viernes, 29 de noviembre de 2013

Un día es un día, de Margaret Atwood



Según los propios canadienses, Canadá es un país de escasa tradición literaria. Sin embargo, con la figura de Robertson Davies como referente, en los últimos años se ha convertido en una potencia de las letras, con algunos de los autores más reverenciados del momento. Si Alice Munro acaba de ganar un merecidísimo Nobel, Canadá también cuenta con escritores de primera fila no estrictamente literarios, como Steven Pinker, o con Margaret Atwood, en nuestra opinión otra de las más destacadas autoras de la actualidad. Y eso solo por citar a dos ejemplos de lo más heterogéneo.

La comparación entre Munro y Atwood es inevitable, pero también innecesaria. Se podrían encontrar multitud de vínculos entre los cuentos reunidos en Un díaes un día y los relatos de Munro, pero Atwood tiene una voz propia, de hecho tiene un estilo inconfundible. Aquí no nos encontramos con las fantasías distópicas de muchas de sus novelas ni con complejos entramados narrativos, pero sí con fuertes personajes femeninos y una descripción de la cotidianidad de una gran sensibilidad y acierto en la captura de los detalles más reveladores.



El libro se divide en Infancia, Madurez y Vejez, por lo que la presentación de los cuentos no es cronológica. Pese a ello, no hace falta buscar el año de la publicación de los relatos para ser consciente de su progresión. Si en los primeros, aun contando con buenos personajes y con la habilidad narrativa de Atwood, todavía no hay ese impulso que la hace única. Será en los cuatro cuentos más reciente, a los que podríamos añadir el que abre el libro, en los que demuestre toda su fuerza evocadora y su capacidad para encandilar al lector.

El mundo de Atwood combina la sordidez de la mediocridad con el vuelo poético de la esperanza. No hay un estado de ánimo permanente, sino que los altibajos, como en la vida, jalonan la experiencia de sus personajes. Abunda el desengaño, la frustración, la sensación de pérdida. Pero hay algo en su estilo que evita la lamentación y contagia una sensación de plenitud. Y eso es lo que hace de Atwood una escritora diferente a cualquier otra.

Editorial Lumen
Traducción de Eduardo Murillo, Víctor Pozanco y Alejandro Palomas

No hay comentarios:

Publicar un comentario