jueves, 14 de noviembre de 2013

El paisaje cósmico, de Leonard Susskind


Algunos científicos han querido ver en la teoría de las cuerdas una “teoría del todo”. En El paisaje cósmico, Leonard Susskind intenta explicar de manera accesible todas las teorías, o al menos las cuestiones científicas más trascendentes de la actualidad, desde la propia teoría de las cuerdas, de la que es uno de los descubridores, hasta la idea del megaverso (también conocido como multiverso), pasando por el principio antrópico, o los agujeros negros.

Aunque el subtitulo del libro sea “Teoría de las cuerdas y el mito del diseño inteligente”, en realidad Susskind no se detiene demasiado en combatir esta acientífica idea. Pero gran parte de El paisaje cósmico está dedicado a defender el controvertido principio antrópico, que interesadamente algunos han intentado asimilar con el concepto de diseño inteligente. Lo cierto es que el principio antrópico produce un rechazo instantáneo y que es necesaria mucha convicción para demostrar su validez.




El paisaje cósmico es un libro de divulgación apto para cualquier lector, pero no para todos los lectores. Susskind no incluye fórmulas matemáticas y cuando sus razonamientos se enredan se muestra comprensivo con el lector. Pero aún así es necesaria una atención total y es mejor estar familiarizado con algunos conceptos, porque si en algún momento se pierde el hilo, ya será imposible recuperarlo.

Desde el principio, con una escena casi de ciencia ficción situada en el Ártico, Susskind demuestra que además de un extraordinario científico tampoco se le da nada mal eso de escribir. El libro está repleto de anécdotas personales y de historias sobre él mismo y otros científicos como Feynman, Gell-Mann o Weinberg, que dan un respiro al lector entre tanta información no pocas veces abrumadora.


Editorial Crítica
Traducción de Javier García Sanz


martes, 12 de noviembre de 2013

Praga mortal, de Philip Kerr


Si en la anterior entrega de la serie de Bernie Gunther, el detective berlinés visitaba Cuba (tras su previa excursión argentina), en Praga mortal, la octava entrega, nos lo encontramos de nuevo en la capital nazi, en el año 1941, y volvemos a toparnos con Heydrich, que ya fue un personaje central de Pálido criminal, la segunda entrega... En realidad poco importa todo este embrollo, porque lo cierto es que tras el pequeño fiasco de Una llama misteriosa, Philip Kerr ha recuperado el pulso.

Al principio parece que Praga mortal va a ser una novela de espías. Se recupera el escenario berlinés, como decíamos, y también ese tono negrísimo y sucio que caracteriza la serie de Bernie. Pero enseguida descubrimos una trama de infiltrados extranjeros, maletines misteriosos y mujeres fatales (el título original juega con el tópico de la femme fatal).




Sin embargo, a las 100 páginas el estilo da un giro inesperado. Bernie se traslada a Praga, invitado por Heydrich, y tras la presentación de los personajes se inicia lo que parece ser una novela completamente diferente: la clásica historia del asesinato en una habitación cerrada. A lo largo del libro se cita varias veces a Agatha Christie, y parece que Kerr ha querido homenajear a la escritora invadiendo su terreno. Solo al final del libro la historia de espías y la investigación criminal se fundirán.

Pese a que el juego de pistas e interrogatorios calca el estilo de las novelas de Poirot, obviamente la atmósfera es muy diferente. En Praga mortal no hay aristócratas que toman el té y que civilizadamente admiten su culpa cuando el detective les desenmascara. Aquí hay asesinatos a sangre fría, torturas, traiciones, mucha mugre. Ya sabemos que Kerr domina como nadie este terreno y su facilidad para la frase punzante y la descripción amarga no tienen comparación. De vuelta a Europa, Bernie recupera su garra.


Editorial RBA
Traducción de Alberto Coscarelli

lunes, 11 de noviembre de 2013

Jinete Nocturno (III)

8


Dimitri Soyenko iba a París más veces de las estrictamente necesarias para desarrollar su trabajo con eficiencia. Sus colegas ya le habían advertido de que era demasiado peligroso dejarse ver tan a menudo por la capital francesa, que seguramente los servicios de inteligencia ya le tenían fichado y era arriesgado dejarse atrapar justo en el momento en el que la operación de venta de armas estaba a punto de concretarse. Pero Dimitri era la mano derecha de Yurov y éste le dejaba tomarse unas libertades que el resto del equipo ni podía soñar.


La razón de los múltiples viajes de Dimitri a París era Sonia. Se habían conocido cuando ella todavía era una estudiante de la compañía de danza del Kirov y desde entonces, pese a que nunca habían vivido juntos en la misma casa durante más que unos pocos días seguidos, habían mantenido una relación estable.


Dimitri era un apasionado de la danza al que su trabajo como traficante de armas no le provocaba ningún escrúpulo moral. Para él era un oficio más, no se hacía preguntas ni se detenía ante cuestionamientos humanitarios. Cuando trabajaba era uno de los mejores en su oficio, y en su tiempo libre lograba desconectar por completo.


Sonia no tenía tanta facilidad para obviar las complicaciones éticas. Por eso prefería no hacer muchas preguntas. Sabía que Dimitri no se dedicaba al comercio de obras de arte, como le había dicho, pero nunca había querido entrar en profundidades. Para ella toda la vida se concentraba en el ballet y en su complicada relación con Dimitri. Por eso cuando le ofrecieron un trabajo en la Ópera de París no dudó ni un instante en aceptarlo. Podría dedicarse a lo que más le gustaba en el mundo y a la vez tomar cierta distancia de un Dimitri, que cada vez le parecía más peligroso. No quería confesárselo ni a sí misma, pero en el fondo pensaba que quizá la distancia acabaría con una relación a la que no imaginaba un esplendoroso futuro.


Sin embargo, ahora que trabajaba en París veía a Dimitri casi más tiempo que cuando ambos vivían en San Petersburgo. Dimitri siempre estaba viajando por el mundo, tan pronto se encontraba en Hong Kong cerrando un negocio con un acaudalado coleccionista asiático como llamaba desde Las Vegas, donde se encontraba preparando una gran exposición. Ahora, cada vez que volvía de alguno de estos viajes, se pasaba por París y estaba junto a ella dos o tres días.


Sonia siempre pensaba que la próxima vez que se vieran le diría que no podía continuar así, que necesitaba seguridad en su vida, que los vaivenes personales afectaban a sus prestaciones profesionales, motivo por el cual se había quedado estancada sin poder alcanzar sus sueños infantiles de convertirse en una bailarina reconocida internacionalmente. Pero después de pasar dos días juntos se veía incapaz de decirle que debían separarse de una vez por todas. En el fondo pensaba que Dimitri la necesitaba a ella más que al contrario, y no se veía con la fuerza suficiente como para romperle el corazón.


Aunque a ella nunca la había maltratado, Sonia era consciente del carácter irascible de Dimitri. Le había oído hablar por teléfono dando tales gritos que parecía innecesario usar el móvil como intermediario, y siempre que le proponía salir a cenar o simplemente a dar una vuelta por París, ella no podía ocultar su apuro. Sus broncas con los camareros o con los taxistas franceses, que no eran famosos precisamente por amilanarse, siempre acababan con ella al borde de las lágrimas.


Pocas semanas antes, Dimitri la había llamado muy emocionado para comunicarle que iban a poder pasar cinco días enteros juntos. Tenía un negocio en París y ya había acomodado su agenda para que ambos pasaran el mayor tiempo posible sin separarse. Ella acogió la noticia con una alegría exterior y un gran pesar por dentro.


Hacía tiempo que Pierre, un bailarín de la compañía de danza, le había mostrado abiertamente su interés. Ella al principio le había rechazado casi sin prestarle atención, pero poco a poco se había dado cuenta de que cada vez lo pasaba peor cuando estaba junto a Dimitri y que Pierre seguramente tendría mucho más que ofrecerle. Diane, su gran amiga de la compañía, lo tenía clarísimo. Debía dejar de una vez por todas a ese monstruo ruso (se habían visto sólo una vez, pero la antipatía mutua había sido instantánea) y probar a salir con un buen muchacho francés. La llegada de Dimitri para pasar juntos más tiempo seguido que en los últimos dos años quizá sería una buena oportunidad para dar el paso adelante.


9

Al segundo día de su estancia en París, cuando Sonia todavía no se había decidido a romper con él, Dimitri le dijo que tenía que hacer algo importante y que pasaría toda la mañana ausente. Pero lo compensaría esa tarde haciendo todo lo que ella le pidiera. Incluso tenía un regalito preparado. No, no debía de ser ansiosa, ya lo vería a su debido tiempo.


Sonia se quedó en su apartamento sin saber que hacer. Ya habían planeado pasar esa mañana yendo a visitar algunos anticuarios del fabourg Saint-Honoré, y ahora se encontraba sin plan y llena de dudas sobre lo que debería hacer. Fue a conectarse a internet para comprobar su correo electrónico, ya que esperaba tener algún mensaje de Diane, que no cejaba en su campaña para que diera la patada de una vez al ruso, pero una vez más se encontró con que su maltrecho portátil había vuelto a las andadas y ni tan siquiera se dignaba a arrancar. Otra tarea que no podía prolongar más, comprarse un nuevo portátil, quizá una tableta.


Pese a que Dimitri nunca dejaba detrás de sí su portátil, e incluso cuando iban al teatro lo llevaba dentro de un maletín con seguro, aquel día se lo había olvidado en el apartamento, seguramente por las prisas de última hora que le habían llevado a cambiar de planes tan repentinamante y a salir corriendo sin dar mayores explicaciones.


Sonia no lo dudó y esperó tener más suerte con el cacharro de Dimitri que con su vieja reliquia. Por supuesto, primero tendría que adivinar la contraseña. Sabía que Dimitri no tenía mucha imaginación, así que probó con SONIA. Y funcionó. El portátil era bastante antiguo y Sonia no era ninguna experta en informática, pero aún así le sorprendió la configuración del ordenador. No reconocía los iconos y ni tan siquiera era capaz de averiguar cómo conectarse a internet. Trasteando por los archivos, dio con uno que le pareció especialmente extraño. El nombre, en ruso, era Giselle, el ballet que ella estaba representando la primera vez que vio a Dimitri. Al intentar abrirlo comprobó que tenía que escribir una nueva contraseña. Haciendo memoria pudo recordar la fecha en la que Dimitri habían ido a ver Giselle. No se sorprendió al comprobar la previsibilidad de su novio: volvió a acertar a la primera.


Al principio no pudo comprender lo que estaba leyendo. Era una amalgama de nombres y cifras sin sentido. Pero al poco tiempo pudo reconocer algunos de los nombres que más se repartían. Unos meses atrás había visto con horror un documental de la cadena Arte sobre el tráfico internacional de armas. En él se decía que algunos de los mayores traficantes del mundo eran rusos y que su negocio se extendía por todo el mundo. Su conexión fue inmediata, pero con la misma rapidez descartó sus conclusiones. ¿Dimitri traficante de armas? Se rió con nerviosismo. Todo encajaba de una manera tan sencilla... pero no, era imposible.


Después de tres años, Sonia volvió a encender un cigarrillo. Era de esa apestosa marca que fumaba Dimitri y que ella le había prohibido consumir en su presencia. Pero tras apagar el primero a la segunda chupada, encendió otro. Su cabeza no dejaba de dar vueltas y creyó que la mezcla de información y del fuerte tabaco iba a hacer que se desmayara.


No sabía con quién hablar, ni tan siquiera si debería hacerlo. Sólo confiaba en Diane. Además, recordó que su padre era policía. Pero seguro que la tomaban por loca. Y si Dimitri llegaba a enterarse. Un momento. Su deber era avisar. Podía ser algo grave y su responsabilidad estaba por encima de sus afectos. Además, si todo resultaba una falsa alarma y Dimitri llegaba a conocer su traición, ése sería el fin de su relación.


Salió del apartamento y llamó a Diane desde una cabina. Tenían que verse de inmediato.


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-¿Y cómo llegasteis a enterraros de todos los detalles de la operación? -preguntó Helen apenas hubo terminado Ronet de contar la historia-. No creo que Dimitri volviera a dejarse el portátil olvidado.


-No, no hizo falta -contestó el francés con suficiencia-. Una vez el padre de Diane se puso en contacto con nosotros, todo fue rapidísimo. Hacía tiempo que seguíamos la pista de Dimitri Soyenko y sabíamos que estaba preparando algo importante. Alertamos a todos nuestros contactos y en poco tiempo pudimos recrear todo el plan. Teníamos las piezas dispersas, y después de obtener la clave de Dimitri ya nos fue fácil hacerlas encajar. Aquí tienen toda la información.


Ronet soltó sobre la mesa una abultada carpeta y volvió a dejar a Helen y Tom solos tras advertirles de que en una hora tendrían que marcharse de allí para comenzar los preparativos de la operación.


-Parece que en lugar de aliados somos enemigos -dijo Helen a Tom tratando de desahogarse-. Nos dan la información con cuentagotas y seguro que nos ocultan la mayor parte.


-Quizá sea sólo eso, pero hay algo en todo el asunto que no me encaja -comentó Tom escamado-. ¿No te parece que es todo demasiado... matemático? Esa historia de que se deje un portátil olvidado con una información tan... “sensible” a la vista. Y que su novia decida ir a la policía sin el menor temor. Y que todo se resuelva de una manera tan limpia...


-¿Sospechas que todo pueda ser una trampa?


-Algo por el estilo se me ha pasado por la imaginación. Pero no logro adivinar con qué fin. ¿Para qué liar a los servicios de seguridad de Francia con todo este embrollo?


-La verdad es que no tengo ni idea. Y esta maldita gentuza no hace más que ponernos palos en las ruedas. Toma, empieza a leer esta parte y luego sacaremos las conclusiones más importantes. A lo mejor se les ha olvidado tachar algo y podemos descubrir datos interesantes.


Pero cuando la hora que les había sido asignada pasó y se volvieron a llevar los archivos, ninguno de los dos había descubierto nada relevante. La operación iba a comenzar de manera inminente y ambos sentían que tendrían que actuar dando palos de ciego.


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Sin que les dieran la más mínima indicación, Clarke y Winder fueron conducidos a lo que parecía ser una nave industrial en las afueras de París. Era allí donde se estaba organizando la logística de la operación, y por las instalaciones pululaban numerosos agentes franceses, pero faltaba la tensión que una misión de esta categoría debería llevar implícita.


A Helen y Tom les pareció que todos los allí reunidos se lo tomaban como un trabajo rutinario, como si fuera un análisis teórico más. A lo mejor la experiencia de la DGSE era mayor de lo que habían pensado y su profesionalidad estaba tan afilada que no se ponían nerviosos ni ante la posibilidad del inicio de una nueva guerra mundial.


Tras hacerles esperar un buen rato, Ronet volvió a aparecer. Sin disimular su hastío, empezó a explicarles lo que tendrían que hacer.


-Como saben, la reunión tendrá lugar dentro dieciocho horas. Tenemos vigilado a Soyenko desde hace dos días, pero todavía no hemos podido localizar al intermediario de los árabes. Ni tan siquiera sabemos si ya está en el país o cuál puede ser su procedencia. En cuanto a las armas, por lo que hemos podido averiguar todavía se encuentran en el Reino Unido, almacenadas en un barco que partirá en las próximas cuarenta y ocho horas. Por supuesto, sus colegas ya saben todo lo que hemos podido recopilar sobre este asunto y han iniciado una búsqueda discreta.


Ronet se quedó callado como si ya no tuviera nada más que decir. Le tocó a Helen hacer el papel de sacamuelas.


-¿Y qué tienen pensado para esta noche?


-Lo más fácil sería atrapar a los dos pájaros en cuanto se pusieran a tiro. Pero no podemos estar seguros de que todo este asunto no sea un señuelo para llamar nuestra atención y luego dejarnos como estúpidos.


-Sí, ya habíamos pensado algo parecido -dijo Tom sin que Ronet le prestara más atención de la que solía dedicarle Millot.


-Tampoco podemos seguirles durante demasiado tiempo. Se trata de gente experimentada y en cuanto tuvieran la menor sospecha, se largarían sin mirar atrás.


-Entonces, ¿por qué reunirse en un lugar como el Café de la Ópera? -preguntó Helen.


-Sonia tiene una actuación esta noche y Dimitri aprovechará para verla y hacer negocios a la vez. La reunión tendrá lugar justo antes del inicio del ballet.


-No sé, parece absurdo, amateur -dijo Tom sin resignarse a ser ignorado.


-En conclusión -continuó Ronet como si nada-, hemos puesto bichos por todo el Café para no perdernos ni una palabra de su conversación. También nos las arreglaremos para intervenir sus móviles y portátiles. Estaremos atentos a sus comunicaciones, y esta misma noche, pase lo que pase, les atraparemos. Todo muy sencillo.


-Precisamente por eso no me gusta -concluyó Tom.


Ronet se levantó dando la reunión por terminada, pero Helen seguía insatisfecha:


-Sólo una cosa más. ¿Qué piensan los americanos de todo esto?


Ronet miró a su interlocutora con incredulidad.


-¿Los americanos? ¿Qué tienen que ver los yanquis con todo esto?



viernes, 8 de noviembre de 2013

El atlas de las nubes, de David Mitchell


A veces el lector de novela contemporánea se da cuenta de que casi todo lo que lee es lo mismo. Ni tan siquiera es que se ponga de moda una novela y se multipliquen los imitadores. Es que parece que las historias se han agotado y los escritores ya no dan más de sí. Entonces puede dejar de leer, puede renegar de la ficción y centrarse en ensayos, biografías y textos técnicos, o dejar pasar un tiempo y volver a la rutina. Pero lo mejor es descubrir novelas como El atlas de las nubes, que demuestran que todavía es posible la gran literatura.

Y no diremos que el libro de David Mitchell destaque por su originalidad. Al contrario, cada una de sus partes tiene unos referentes muy claros, una lista de influencias que alguien se entretendrá en señalar de una en una para su tesis doctoral. Pero, como se dice explícitamente en la novela, lo importante no es el qué, sino él cómo (y aunque esta misma frase parece muy manida, no deja de ser cierta).




Cada una de las partes que componen El atlas de las nubes parece una historia independiente. Desde un viaje en barco por los Mares del Sur en pleno siglo XIX hasta un mundo que ha regresado a su estado primitivo tras una debacle colosal. Pero Mitchell logra imbricar cada narración de manera sutil, con personajes o temas reiterados, de forma que el lector tiene que permanecer atento para no perderse ninguna de las pistas.

Así, la lectura de El atlas de las nubes devuelve un placer del que a veces nos olvidamos. Cada parte se disfruta de manera individual, gracias a la maestría de Mitchell para combinar géneros muy variados e imprimir a cada protagonista, que cuenta la historia en primera persona, un tono particular. Por cierto, que debemos destacar la labor de traducción de Víctor V. Úbeda, que sabe verter al español ese complicado coro de voces y que sale airoso del endiablado capítulo central.

Pero además de esta lectura fragmentada, el conjunto también tiene pleno sentido. Más allá del brillante juego de espejos y de la habilidad para hacer que una estructura tan compleja funcione, Mitchell tiene claro cual es el punto más importante del libro. Un concepto que sin embargo cada lector puede interpretar a su manera, sin necesidad de caer en una metafísica new age.


Editorial Duomo
Traducción de Víctor V. Úbeda

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Raylan, de Elmore Leonard



Tras su reciente muerte, hubo una gran unanimidad en considerar a Elmore Leonard como uno de los grandes escritores de novela negra del último medio siglo. Quizá su prolífica obra y la diversidad de géneros por los que transitó difuminó algo su consagración, pues no hay una “gran novela” con la que identificarle. Pero tras la emisión de la serie Justified, basada en uno de sus relatos, el gran personaje de Leonard ya tenía rostro. No deja de ser extraño que entre tantos libros quien por ahora acabe de marcarle sea el agente judicial Raylan Givens, que solo aparecía en un cuento.

Quizá para dar más cuerpo a esta creación, quizá para aprovechar el éxito de la serie, Leonard escribió Raylan, que en realidad es una mezcla de tres historias bien diferentes con Raylan como único nexo de unión. No se trata del trabajo más esmerado de Leonard y la edición española tampoco está especialmente cuidada, pero en cualquier caso la escritura sigue teniendo el don de atrapar la atención.

Las historias del libro ya han sido recreadas en la serie con algunas variantes, y se nota su intención final, la de ser llevadas a la pantalla. Casi todo el libro son diálogos, en los que a menudo destella el genio de Leonard para la frase punzante, aunque también hay algo de relleno. Un libro comercial en el más desprejuiciado de los sentidos, pero que tampoco engaña.

Alianza Editorial
Traducción de Catalina Martínez Muñoz

martes, 5 de noviembre de 2013

Purga, de Sofi Oksanen


Nadie adivinaría que una novela como Purga está basada en una obra de teatro. Más allá de los saltos narrativos entre lugares y espacios distantes, que se pueden resolver escénicamente a través de variados trucos, no hay nada menos teatral que las detalladas descripciones en las que Sofi Oksanen demuestra su vuelo literario, o que esas breves escenas que estructuran la novela y que en una obra de teatro cortarían la acción de manera precipitada.

Estas características puramente novelísticas certifican que la adaptación de Oksanen no fue una táctica oportunista para aprovecharse de su éxito teatral, sino que necesitaba contar la misma historia por otros medios que le permitieran una expansión, una mayor profundización en sus personajes y sus historias. Y su logro es digno de admiración.





Pese a contar una historia que podría caer en lo sensacionalista, y sin privarse de describir momentos durísimos, Oksanen evita el amarillismo, el morbo. Cuando tiene que recurrir a la elipsis lo hace con elegancia, de la misma manera que cuando tiene que ser cruda no evita ningún detalle. Por otra parte, su dominio de tensión es admirable, sabe cómo contar una historia compleja en puntos de vista, espacios temporales y diversidad de tramas con una gran habilidad para encajar todas las piezas.

Tras haber jugado sus cartas de una manera tan brillante, el final puede parecer algo precipitado, un final en el que al lector se le escamotea una parte esencial de la historia. Pero esta también es parte de la apuesta de Oksanen, que no quiere historias cerradas y conclusiones gratificantes. Hay una parte de lo que pasó que nunca conoceremos. Y el autor no puede hacer nada por remediarlo.


Editorial Salamandra
Traducción de Tuula Marjatta Ahola Rissanen y Tomás González Ahola

lunes, 4 de noviembre de 2013

Jinete Nocturno (II)

4


Aunque a Tom le había venido de perlas tener una buena excusa para abandonar la fiesta, la llamada de emergencia le había preocupado. La melodía de Joy Division sólo sonaba en casos verdaderamente graves, y ya en los últimos días corrían rumores de que algo importante estaba a punto de pasar.


Por una vez, el metro funcionaba, así que pudo ir desde Sloane Square hasta Vauxhall y en menos de veinte minutos ya estaba a las puertas de la sede del Instituto. Cuando llegó al despacho de Khun las caras que le recibieron daban fe de que el asunto era feo.


-Gracias por presentarte tan pronto, Tom. Espero que nuestra llamada no te haya supuesto un gran contratiempo.


-No, de hecho ha sido casi una salvación, estaba pasando un mal momento.


Khun le miró extrañado pero no hizo más comentarios. Helen Clarke tomo la palabra:


-Lo mejor es que vayamos al grano. Vas a tener que irte a París de inmediato. Nos han informado de que está a punto de realizarse una venta de armas a gran escala en París que puede echar por tierra nuestro trabajo de los últimos cinco años.


Tom pensó que este trabajo tampoco había dado tan buenos resultados como para temblar por la posibilidad de que fuera un esfuerzo inútil, pero prefirió no comentar nada.


-Se trata de tu amigo Yurov, que a vuelto a las andadas -continuó C-. Al parecer ha llegado a un acuerdo con los del FIL para venderles todo su catálogo de armas de última generación. Y no nos aventuramos demasiado si pensamos que lo que no están planeando precisamente una fiesta de fuegos artificiales.


Yurov era una famoso señor de la guerra que en los últimos veinte años había levantado un imperio gracias a sus recursos enraizados durante la Guerra Fría, su falta de escrúpulos y la afición de la humanidad por las armas. La Sección Especial para la que trabajaba Tom ya se había topado con él en numerosos casos de tráfico ilegal de armas, desde Angola hasta Sri Lanka, y aunque en varias ocasiones habían creído haber estado a punto de cazarle, siempre había logrado escabullirse.


Por su parte, la FLI era una organización terrorista que actuaba en Oriente Próximo, no demasiado conocida, pero que, según todos los informes, en los últimos tiempos se estaba preparando para aparecer en todos los noticiarios del mundo con alguna puesta en escena a lo grande.


-¿Y qué hacen Yurov y la FLI reuniéndose en París? -preguntó Tom, extrañado de que el traficante más buscado por los servicios de inteligencia de Occidente y un grupo terrorista tuvieran la desfachatez de mostrarse tan abiertamente.


-Obviamente ni Yurov ni los jefazos de la FLI estarán allí -respondió Clarke, molesta por tener que explicar estas evidencias al que supuestamente era su mejor agente de campo-. Pero sí que estarán sus intermediarios para concretar el acuerdo. Por una vez los franceses de la DGSE han sido de utilidad y sabemos el momento y el lugar en el que se reunirán. Y tú estarás allí para evitar que esos caballeros lleguen a un acuerdo.


-Más que la perspicacia de nuestros colegas franceses, lo que me sorprende es su generosidad. ¿Por qué nos han avisado de todo el operativo?


Helen guardó silencio unos segundos complaciéndose en la perplejidad de Tom. Finalmente desveló la sorpresa:


-Adivina la procedencia de las armas que se van a vender.


Tom permaneció sumido en su perplejidad durante unos instantes. Cuando habló, apenas le salió la voz:


-¿Me estás diciendo que Yurov va a vender a los árabes armas... nuestras?


5


Inmediatamente después de terminar la reunión, Tom y Helen se dirigieron al Saint Pancras para coger el Eurostar. Tan sólo tres horas después tenían concertada una cita con su enlace de la DGSE. Al día siguiente se produciría la reunión que podía poner en jaque el statu quo de Oriente Próximo.


Durante el viaje por el Canal, Tom leyó los informes que le habían preparado e hizo a Clarke todas las preguntas que se le ocurrieron, empezando por querer saber por qué habían tardado tanto en informarle de un asunto tan grave.


-No hemos tenido la confirmación hasta esta misma tarde. Y ya sabes que en la Sección no se fían mucho de los franceses... -Helen dudó durante unos instantes, seguramente recordando la nacionalidad de la mujer de Tom-. En fin, que hemos preferido no pulsar el botón de alarma hasta estar completamente seguros de que esto iba en serio.


-Esta bien, y ahora que ya lo sabemos, dime qué vamos a hacer. Porque según todo esto, la DGSE está segura de que el encuentro de mañana será un puro trámite y que el transporte de nuestras armas ya está perfectamente organizado. ¿Les vamos a seguir hasta sus guaridas o les torturaremos hasta que nos digan dónde está el dinero y la mercancía?


Clarke miró con severidad a Winder:


-Ni una broma con las torturas. Bastante hemos tenido que pagar con el tema de Siria y el embrollo de las filtraciones para que ahora empieces tú con tonterías. Ya sabes que los americanos están que trinan con todo ese asunto.


-Está bien, pero explícame cuál es el plan.


-Aunque hayan tenido la gentileza de avisarnos, los franceses no tienen la menor intención de delegar en nosotros la estrategia a seguir -dijo Helen con fastidio-. Ya hemos intentando explicarles que nosotros conocemos mejor a los protagonistas, que tenemos la inteligencia, y que si las armas todavía no han salido del país al final seremos nosotros quienes tengamos que hacernos cargo de la operación, pero no nos hacen el menor caso.


-¿Quién es el encargado de la misión?


-André Millot, creo que ya le conoces.


-¡Millot! Maldita sea, no podía habernos tocado otro peor.


6

Unos cinco años antes, cuando todavía no había ingresado oficialmente en la Sección Especial, Tom Winder había pasado seis meses trabajando junto a los franceses en un programa de colaboración que ni los servicios de inteligencia británicos ni los franceses aprobaban, pero que los gobiernos de ambos países habían impuesto para dar una imagen pública de cooperación y de buena amistad.


La compleja escena internacional había hecho más necesaria que nunca la colaboración entre los servicios de espionaje de ambos países, y aunque no se llegaba a la descabellada pretensión de que ambos aliados compartieran sin cortapisas sus informes, al menos se pretendía conseguir una fluida corriente de intercambio de datos relevantes para la seguridad internacional.


Tom sabía hablar perfectamente francés, algo que extrañamente era poco habitual entre los miembros de la Sección Especial, y cuando desde arriba impusieron la colaboración forzada, fue elegido para trasladarse a París, donde debería aprender todo lo posible sobre el estilo de espionaje continental. El sacrificio aparentaba ser de tal calibre que sus jefes le prometieron que, si todo salía bien, a su regreso podría considerarse como un agente más de la Sección Especial.


Su destino francés le pareció un regalo. Según el patrón de sus compañeros, era todo un afrancesado, y pese a que él no se tomaba por tal, no le costaba admitir que era mejor pasar un semestre en París que en, pongamos por caso, Tirana. Así que puso su mejor falsa sonrisa y se presentó en las dependencias de la DGSE que le habían indicado, donde se reportó ante André Millot.


-Bienvenido, mister Winder -le recibió Millot en francés-. Supongo que no le hace mucha ilusión estar aquí. Pues bien, sepa que el sentimiento es mutuo. Todo esto no es más que un politiqueo de la peor calaña y no me hace la menor gracia tener un sabueso inglés husmeando por aquí. Pero he recibido órdenes y por lo menos en este país tenemos la costumbre de seguirlas, así que pasaremos el trámite y esperemos que no haya heridos. Simplemente, usted haga como que aprende y nosotros haremos como que su colaboración ha sido excelente.


Millot se dio la vuelta y no dejó que Tom abriera la boca. Nadie más hizo caso de él y pasó el resto de la mañana sentado en una silla pensando en el informe que iba a pasar a sus superiores. Cuando intentó inspeccionar el lugar, todas las puertas se le cerraron y las caras que se dignaban a mirarle expresaban un recelo mal escondido.


La respuesta de sus jefes ante sus quejas no fue más alentadora. No sólo era lo que se habían esperado, sino que el trato que ellos mismos dispensaban a los enviados franceses a Londres era la misma que Millot practicaba con él.


Pero no todo fue una pérdida de tiempo durante su estancia en París. Allí consiguió las referencias y los contactos que más tarde le servirían como tapadera en Londres. Además, conoció a Sophie.


7


En los cinco años que habían pasado, Tom no había vuelto a ver a Millot. Cuando volvieron a encontrarse, éste hizo como si no recordara en absoluto a su discípulo, algo impensable en un agente de su categoría. Durante el encuentro que mantuvieron, se dirigió exclusivamente a Helen, y cuando Tom hacía alguna observación, hacía como si no le hubiera oído.


-La cita será mañana a las seis en el Café de la Ópera -dijo sin muchos rodeos-. Ya tenemos preparado todo el operativo. Nuestros agentes saben lo que tienen que hacer en cada momento. Agradecemos su colaboración, pero esperamos que no pretendan inmiscuirse más allá del papel que les tenemos asignado.


-Comprendemos su postura -dijo Helen contemporizadora-, pero no hemos venido aquí para quedarnos con los brazos cruzados. Queremos tener información inmediata y voz y voto a la hora de tomar las decisiones.


-Y yo quiero una villa en Niza y un avión privado para ir los fines de semana a Brasil. Pero lamentablemente nuestros deseos no siempre se hacen realidad.


-¿Entonces para qué nos han hecho venir?


-Eso no ha sido decisión mía -Tom empezaba a sentir un poderosos déjà vu-. Les puedo asegurar que les mantendremos informados de todo lo que suceda, pero la acción ejecutiva queda exclusivamente en nuestras manos.


-Para eso no hacía falta venir a París -dijo Clarke con dureza-. Exijo que Winder esté presente en el Café de la Ópera en el momento de la reunión y que pueda colaborar con sus agentes en pie de igualdad.


-¡Ja! -exclamó Millot, aunque no se le veía muy feliz- Ustedes se quedarán aquí y seré yo personalmente quien se encargue de contarles lo que pase. Bueno, quizá no yo personalmente, pero alguien les tendrá al tanto. Se lo aseguro.


Clarke y Millot mantuvieron un duelo de miradas que terminó cuando Helen decidió levantarse y salir de la sala en la que estaban reunidos. Tom dudó sobre la conveniencia de seguirla, pero antes de que se decidiera Helen estaba de vuelta ofreciendo un móvil a Millot.


-Sí. Comprendo. ¿Está seguro? Pero... De acuerdo.


Millot devolvió el móvil a Helen de malos modos. Si antes su mirada parecía poder doblar cucharas, ahora parecía capaz de atravesar paredes de cemento armado.


-Mister... Winder puede ir con el equipo. Pero se lo aseguro, la más mínima metedura de pata y me encargaré de que no vuelvan a pisar suelo francés en su vida.


Clarke apenas bajó la voz cuando comentó a Tom:


-Como si eso fuera una gran amenaza...


Millot volvió a expresar un odio tan poderoso con su mirada como para provocar una fisión nuclear y salió de la habitación sin despedirse. Al momento entró otro agente francés que se presentó como Ronet.


-Creo que están esperando algunas aclaraciones. No tenemos mucho tiempo, así que por favor no me interrumpan.