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viernes, 18 de septiembre de 2015

También esto pasará, de Milena Busquets



En También esto pasara Milena Busquets juega con buena maña una doble apuesta en la que la ligereza no trata de ocultar la gravedad del tema elegido, sino que se convierte en una actitud frente al mundo y frente a sí misma, la insoportable levedad del ser y la nada. Con un fraseo algo caótico y una narración tan libre como su propia protagonista, la autora se pone el reto de llegar a lo más profundo desde la superficie, y consigue que la piel llegue a quemar.

Al comenzar a leer el libro, por poco que se sepa sobre la vida de Busquets es difícil distanciarse de esa engorrosa y pesadísima cuestión sobre “¿cuánto de autobiográfico hay en esta novela?”, pero dejaremos tales preguntas y otras inquisiciones sobre la elección del género para los guardianes de la fe. Sin llegar a extremos barthianos, a nosotros no nos interesa demasiado la vida o la personalidad del autor más allá del reflejo que deje en sus páginas.




Al igual que con los libros de Annie Ernaux (aunque a Busquets todavía le sobre algo de retórica), en También esto pasará nos encontramos con una descripción a la vez distante y totalmente personal de unos acontecimientos que marcan la vida de manera insoslayable. Blanca, la narradora, se encuentra en un punto de incertidumbre total y de repente se da cuenta de que ha llegado el momento de tomarse las cosas en serio, pero no tiene ni los fundamentos ni los apoyos necesarios para afrontar su nueva vida.

En un ambiente casi aislado, medio simbólico medio infantil, rodeada de bruma y de indecisión, vista desde fuera como una adulta responsable y vivida pero por dentro como una desconsolada y perdida niña (huérfana), Blanca se encuentra de sopetón en ese momento clave en el que tiene que decidir qué hacer con su vida... pero es demasiado irónica para poder plantearse algo así en serio, y sin embargo ya no puede dejarse llevar ni seguir delegando en su madre sus responsabilidades.


Editorial Anagrama

viernes, 28 de agosto de 2015

Arcadia, de Tom Stoppard


En la actualidad no es habitual valorar una obra de teatro por sus aspectos meramente literarios. Es obvio que en una crítica debe primar el aspecto escénico, la dirección (que, por otra parte, ha impuesto un inmerecido primer puesto en la lista de cualidades, cuando debería ser algo secundario, casi imperceptible), las actuaciones, incluso el decorado o la iluminación parecen tener a menudo más relevancia que el texto en sí. Sin embargo, cuando nos encontramos con una libreto de la categoría de Arcadia, su relevancia eclipsa cualquier otra consideración: lo que escribió Tom Stoppard en 1993 es una de esas escasas obras de teatro que se pueden leer con absoluto placer y asombro sin necesidad de verlas representadas.

El argumento de Arcadia es de tal complejidad que su resumen puede asustar: saltos temporales, protagonistas eruditos y listísimos, temas como el paso de la Ilustración al Romanticismo o la teoría del caos... Y, sin embargo, Arcadia es ante todo una comedia gozosa, brillante sin apabullar, de apariencia ligera pese a su profundidad casi sin parangón en el teatro contemporáneo, perfectamente estructurada y a la vez capaz de ocultar al lector/espectador su firme entramado. Stoppard tiene muy claro lo que quiere contar, y aunque no se rebaja al estilo de “la historia contada para tontos”, consigue exponer temas y situaciones tan intrincados como los que maneja con naturalidad y gracia.




La obra se divide en dos espacios temporales, principios del siglo XIX y finales del XX en un mismo escenario, una típica casa de campo inglesa. En la primera escena nos encontramos con un maestro displicente, una alumna todavía más lista que listilla y varios personajes aristocráticos que enredan y pululan por allí. En la parte moderna aparecen varios investigadores literarios y los descendientes de los nobles de la primera época, que mantienen la dejadez característica de los suyos. De manera sutil y sorprendente, ambos momentos se irán mezclando hasta formar una unidad que va más allá del virtuosismo para configurar una unidad orgánica que da sentido al conjunto de la obra.

Arcadia da pie a multitud de interpretaciones, hasta tal punto que cada espectador podrá elegir la parte que más le interesa. Hay consideraciones sobre la decadencia que supuso el paso de una época dominada por la razón a otra que se dejó llevar por las pasiones; teorías sobre la inevitabilidad del fin del mundo; pero también juegos amorosos y grandes amores. Hay intriga literaria y comedia de salón. Pretensiones desorbitadas y decepciones abisales. Incluso aparece Lord Byron. No podemos asegurar, como dijo un crítico, que Arcadia es la mejor obra de teatro de su época, pero solo porque no las conocemos todas.


viernes, 5 de junio de 2015

El verano mágico en Cape Cod, de Richard Russo


Uno de los equilibrios más delicados que debe buscar la novela contemporánea se sitúa en la balanza entre ligereza y profundidad. El camino más fácil (y cobarde) por el que transita gran parte de la literatura actual es tomárselo todo a broma, distanciarse de lo narrado y, desde una posición de superioridad, burlarse de sus personajes y de los “grandes temas”. Pero, por otro lado, el lector moderno a duras penas toleraría un tono elevado y sermoneador, como el de esos autores que parecen estar dando lecciones morales a cada vuelta de página.

Para encontrar el punto justo el autor tiene que arriesgarlo todo y correr el riesgo del ridículo, pero solo así conseguirá que su obra sea verdaderamente sincera y sentida. Además, no tendrá que tomarse a sí mismo demasiado en serio, a riesgo de caer en la pretenciosidad. En El verano mágico en Cape Cod Richard Russo consigue esta precisa (y preciosa) aleación contando la historia de Griffin y su familia, la historia de una descomposición en la que todavía hay espacio para reconciliación y la ironía.




En realidad la historia de El verano mágico es tan personal que puede parecer ya vista. Un hombre maduro con dificultades en su matrimonio tiene que enfrentarse a la muerte de su padre y asumir que la vida que ha elegido ya no da más de sí, que ya ha llegado a la línea de meta y ahora solo lo queda mirar hacia atrás, situación ante la que naturalmente se rebela, aunque sea con la torpeza e inconsciencia de un adolescente. Las celebraciones familiares (dos bodas) y diversos encuentros jalonarán su camino hacia la aceptación.

La escritura de Russo en algunos momentos también puede parecer demasiado académica, “perfecta”, en su sentido menos creativo: todas las piezas encajan de manera precisa y el mecanismo de la narración es tan transparente como predecible. Sin embargo, la honradez del autor prevalece y redime sus posibles concesiones al convencionalismo. Russo ha creado un personaje que todo el mundo puede reconocer, con la posibilidad de que pueda parecer un arquetipo, pero en realidad lo que ha retratado es a un ser humano que no nos puede ser ajeno.

Editorial Alfaguara

Traducción de Mariano Antolín Rato

jueves, 14 de mayo de 2015

Lo puro y lo impuro, de Colette


Se suele decir que después de la I Guerra Mundial Europa sufrió una ruptura con los valores tradicionales, expresada en el arte a través de la corriente decadentista, pero en realidad esta tradición venía ya de lejos y en especial la literatura francesa contaba con destacados antecesores, de Huysmans a Villiers de L'Isle Adam, de los cuales Colette, con su ambigüedad, su franqueza sexual y su imagen como representante de la liberación de la mujer sería la más (in)digna heredera.

Gran parte de esta literatura tenía como objetivo épater le bourgeois, por lo que en la actualidad, cuando ya nadie se escandaliza de nada, ha quedado gravemente desfasada. Pero en Lo puro y lo impuro Colette se muestra más comedida de lo habitual, quizá porque con el paso del tiempo su pasión se ha moderado y su visión del mundo es más fría y distante. Frente al espejismo de la vida alegre y despreocupada en el que siempre se ha sentido tan cómoda, ahora la autora detecta la agonía y el abrumador peso de la ligereza.




Colette también quiere despejar malentendidos sobre el lesbianismo, tema sobre el que cree que nunca se ha escrito con la misma seriedad que la dedicada a la homosexualidad masculina. Detrás de mitos y confusiones, la escritora encuentra personas reales, y su propia experiencia le sirve para comprender más allá de las ideas recibidas y de las caricaturas habituales. Esta vez sin propósito alguno de provocar, Colette quiere mostrar las cosas tal y como son.

En conjunto, parece como si todos los personajes invitados por la autora a sus páginas se movieran a cámara lenta, imbuidos del ambiente de fumadero de opio donde se inicia el libro. Sus acciones siempre son postergadas, sus convicciones cambiantes. El retrato que Colette realiza de estos personajes sí es decadente, pero no se queda en la superficialidad y busca en el trasfondo de su drama los restos de su valor y su libertad. Así, en la última parte también hay espacio para la elegía, para lo “puro” que anuncia el título.

Editorial Global Rhythm
Traducción de Gabriel Hormaechea


lunes, 7 de julio de 2014

Leche, de Marina Perezagua


Es raro encontrar un libro de cuentos en el que cada relato sea totalmente diferente y al mismo tiempo la voz de la autora sea tan reconocible. En Leche nos encontramos con todo tipo de narraciones, desde el casi periodístico Little Boy que abre el la colección, pasando por el delirante y melancólico Las islas, hasta el profundamente perturbador Leche, que permanece como un incordio mental mucho después de que se haya cerrado el libro.

En este camino sembrado de minas por Marina Perezagua nos encontramos con historias fantásticas, humorísticas o de puro terror, pero en todas ellas detectamos un estilo, una manera de escribir que combina la ligereza de la buena contadora de cuentos con la profundidad inquietante de una autora con personalidad. Cada relato parece un paso más hacia la enajenación, pero se trata de una locura tan cotidiana y reconocible que su insania se multiplica y llega de una manera más directa.




A menudo las contradicciones se producen en un mismo relato, cuando el lector no puede evitar reírse, pero a la vez siente un escalofrío. Hay desconcierto, inseguridad, un perpetuo estado de sorpresa y de no saber qué espera a la vuelta de la página. A veces se produce un profundo sentimiento de desagrado y hay que esforzarse para continuar la lectura, aunque en el fondo sabemos que no vamos a poder resistirnos, hay algo de placer perverso que ahonda todavía más en este sentimiento de atracción morbosa.

Esta claro que hay virtuosismo en la escritura de Perezagua, como demuestra por ejemplo en La tempestad, y también que tiene muy presentes a sus referentes, como en Mio Tauro, pero es de igual manera evidente que no le preocupa complacer al lector, al contrario, parece buscar su rechazo instintivo, y que la originalidad de sus planteamientos desborda la tradición del género. Por eso Leche es adictiva en la misma medida que repulsiva, por eso es algo diferente sin ser experimental. Por eso es un libro difícil de recomendar pero que ningún aficionado a los cuentos debería perderse.

Editorial Los libros del lince

lunes, 10 de marzo de 2014

El matrimonio de la señorita Buncle, de D. E. Stevenson


Cuando un personaje de una novela, que da la casualidad de que es escritor, describe su método a la hora de escribir un libro, es fácil pensar que es el propio autor quien se está expresando. En El matrimonio de la señorita Buncle su protagonista explica que para ella escribir no es como construir una casa, cuando todo tiene que estar planificado, sino más bien como cazar, para lo que hay que estar atenta a los detalles y dejarse llevar por lo imprevisto. Da la sensación de que D. E. Stevenson mezclaba ambos principios: sus tramas son tan ligeras que no hace falta una excesiva preparación previa, pero el entrelazado y la conclusión son tan ineluctables que no pueden ser atribuibles a ocurrencias de último momento.




Algo igualmente difícil de evitar es leer El matrimonio de la señorita Buncle si antes se ha caído en El libro de la señorita Buncle, el primer libro de la trilogía. Stevenson tiene un encanto en su forma de narrar, una ligereza llena de simpatía, una habilidad para construir personajes tan excéntricos como memorables, que hace irresistible caer en la tentación de volver a sus libros. Stevenson, más que a su tío Robert Louis, recuerda a P. G. Wodhouse por retratar similares ambientes de la clase alta británica con la misma irreverencia y, a la vez, con una ingenuidad desarmante.

El matrimonio de la señorita Buncle se lee como un libro de vacaciones, una relajada historia intrascendente de testamentos y matrimonios secretos que juega con la complicidad del lector, pero nunca pasándose de lista, no quiere demostrar su inteligencia a costa de sus criaturas, sino sacar todo el partido de sus peculiaridades, jugar con el choque entre el cálculo y la más pura inocencia.

Editorial Alba
Traducción de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera


martes, 25 de febrero de 2014

Lo que sé de los vampiros, de Francisco Casavella


Es difícil encontrar una novela contemporánea que no tenga miedo a contar una historia (y nada más) (y nada menos). Por eso el lector de Lo que sé de los vampiros se sorprende (primero) y se entusiasma (enseguida) nada más iniciar su lectura. Francisco Casavella afrontó la tarea de escribir una novela “como las de siempre” sin temor a parecer desfasado. Pero es que disponía de las mejores armas: un talento literario de primer orden que le permitía desplegar sus habilidades narrativas a lo largo de más de 550 páginas, en las que la erudición se mezcla con la ligereza y el saber histórico con el enredo argumental.

En Lo que sé de los vampiros entramos en batalla durante la Guerra de los Siete Años, partimos junto a los jesuitas tras su expulsión de España camino de Roma, recorremos Europa y tras detenernos en Dinamarca, acabaremos en el París revolucionario. El viaje no se acaba aquí, pero no desvelaremos cuál es la siguiente parada. También conoceremos a algunos de los personajes más importantes o excéntricos de la época, entre ellos a Federico el Grande, el conde de Saint Germain o Mirabeau.




Pero Casavella no construye una novela épica, una sucesión de grandes momentos, sino que prefiere detenerse en la pequeña historia. El ambiente es convulso, estamos ante el paso de la Edad Moderna a la Edad Contemporánea, en medio de la lucha entre el antiguo despotismo y una nueva era iluminada por las luces de la Ilustración. En este periodo de mudanzas, Martín de Viloalle será expulsado una y otra vez de cada lugar que visite, y con él asistiremos como espectadores privilegiados, pero no como protagonistas, a este cambio permanente de paradigmas.

Como decíamos, en esta novela Casavella no pretende dibujar un panorama grandilocuente, sino que mantiene en todo momento un humor desacralizador, una visión irónica de personajes y acontecimientos. En algunos momentos incluso se permite bordear el folletín. Al fin y al cabo, la trama de la novela se puede leer como un baile de mascaras en el que las personalidades son difusas, los destinos inciertos y los vampiros, por muy presentes que estén, nunca llegan a desvelar su misterio.

Editorial Destino