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viernes, 27 de noviembre de 2015

¿Cómo eres?, de Anne Enright


El argumento de ¿Cómo eres?, reducido a un apresurado resumen, podría parecer el de un melodrama anticuado o de telefilm. No sería difícil encontrar otras novelas o películas (preferiblemente irlandesas o españolas) con argumentos similares: unas gemelas separadas al nacer que sienten que les falta algo y que solo encontraran la plenitud de su existencia al reencontrarse. Incluso hay monjas de por medio.

Y, sin embargo, la novela de Anne Enright también se podría calificar, igual de apresuradamente, como un libro raro. Rarísimo. Para empezar nos encontramos con la presencia de la muerte y diversos problemas mentales como ejes de la narración. Pero no de una manera sensacionalista o morbosa, sino en ese sentido, también muy irlandés, en el que la desgracia y el humor se alternan de una manera natural. No es la ironía inglesa que oculta la incapacidad de expresar sentimientos, sino un sentido de la tragedia que se diría genético.




Se diría que Enright es una de esas autoras que parecen pensar que para qué vas a hacerlo fácil si puedes hacerlo complicado, y se las arregla para construir la novela a través de la multiplicación de puntos de vista y saltos tanto temporales como espaciales. Aunque también es cierto que tiene los recursos suficientes para evitar la confusión y marcar muy bien sus principales líneas argumentales, además de un dibujo rico y complejo de sus personajes.

Otro aspecto que incide en la rareza de la novela es la llamativa sintaxis de la autora, aunque en este caso no sabríamos si adjudicárselo a la propia Enright o a la traducción. En cualquier caso, a veces ¿Cómo eres? parece penetrar en una profundidad anímica de gran perspicacia, para después dar paso a una insoportable superficialidad. Sin dejar al lector intalarse en la comodidad, pero siempre ofreciendo una salida. Si los personajes se preguntan cómo son, la única respuesta posible es: extraordinarios. Como todos.

Editorial Poliedro

Traducción de Bianca Southwood

viernes, 5 de junio de 2015

El verano mágico en Cape Cod, de Richard Russo


Uno de los equilibrios más delicados que debe buscar la novela contemporánea se sitúa en la balanza entre ligereza y profundidad. El camino más fácil (y cobarde) por el que transita gran parte de la literatura actual es tomárselo todo a broma, distanciarse de lo narrado y, desde una posición de superioridad, burlarse de sus personajes y de los “grandes temas”. Pero, por otro lado, el lector moderno a duras penas toleraría un tono elevado y sermoneador, como el de esos autores que parecen estar dando lecciones morales a cada vuelta de página.

Para encontrar el punto justo el autor tiene que arriesgarlo todo y correr el riesgo del ridículo, pero solo así conseguirá que su obra sea verdaderamente sincera y sentida. Además, no tendrá que tomarse a sí mismo demasiado en serio, a riesgo de caer en la pretenciosidad. En El verano mágico en Cape Cod Richard Russo consigue esta precisa (y preciosa) aleación contando la historia de Griffin y su familia, la historia de una descomposición en la que todavía hay espacio para reconciliación y la ironía.




En realidad la historia de El verano mágico es tan personal que puede parecer ya vista. Un hombre maduro con dificultades en su matrimonio tiene que enfrentarse a la muerte de su padre y asumir que la vida que ha elegido ya no da más de sí, que ya ha llegado a la línea de meta y ahora solo lo queda mirar hacia atrás, situación ante la que naturalmente se rebela, aunque sea con la torpeza e inconsciencia de un adolescente. Las celebraciones familiares (dos bodas) y diversos encuentros jalonarán su camino hacia la aceptación.

La escritura de Russo en algunos momentos también puede parecer demasiado académica, “perfecta”, en su sentido menos creativo: todas las piezas encajan de manera precisa y el mecanismo de la narración es tan transparente como predecible. Sin embargo, la honradez del autor prevalece y redime sus posibles concesiones al convencionalismo. Russo ha creado un personaje que todo el mundo puede reconocer, con la posibilidad de que pueda parecer un arquetipo, pero en realidad lo que ha retratado es a un ser humano que no nos puede ser ajeno.

Editorial Alfaguara

Traducción de Mariano Antolín Rato

jueves, 7 de mayo de 2015

Thérèse Desqueyroux, de François Mauriac


François Mauriac es uno de esos autores de enorme prestigio (premio Nobel incluido) que sin embargo ya casi no se lee. Pero hay una novela que no solo mantiene intacta su aura de clásico, sino que al menos en Francia sigue siendo una lectura habitual y que incluso cuenta con una reciente adaptación cinematográfica: Thérèse Desqueyroux, . Seguramente su pervivencia se deba a que, como dice Jean Touzot en el prólogo, el personaje de Thérèse tiene la complejidad y la fuerza suficientes para convertirla en una de esas creaciones inmortales de la literatura.

Es inevitable al leer el libro de Mauriac el pensar en la Emma Bovary de Flaubert, aunque frente a la ironía e incluso desprecio flauberiano hacia su criatura, Mauriac muestra mucha mayor comprensión e incluso simpatía. Y no es que justifique sus actos, pero al lograr entenderlos consigue que la novela no sea la denuncia de un comportamiento criminal o una burla de una señora de provincias, sino un retrato ajustado y matizado sobre el sufrimiento de una mujer que no encuentra su camino.




Al otorgar la voz a Thérèse, Mauriac consigue que el lector entre en su atormentada mente. No se trata solo de una cuestión de descripciones (también aquí Mauriac se muestra magistral en el dibujo de paisajes y ambientes), ni en el relato aséptico de una vida como cualquier otra, que no debería haber conducido a la tragedia, sino como mucho al drama cotidiano, sino de la propia experiencia e Thérèse, quien repasa su vida desde la perspectiva del derrumbe y el desconcierto actual.

Mauriac siempre se muestra elusivo, sin explicar en detalle los sucesos aludidos, ni tan siquiera los más determinantes, que sin embargo se entienden sin problemas; también en la construcción de los personajes, cuyas motivaciones siempre son esquivas. Pero es precisamente este tono difuso el que da profundidad y realismo a la historia que se cuenta, a esta Thérèse de carne y hueso, perdida y abandonada en su propia perplejidad.

Editorial Bernard Grasset

Edición en castellano en Cátedra

lunes, 7 de julio de 2014

Leche, de Marina Perezagua


Es raro encontrar un libro de cuentos en el que cada relato sea totalmente diferente y al mismo tiempo la voz de la autora sea tan reconocible. En Leche nos encontramos con todo tipo de narraciones, desde el casi periodístico Little Boy que abre el la colección, pasando por el delirante y melancólico Las islas, hasta el profundamente perturbador Leche, que permanece como un incordio mental mucho después de que se haya cerrado el libro.

En este camino sembrado de minas por Marina Perezagua nos encontramos con historias fantásticas, humorísticas o de puro terror, pero en todas ellas detectamos un estilo, una manera de escribir que combina la ligereza de la buena contadora de cuentos con la profundidad inquietante de una autora con personalidad. Cada relato parece un paso más hacia la enajenación, pero se trata de una locura tan cotidiana y reconocible que su insania se multiplica y llega de una manera más directa.




A menudo las contradicciones se producen en un mismo relato, cuando el lector no puede evitar reírse, pero a la vez siente un escalofrío. Hay desconcierto, inseguridad, un perpetuo estado de sorpresa y de no saber qué espera a la vuelta de la página. A veces se produce un profundo sentimiento de desagrado y hay que esforzarse para continuar la lectura, aunque en el fondo sabemos que no vamos a poder resistirnos, hay algo de placer perverso que ahonda todavía más en este sentimiento de atracción morbosa.

Esta claro que hay virtuosismo en la escritura de Perezagua, como demuestra por ejemplo en La tempestad, y también que tiene muy presentes a sus referentes, como en Mio Tauro, pero es de igual manera evidente que no le preocupa complacer al lector, al contrario, parece buscar su rechazo instintivo, y que la originalidad de sus planteamientos desborda la tradición del género. Por eso Leche es adictiva en la misma medida que repulsiva, por eso es algo diferente sin ser experimental. Por eso es un libro difícil de recomendar pero que ningún aficionado a los cuentos debería perderse.

Editorial Los libros del lince