Es el pintor del vacío existencial, pero eso no conlleva una invitación al dejarse llevar. Todo lo contrario.

Porque los personajes de Chéjov son nihilistas. Pero no en el sentido de Dostoievsky o Turguénev, con esos personajes que tras no creer en nada están dispuestos a creer en cualquier cosa. Las criaturas de Chéjov se acomodan en la tristeza, en la dulzura de dejar pasar el tiempo, de no tomar decisiones. Y en el regodeo de contemplar las oportunidades perdidas. Solo queda esperar al año que viene. A lo mejor entonces las cosas cambien.

Editorial Pre-Textos
Traducción de Víctor Gallego Ballesteros