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jueves, 5 de marzo de 2015

El balcón en invierno, de Luis Landero


Se suele decir que es imposible vivir sin ficción, pero a veces, como pasa con la realidad, la ficción se hace insoportable. Esta experiencia, que todo lector ha sufrido, se hace todavía más dura para el escritor de novelas, que en un momento de debilidad (o quizá de lucidez) se pregunta para qué tantas historias. Lo que nos hace pensar que la moda actual por los relatos reales es algo más que una moda. Como las personas normales, los escritores (!) también pasan por sus momentos de hastío y de introspección. Pero en lugar de caer en el ensimismamiento, nos lo cuentan, por lo que (en los mejores casos, al menos), todos salimos ganando.

Al inicio de El balcón en invierno Luis Landero confiesa esta frustración, su incapacidad para implicarse en una nueva novela que le suena artificial e insincera. Nada grave, es una fase por la que hay que pasar. Más preocupante es que cuando decide alejarse de los libros y buscar la vida, se da cuenta de que ahí fuera tampoco está su lugar. Y entonces es cuando se plantea el verdadero problema: tendrá que buscar en su memoria para encontrar su verdadero espacio, con lo complicado que es eso.




A partir de entonces, el viaje que emprende Landero le llevará por diferentes épocas y lugares sin moverse de su escritorio. Los recuerdos remotos, las vivencias dejadas atrás, las experiencias que ha intentado olvidar, se amontonan en su cerebro y en sus dedos. Desde los remotos hojalateros de los que desciende hasta su conflictiva relación con su padre, el autor traza una línea biográfica que va más allá de su propio nacimiento en un intento de comprenderse a sí mismo a través del conocimiento de su familia.

Pese a la delicadeza en las descripciones y la ternura en los retratos, El balcón en invierno no es un libro de evocaciones ni de nostalgia. Tampoco es lo que se suele entender como un libro de aprendizaje. No hay linealidad ni una interpretación retrospectiva que dé sentido a todo lo que ha llegado a ser. Se trata más bien de una colección de estampas, un repaso por los momentos estelares de una vida común y única que han desembocado en este instante, en este hombre que se asoma al exterior y, ahora sí, se encuentra consigo mismo.

Editorial Tusquets

martes, 24 de junio de 2014

La casa en París, de Elizabeth Bowen


En términos puramente estilísticos, se puede considerar La casa en París como una obra maestra de orfebrería. Cada detalle está cuidado hasta la exquisitez, cada situación está pulida hasta dejarla resplandeciente; parecería que cada palabra está tallada a conciencia. Pero conformarse con este prodigio de escritura sería perderse lo mejor, quedarse deslumbrado por el brillo del talento literario sin saber descifrar lo verdaderamente importante de la novela de Elizabeth Bowen.

Por ejemplo, el personaje de Henrietta, uno de los niños protagonistas, puede parecer un simple recurso estructural, un carácter que sirve para dar colorido y consistencia a algunas partes de la historia que sin ella quedarían sosas. Pero en absoluto se trata de un comodín, sino que tiene entidad propia, un fondo denso y además aporta un punto de vista que enriquece la comprensión de lo que está pasando. Cada personaje aportará su propia experiencia, su sensibilidad, también sus limitaciones. Así, poco a poco, el lector irá descubriendo con amplitud de miradas lo que hay detrás del telón.



Porque la trama puede parecer muy simple en apariencia (una historia de amor trágica, un hijo abandonado, un reencuentro dilatado), pero tiene ramificaciones impredecibles, incluido un giro totalmente inesperado, que choca todavía más debido al tono contenido de toda la narración. Aunque lo cierto es que las mejores escenas de la novela son las más reposadas, casi introspectivas, como aquellas en las que los enamorados, que no llegan a comprender su pasión y se interrogan por su plausibilidad, expresan un desconcierto tierno y a la vez aterrorizado.

Es fácil asociar la técnica de Bowen a la de los grandes maestros modernistas: el dominio del punto de vista de Henry James; la desesperanza y fatalidad de Virginia Woolf; el romanticismo desencantado de Ford Madox Ford. Pero la vinculación más clara se produce con Katherine Mansfield. Su delicadeza, su dominio de la insinuación, esa habilidad para sugerir un trasfondo turbio tras la apariencia de normalidad y buenos modales. Parecía imposible trasladar la finura de Mansfield a una novela, pero La casa en París demuestra que Bowen estaba a la altura del reto.

Editorial Pre-Textos
Traducción de Silvia Barbero

lunes, 21 de octubre de 2013

La realidad, de Benito P. Galdós


Tras haber presentado a los personajes y la trama en La incógnita a través de una narración epistolar, Galdós se pone un nuevo reto y decide contar la misma historia en La realidad desde otro punto de vista y usando la complicada técnica de la novela dialogada. Casi parece un ejercicio de masoquismo, ya que pocos métodos parecen más arduos que el de estructurar una narración simplemente a base de conversaciones y algunos soliloquios.

Es cierto que esta vez la jugada no le sale del todo redonda al maestro y en algunas ocasiones se hace trampas, como esas largas introspecciones demasiado explicativas, o cuando los personajes se ponen a hablar consigo mismos rodeados de gente, como apartes teatrales demasiado estirados. Pero la tour de force galdosiana es como siempre deslumbrante.

La trama también esconde sus sorpresas. Si La incógnita se trataba de una novela policíaca avant la lettre, en La realidad nos encontramos con una innovadora historia de fantasmas. Los espectros aparecen con perfecta presencia humana y ejercen un papel de conciencia delatora. En el fondo, la trama criminal es lo de menos. Lo más profundo es la lucha interna entre los personajes, casi una cuestión calderoniana sobre el honor, pero puesta al día por la afilada perspicacia de Galdós.

Editorial Aguilar