miércoles, 5 de febrero de 2014

Aquí y ahora, de Paul Auster y J. M. Coetzee


Parecería que Paul Auster y J. M. Coetzee no tienen mucho en común. Auster es (o era, antes de la llegada de suplantadores y reiteraciones) un singular escritor que combina realismo y posmodernimso de una manera muy personal, mientras Coetzee tiene preferencia por temas de profundas implicaciones personales y sociales. Pero estas divergencias no han impedido que entre ambos se establezca una amistad que, inusualmente, sus lectores hemos podido entrever gracias a Aquí y ahora, una recopilación de su correspondencia entre 2008 y 2011.

Es obvio que este libro interesará a aficionados a ambos escritores, pero si lo que se pretende es conocerlos más íntimamente, puede resultar insatisfactorio. Primero, porque ya sabemos mucho de ambos. Los dos se han puesto a menudo en el centro de sus narrativas y poco nuevo nos queda por conocer de Auster tras haber leído sus libros de coincidencias, o de Coetzee, de quien ya disponemos de unas particulares memorias.




Pero como no somos cotillas en busca de detalles personales, eso nos da igual. Podemos disfrutar de un intercambio fluido y divertido de dos autores que saben aportar puntos de vista originales y que no se preocupan por quedar bien. Sus “conversaciones” son amenas, muy variadas y cosmopolitas. Los mejores momentos son cuando dejan aparte los “grandes temas” y se concentran en sus vivencias familiares, sus achaques y debilidades, y sobre todo su reivindicación de la amistad.

Porque no deja de ser curioso que cuando el diálogo se desliza hacia los asuntos más serios (como Israel), los dos escritores den señales de una banalidad llamativa. Pero es que son escritores, y no deberíamos exigirles una posición firme y coherente. Por eso es más natural cuando dedican muchas páginas a ocupaciones más mundanas, como ver deporte por televisión. No estamos ante intelectuales ejerciendo el oficio, sino ante dos amigos que se lo pasan bien disertando entre ellos y que da la casualidad de que se dedican a escribir.

Editorial Anagrama y Mondadori
Traducción de Benito Gómez y Javier Calvo

martes, 4 de febrero de 2014

Las películas de mi vida, de François Truffaut


Si generalizamos un poco (valga la contradicción), podríamos decir que François Truffaut es el director francés favorito de los espectadores a los que no les gusta el cine francés. La nouvelle vague supuso una caja de sastre que en principio solo señalaba a los directores debutantes a finales de los años 50 y principios de los 60, sin marcar principios estilísticos o políticos. Sin embargo, con el tiempo se ha tratado de etiquetar a esta generación y hacer clasificaciones de “este sí, este no”. Truffaut aparecería así como el más simpático, el más cercano, el más querible de entre ellos.

Pero si la obra fílmica de Truffaut evolucionó desde unos postulados innovadores, con películas frescas, directas, atrevidas, para acabar produciendo el tipo de cine del que antes había abominado, un cine de gran presupuesto, con estrellas y artificioso, en su libro de reseñas Las películas de mi vida optó por incluir mayoritariamente buenas críticas obviando sus demoledores ataques al cine francés de calidad con el que ahora se le podía identificar. Cierto que es mejor glosar los valores de las películas que merecen la pena a perder el tiempo con los bodrios que nos han amargado, pero en esta elección también hay algo de autojustificación, de querer borrar las huellas.




La escritura de Truffaut es, no hace falta decirlo, muy cinematográfica. Repleta de términos ingleses, avanza a saltos, de la exaltación y la reivindicación a la defenestración cualquier oponente desinformado, y cuando le conviene de un público obtuso. Es curioso que varias veces dice que no se puede contar el argumento de cierta película... para a continuación detallarlo en exceso. Porque llama la atención que Truffaut dedique tanto espacio a contar “de qué van” las películas, algo secundario y que entorpece la lectura.

En cualquier caso Truffaut no fue un crítico académico, sino un entusiasta. Podía ver la misma película cinco veces en una semana, desplazarse kilómetros solo para poder asistir a una proyección anhelada. Sus reconocimientos son sinceros y desprejuiciados. En un momento se excusa por la pretensión de hacer una crítica de una película que solo ha visto tres veces... Si sus análisis son más emocionales que eruditos, lo cierto es que consigue transmitir su pasión y que al lector le den ganas de volver a ver casi todas las películas de las que habla: no se puede decir nada mejor de una labor de difusión cinéfila.

Editorial Flammarion

lunes, 3 de febrero de 2014

Jinete Nocturno (XIII)

55

Helen pidió a Beliy un cigarrillo, recurso del que solo echaba mano en momentos realmente tensos. Tras unas caladas pareció tranquilizarse, y con un sutil gesto invitó a Harker a que empezara a hablar.
-Supongo que todo esto es un shock para ti.
-No te creas -dijo Helen irónica-. Hasta ayer creía que estabas muerto. Luego me entero de que te habías pasado a los malos. Y ahora te encuentro aquí tan sonriente. ¿Por qué iba a estar extrañada?
-En realidad todo es mucho más simple de lo que parece -dijo Harker con su imborrable sonrisa, otro efecto secundario de la medicina milagrosa con la que le habían estado tratando.
-Cada vez que alguien dice eso, me echo a temblar -dijo Clarke.
-Tampoco es que tengamos mucho tiempo -apuró Beliy-. Así que se breve, Harker, por favor.
-En realidad nunca he dejado de ser un agente inglés -comenzó Harker-. Y debería enfadarme por que os hayáis creído todo ese cuento de mi defección.
-Mira, John... -dijo Helen enojada.
-Nooooo. Que es broma. Soy muy bueno en mi trabajo. Por supuesto que os lo creísteis. Si no hubiera sido un fracaso total.
-Y poco inglés -dijo Beliy con sorna.
-Muy poco inglés, efectivamente -corroboró Harker-. Todos estos años me he estado creando una imagen de desertor sin escrúpulos dispuesto a traicionar a mi país y a mis amigos por dinero. Ya ves tú, con lo desprendido que soy yo.
-Harker, que estamos algo apurados -metió prisa Beliy.
-Cierto, lo siento. La Casa necesitaba a alguien sobre el terreno para no perder comba, y quién mejor que el menda. Así que me he sacrificado hasta un punto que no te puedes imaginar -aquí los efectos del medicamento parecieron flojear y a Harker se le puso cara de circunstancias, pero solo duró un instante-. En fin, que todo este trabajo me ha traído hasta aquí.
-¿Y “aquí” significa? -preguntó Helen impaciente.
-A ponerme del lado de los rusos para destapara las mentiras de los yanquis.
Helen comprendió por qué Beliy le había pedido tan encarecidamente que se sentara.


56


Hacía tiempo que Tom había abandonado su silla y no paraba de dar vueltas por el apartamento, sin preocuparle lo nerviosos que se pusieran Camille y Henri. Estaba demasiado intranquilo para quedarse quieto. No podía creerse lo que estaba oyendo, pero a la vez su analítico cerebro no paraba de dar vueltas intentando encontrar conexiones. Al mismo tiempo, sus articulaciones tenían que adaptarse al movimiento mental para no quedarse abotargadas.
Como Camille se negaba a tener que ir mirando de un sitio a otro de la habitación para seguir el devaneo de Tom, decidió hablar directamente a Henri, que de todas maneras tenía todos sus sentidos concentrados en ella.
-Yurov se ha convertido en uno de los mayores enemigos de los Estados Unidos. A puesto en peligro muchas de sus operaciones, por no hablar de la vida de muchos de sus ciudadanos. No tiene escrúpulos a la hora de poner a disposición de los mayores criminales del mundo sus armas. Y los objetivos de esas armas son, con demasiada frecuencia, americanos.
-Sé por qué los yanquis quieren aniquilar a Yurov -dijo Tom algo impaciente mientras se situaba detrás de Camille-. Pero ¿qué pintáis vosotros?
-Es sencillo, ¿no? Gracias a nuestro dominio del FIL hemos podido ponernos en contacto con Yurov. Todo eso del portátil y esas historias seguro que es un camelo. La verdad es que no estoy al tanto de todos los detalles de esta operación...
-¡Sorpresa!
-Pero tampoco hace falta estar en el meollo para comprenderlo. De hecho, y creo que en esto vas a estar de acuerdo conmigo, te diría que nadie sabe muy bien lo que está pasando.
-¡Exacto! -exclamó Tom con satisfacción-. Os habéis metido en un lío del que ahora no sabéis cómo salir.
-No exageres. Los yanquis quieren a Yurov. Los franceses tienen acceso a él. Se prepara la trampa. Yurov cae. Todos contentos.
-Pero estás dando por hecho que Yurov va a estar en París poniendo todas las facilidades para que le atrapéis. Y a lo mejor él no tiene tan buena voluntad.
-Ya te digo que no tengo toda la información sobre Jinete nocturno, pero si han puesto toda la carne en el asador es porque la recompensa que esperan obtener merece la pena.
-¿Y yo qué pinto en todo esto? -preguntó Tom con desamparo.


Por una vez, Camille se detuvo a reflexionar antes de contestar. Al contrario de lo que era su costumbre, no tenía una respuesta preparada.
-Confieso que esa misma pregunta me la he planteado yo desde que me contaste tu historia. No que tienes que ver con esta operación tú, Tom Winder, concretamente, sino los ingleses.


57


-Sé que andamos apurados de tiempo -dijo Helen un poco más tranquila-, pero cuéntamelo despacito, haz el favor.
-Tú pregunta que yo contesto -dijo Harker, siempre risueño.
-¡Qué quieres que te pregunte! -poco le había durado a Helen la calma, empezaba a exasperarle el tono beatífico de su excompañero, o compañero, o lo que fuera ahora Harker- ¿Qué es eso de que de repente nos hemos puesto del lado de los rusos?
-Mejor compañía no vas a encontrar -intervino Beliy.
-Por favor, Beliy, que ahora no estamos para bromas.
-A John a lo mejor le es un poco embarazoso contar esta parte de la historia -dijo Beliy ante el asentimiento de Harker-. Así que te la resumiré yo: en realidad no es tanto que vosotros hayáis decidido venir a los brazos del oso ruso, como que los yanquis os han dado la patada.
-¿Y no crees que me habría enterado de algo así? -preguntó Helen con incredulidad.
-Lo siento, Helen -y tan ducho era Beliy en las artes del disimulo que parecía que lo sentía de verdad-, pero por ahora todo está en fase de... tanteo. Hasta esta noche no se hará... oficial. Y hemos tenido que ser muy discretos.
-Dejaré aparte mis sentimientos personales -dijo Clarke, sin duda molesta-. Pero intenta explicarme que es todo esto de patadas y abrazos del oso.
-Mira, Helen -se animó a hablar Harker-, sabes que todo este embrollo de las filtraciones no les ha sentado nada bien a nuestros primos.
-Los problemas de la libertad de prensa.
-Lo que quieras. Pero ya hacía tiempo que tenían la sensación de que nosotros nos aprovechábamos mucho de la “relación especial” sin dar nada a cambio. Mientras estuviéramos calladitos y sin movernos demasiado podían tragar. Pero si no podemos controlar a nuestros propios ciudadanos, dicen, cómo vamos a encargarnos de vigilar el mundo. Que por nuestra culpa se haya sabido todo ese tejemaneje ha sido la gota que ha colmado el vaso.
-Por peores hemos pasado.
-Ya, pero es una, tras otra, tras otras. Hasta que dicen basta. Además, ahora los franceses están muy interesados en hacerse sus amiguitos. Siempre se las han dado de muy prepotentes e independientes, pero en cuanto han visto la oportunidad de inmiscuirse, ahí que han metido las narizotas.
-¿Y qué oportunidad ha sido esa? -preguntó Helen, que prefirió pasar por alto todos los cabos sueltos para poder avanzar.
-Yurov. Resulta que todo eso de la compra de armas es un montaje de la DGSE para atrapar a Yurov y entregárselo a los americanos como regalo de compromiso.
-Y un regalo más apreciado de lo que te puedas imaginar -aportó Beliy.
-¿Más valorado que pillar al mayor traficante de armas del mundo?
-Tan valorado como tener al mayor intermediario en la venta de armas americanas del mundo. Un intermediario al que hemos logrado convencer de que se arrepienta y cuente al mundo cuál ha sido su verdadero papel en el mercado de venta de armas global.
Helen se echó las manos a la cabeza de manera instintiva. Miró con incredulidad a sus acompañantes y con una sola mueca pidió más explicaciones.
-Como lo oyes -terció Harker-. Yurov ha colaborado durante todo este tiempo con los americanos haciéndoles el trabajo sucio. Si querían hacer llegar un cargamento de armas a un lugar donde su presencia fuera mal acogida por la opinión pública, siempre tenían a Yurov para que se encargara de que toda la operación fuera bien ejecutada, y además con total discreción.
-¿Y colaboraban con Yurov a la vez que este proporcionaba armas a sus enemigos?
-Ya sabes que cuando haces negocios con el diablo tienes que cometer algunos pecados -dijo Beliy-. Además, mejor que las armas proporcionadas a todos esos terroristas sean de un amigo. Puede haber algunos defectos, algunos localizadores... Ya sabes, un juego muy complejo y arriesgado, pero de ganancias aseguradas. Siempre que nadie se entere.
Helen se puso de pie para tratar de controlar su ataque de incomprensión. Tras un debate mantenido consigo misma, prosiguió con sus preguntas.
-¿Y por qué Yurov ha decidido hacer todo público?
-Compréndelo -dijo Beliy como si fuera algo evidente-. Ya está cansado de todo este mundo. Está mayor, tiene mucho dinero y pocas ganas de continuar. Así que se acercó a nosotros, le hicimos una oferta generosa, y aceptó sin dudarlo.
-Y seguro que los americanos se toman todo esto con caballerosidad. No diré que la supervivencia de Gran Bretaña depende por completo de Estados Unidos, pero si les hacemos esta jugarreta...
-No te creas que todo esto es improvisado -dijo Harker con aparente seriedad-. Se han calculado los pros y contras y las altas instancias han decidido dar el paso. Tenemos que pensar quién está en decadencia y quién es el nuevo poder emergente. De todas maneras, esto puede servir como aviso.
Helen no acababa de tragarse todo este cambio de alianzas. Pero comprendía que con Beliy ahí delante Harker no podía ser más explícito. Había algo que no encajaba, pero no estaba en la mejor posición para ponerse a hacer preguntas incómodas. Eso sí, había una cuestión cuya respuesta necesitaba conocer de inmediato.
-¿Y de qué va todo eso de la reunión de esta noche?
-Es una jugada maestra -dijo Harker con excitación en los ojos-. De un plumazo logramos dejar a los franceses en ridículo al desmontar toda su operación y a la vez nos aseguramos de que todo el mundo conozca las intenciones de los yanquis. Será imposible tapar una historia así.
-Pero ¿Yurov estará en el restaurante?
-Tienen que verle -afirmó Harker-. Es arriesgado, pero él está de acuerdo con que es necesario que se presente.
-Bueno, ya solo faltan algunos flecos para completar toda esta locura -dijo Helen casi sin fuerzas, agotada como estaba por el esfuerzo mental de comprensión-. Harker, ¿tú que haces aquí?
-¡Soy imprescindible, Helen! Conozco de primera mano todas las partes del juego. Digamos que soy el enlace entre nuestra agencia y los rusos, la garantía de que todo vaya bien. Los franceses y los yanquis llevan todo el día intentando acabar conmigo, suerte que son unos inútiles. Pero lo hacen porque creen que soy un facilitador de Yurov, que tengo la misma información que él y que estoy dispuesto a venderla. ¡Si supieran cuál es mi verdadero papel!
-De acuerdo, lo admitiré. Pero entonces, ¿por que los franceses nos llamaron para que participáramos en Jinete Nocturno?
-Muy buena pregunta, sí señor -dijo Beliy-. Una pregunta endemoniadamente buena.


jueves, 30 de enero de 2014

La hoja plegada, de William Maxwell


A la hora de acercarse a la obra de William Maxwell, suponemos que sus contemporáneos no podían obviar su condición como editor, “El” editor. Incluso hoy en día, lo primero que se comenta sobre su biografía es su papel como editor en el New Yorker, donde colaboró con los más grandes autores de la época, desde Cheever a Nabokov, pasando por Salinger o Welty. Quizá esta circunstancia hizo que su propia obra literaria, aun siendo valorada, no alcanzara la resonancia de las luminarias de su generación.

Al leer en la actualidad a Maxwell, esta circunstancia sigue marcando el primer tanteo, pero enseguida pasa a un segundo plano. Con lo que nos quedamos es con un escritor de una finura exquisita, un narrador con la habilidad para manejar los tiempos de una manera magistral y dibujar los caracteres con una sensibilidad solo al alcance de los autores que combinan una sinceridad desarmante y un oficio muy trabajado.




En La hoja plegada nos encontramos con una historia que en principio puede parecer tópica: dos amigos que pasan de la juventud a la edad madura con altibajos, exaltación y sufrimiento. Desde luego no es una repetición de esa falsa imagen de los “dulces dieciséis” o las locuras universitarias. Pero tampoco se complace en la imagen del soñador que mira por la ventana y acaba cortándose las venas... Porque el lector sabe que lo que está leyendo es verdad, y no nos referimos a su poso autobiográfico, sino a ese sentimiento indisimulable de que las palabras de este libro están construidas de vida.

Si algunos de los breves capítulos del libro sorprenden por su resplandor poético (son paisajes que colorean la ambientación sin en realidad aportar nada narrativamente), otros momentos de la historia nos golpean por su honradez. Este libro se publicó en 1945 y no sabemos cuáles fueron las reacciones en aquel momento, pero sin duda 70 años después la interpretación no es la misma. Como en todo gran libro, su poder de sugestión no ha parado de crecer con el tiempo.

Editorial Libros del Asteroide
Traducción de Miguel Temprano García

miércoles, 29 de enero de 2014

Pensar rápido, pensar despacio, de Daniel Kahneman


Al conocer la biografía de Daniel Kahneman llama la atención que ganara el premio Nobel de Economía... siendo psicólogo. Pero más sorprendente todavía es comenzar a leer Pensar rápido, pensar despacio, y darse cuenta de que, como él mismo confiesa, se trata de un psicodrama. Y en esta historia de pasión, lucha y contradicciones, los dos personajes protagonistas comparten cuerpo: son los dos yo.

Pero, tranquilidad, no se trata de una teoría dualista mente-cuerpo o la superstición de tener dos almas. Es simplemente un recurso de Kahneman para simplificar, para que el lector pueda comprender de manera sencilla conceptos muy complicados. Porque uno de los valores de Pensar es que es accesible para todo tipo de lector, siempre que le eche un mínimo de atención. En realidad los dos yo son el Sistema 1, de intuición rápida, que nos hace tomar decisiones de manera automática y sin ser conscientes de que lo hacemos, y el Sistema 2, un método más racional y lento que actúa (o debería actuar, e aquí la confrontación) en situaciones que exigen una mayor reflexión.


En la primera parte del libro Kahneman se centra en estos mecanismos de decisión utilizando una gran cantidad de experimentos, siempre curiosos y muchas veces sorprendentes, que demuestran lo refinada que es nuestra maquinaria para saltar obstáculos. Siempre en busca de la solución más fácil y menos costosa, estamos acostumbrados a tomar decisiones sin valorar pros y contras, lo que la mayoría del tiempo está bien, sería inviable dedicar todo el esfuerzo necesario para reposar cada paso que demos, pero que en determinados casos puede llevarnos al desastre.

Kahneman se centra después en las aplicaciones económicas de sus teorías. Para él el ser humano ciertamente no es un ser racional, y así lo demuestra con otra batería de experimentos que dejan bien claro cómo, aunque creemos ser muy lógicos y que elegimos nuestros propios caminos, en realidad estamos guiados por el azar y una mala comprensión de las probabilidades. Kahneman procura que, tras leer el libro, seamos más conscientes de nuestras limitaciones y obremos en consecuencia, pero no es muy optimista: no hay evidencia que lleve a las personas a cambiar de opinión.

Editorial Debolsillo
Traducción de Joaquín Chamorro Mielke

martes, 28 de enero de 2014

El dios Escorpión, de William Golding


William Golding es uno de esos escritores que parecen ligados a un solo libro. Pese a que El señor de las moscas tuvo un enorme éxito popular (en este caso, sí se trata de un libro que casi todo el mundo ha leído) y a que Golding ganara el premio Nobel de literatura, el éxito de esta primera novela no tuvo demasiada continuidad y hoy en día se diría que hay pocos interesados en reivindicar su figura.

Quizá el problema de Golding es que su carrera se enmarca en la desprestigiada “literatura de tesis”. Sus libros son leídos como parábolas, y aunque su ambición pueda ser atemporal, lo cierto es que están muy marcados por la época en que fueron escritos, y hoy han perdido mucho de su capacidad para provocar controversia. En el caso de El dios Escorpión, que recoge tres relatos largos, queda patente la influencia de las tesis de Thomas Kuhn y su teoría de los paradigmas. Situados en distintos momentos de la historia, en cada cuento comprobamos cómo una sociedad cerrada ve tambalearse sus principios ancestrales por la intromisión de un elemento extraño que trastoca las ideas asumidas.




El primer relato, que da título al volumen, se sitúa en el Egipto prefaraónico. Los ritos, la superstición y la divinidad del poder se verán cuestionados por el extranjero, que sabe algo realmente importante: el conocimiento es fuente de revolución. En Clonc Clonc nos remontamos a una época aún más lejana, en los albores de la humanidad, con una sociedad radicalmente separada por sexos. Como en el resto de los cuentos, el sentido de la historia cambia con un irónico apunte postrero.

El más interesante de los tres relatos es el último, El enviado especial, que nos llevará a la Roma imperial. Un inventor se las arregla para llegar al palacio del emperador y le convence para que confíe en sus habilidades. Ha descubierto la energía a vapor, la pólvora y un misterioso tercer invento que le darán el poder para conseguir la paz y la libertad. Pero sus planes no podían ser tan fáciles de llevar a la práctica: de nuevo nos encontraremos con un desconcertante giro final.

Alianza Editorial
Traducción de Ernestina de Champourcín

lunes, 27 de enero de 2014

Jinete Nocturno (XII)

50
Davies ya se había organizado en espera de la llamada. Nunca había confiado en los franceses, así que sabía que tarde o temprano le llamarían para que se ocupara de todo.
Su idea había sido estar desde el principio en París para tener todo bajo vigilancia y poder actuar en el mismo instante en el que sus servicios fueran reclamados. Pero sus superiores habían insistido en que debía permanecer en Londres a la espera de los acontecimientos.
En cuanto recibió la llamada, se puso de buen humor. Disfrutaba de su trabajo y sabía que era el mejor en ello. También le llenaba de satisfacción saber que cuando las cosas se ponían feas, él era la persona en la que todos pensaban. Sin duda, se había convertido en una pieza imprescindible del juego global.
Su tarea no le asustaba en absoluto. Era más que probable que tuviera que enfrentarse a profesionales excepcionalmente bien preparados y listos para hacerle frente. Eso le emocionaba todavía más. Estaba un poco cansado de tener que deshacerse de don nadies que no le suponían ningún reto. El que por una vez tuviera que poner sus mejores mañas le excitaba casi hasta el punto de ponerse nervioso. Eso si se pusiera nervioso alguna vez.
Se aseguró de que todos los instrumentos necesarios estaban en el maletín. Perfecto. Limpio y sencillo. Se puso su traje de faena, totalmente anodino, como si fuera un uniforme de los cuerpos especiales. Como ese uniforme que con tanto orgullo había llevado por los cuatro rincones del mundo. Antes de colocar su pistola en el bolsillo de la chaqueta le dio un beso de buena suerte.


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El tráfico aéreo de París se puso inusitadamente interesante aquella tarde. Y no porque más aviones de lo habitual sobrevolaran los ya de por sí invadidos cielos de la ciudad de la luz, sino porque varios helicópteros se pusieron a recorrer el espacio aéreo de la capital francesa de un lado a otro sin en apariencia ninguna supervisión por parte de los servicios de vigilancia.
Desde el sur del país uno de estos helicópteros acercaba a John Harker a su ineludible cita.
-Este ruido me está matando -gritaba a su proveedor-. Eso sí, no sé lo que me habrás dado, pero mano de santo, oye. Ya no me duele nada. Tampoco es que sienta nada, ahora mismo me podrías tirar del helicóptero y no notaría nada. Me estamparía en el suelo, y tan pancho. Venga, pégame un puñetazo. Que sí, que te dejo. No me voy a enfadar. Ni me iba a doler ni iba a sentir rencor. Ahora mismo soy, no sé, como un estamermo, no, un estatermo, no, un estafermo, eso, como un estafermo. Ya sabes, como uno de esos muñecos de paja, creo que eran de paja, con los que practicaban los caballeros en la Edad Media para afinar su puntería. Me siento en las nubes. Jaja. Literalmente en las nubes. Jaja. ¿Lo pillas? Estoy en las nubes.
-El medicamente es milagroso -dijo el proveedor-. Lástima que tenga efectos secundarios.
-Efectos secundarios -dijo Harker sin mostrar ninguna emoción-. Si pudiera preocuparme me preocuparía. Pero no es el caso. Me da igual. Ahora mismo estoy en la gloria. ¡Gloriá, gloriá! Estoy en la gloriá. Podrías decirme que después de tomar ese medicamento me voy a quedar impotente o que se me va a derretir el cerebro y yo tan pichi. Que me da igual, que nunca me había sentido mejor. Que puedes hacer conmigo lo que quieras. Eso sí, con respeto, que somos hombres de honor. Jaja. Yo solo quiero vivir, ¡vivir! Pero dime, solo por curiosidad, ¿de qué efectos secundarios estás hablando?
-De verborragia.
En una dirección contraria al helicóptero que llevaba a Harker, pero con una misma meta, Helen Clarke se alejaba del centro de la ciudad hacia un lugar desconocido.
-Siempre me has tratado bien...
-Como a una reína -dijo Beilyi aparentando caballerosidad.
-Y te agradezco que me hayas sacado de ese almacén...
-No podía permitir que estuvieras incómoda.
-Pero me gustaría saber qué demonios estás haciendo y a dónde...
-Ese lenguaje, Helen, que seguro que eso no te lo enseñaron en los colegios en los que estudiaste.
-Vete a...
-No, eso no lo voy a permitir.
-No, ni eso ni completar una frase.
-Solo te diré que no te preocupes. Enseguida llegaremos.
-Si preocupada no estoy. Me sacan de la central de inteligencia francesa, aparece un espía ruso, me mete en un coche, luego me sube a un helicóptero, me lleva a un lugar desconocido y no me dicen ni palabra. ¿Por qué iba a preocuparme, Beliy?
-Pues eso digo yo. Mira, ya estamos. A ver si Mihail encuentra un buen lugar donde aparcar y ya empezamos con el tema.
-Eso, al tema.
Mientras Mihail buscaba una plaza para aterrizar, Davies avistaba París desde su propio helicóptero. Iba solo, y aunque a veces le gustaba hablarse en voz alta para aclarar sus pensamientos, en esta ocasión estaba demasiado concentrado y regodeándose en sus planes aniquiladores como para entablar discusiones consigo mismo. Pero su mente no paraba de maquinar. La ciudad estaba a sus pies, y dentro de poco también lo estarían sus enemigos.


52


Esta vez todos aceptaron una copa. Henri disponía de variedades para todos los gustos. Tom y Camille se acomodaron, por decirlo de alguna manera, en las sillas, situándose frente a frente, mientras que Henri se sentó en el suelo ocupando un sitio estratégicamente equidistante.
-¿Conoces a Fleury? -Camille tenía muchas cosas que contar y no iba a andarse con rodeos.
-No nos han presentado -dijo Tom, que todavía tenía ganas de soltar clichés-, pero sé quién es: el nuevo Ministro de Exteriores francés.
-Sí, y un trepa de categoría -aportó Henri.
-El mismo -confirmó Camille-. Pues bien, a Raoul... quiero decir, a Fleury se le ha metido en la cabeza que Francia debe ser el nuevo “amigo especial” de los Estados Unidos.
Pese a que la conversación transcurría en francés, Camille recalcó lo de “amigo especial” en inglés y con un deje inconfundiblemente irónico. Incluso su inexpresivo rostro reflejó una mueca que se podría interpretar como sarcástica.
-¡Pero qué me estás contando! -Tom apenas pudo contener su indignación-. NOSOTROS siempre hemos sido los amigos especiales. Es más, son nuestro primos, y nunca dejarán de serlo. Y menos para juntarse con los franceses.
A Henri le hizo gracia la rabieta de su cuñado y no disimuló su hilaridad, que acompañó de una convincente imitación de lloriqueo, una demostración de cómo se hacen pucheros y una variada gama de mohínes. Por la mirada de odio de Tom, a este no le hizo ninguna gracia.
-Eso es lo que piensa todo el mundo -dijo Camille sin hacer caso ni a uno ni a otro-, pero Raoul... digo Fleury tiene una idea diferente. Inglaterra está en decadencia...
-El Reino Unido -precisó Henri.
-Como quieras. El Reino Unido está en decadencia. Sus espías ya no son lo que eran y su presencia en el mundo ha pasado a ser marginal, casi anecdótica. Raoul... Fleury cree que esa relación especial no da más de sí, que habéis metido la pata demasiadas veces...
-Mira quién fue a hablar.
-Oye, mejor que no empecemos a hacer cuentas -dijo Henri, recordando su pasado en los servicios de inteligencia franceses.
-Después de todo esto de las filtraciones a la prensa -afianzó su argumento Camille-, se ha demostrado que no sois fiables.
-Anda, y me lo dice esto una periodista que sabe todos los secretos de Raoul... digo de Fleury.
-El caso es que los yanquis ya no se fían de vosotros -cortó Camille-. Bueno, en realidad ya nadie lo hace.
-Ni de vosotros. Ni vosotros os fiáis de vosotros. Si yo fuera americano, pues a lo mejor miraría a los alemanes...
-¡Pero qué estás diciendo! -soltó Henri-. Que el rencor no te ciegue. Vamos, hombre, me vas a salir ahora con los alemanes.
-De acuerdo, tienes razón -asumió Tom-. Los alemanes tampoco. Lo que quiero decir es que, bueno, si yo fuera americano, no me fiaría de ningún europeo, ya les hemos dado muestras de sobra a lo largo de la historia de que no pueden contar con nosotros. Pero ya que con alguien hay que colaborar... Al menos nosotros hablamos el mismo idioma.
-No estoy tan seguro de ello -matizó Henri, que no podía permitir quedarse fuera de la discusión-. Ahora todo el mundo habla inglés.
-Menos los franceses -estuvo rápido Tom.
-Touché. Menos los franceses. Pero eso, que lo del idioma da igual. Y haz el favor de dejar hablar a Camille, que para algo ha venido.
-Sí, tienes razón. Camille, continúa, por favor -dijo Tom con su mejor acento y sus mejores modales.
-El caso es que Raoul... Fleury piensa que nosotros tenemos una posición privilegiada por nuestros contactos en Oriente Próximo y en Rusia que pueden ser de mucha utilidad para sus planes de seguridad.
-Vamos, no se lo cree ese Fleury ni harto de beaujolais.


53


En otra parte de París Helen era acompañada por Beliy a la entrada de un almacén que dejaba el centro de los servicios de seguridad franceses como modelo de renovación arquitectónica. No es que fuera tétrico, más bien desolado, frío, mezquino. Pero Helen no estaba para consideraciones estilísticas.
-No se me ocurriría un sitio mejor para una ejecución -le dijo a Beliy sin mostrar con sus gestos la preocupación que dejaban asomar sus palabras.
-No te pongas melodramática, Helen. Mira, para que se te despejen todas las dudas, quiero que llames a Khun ahora mismo.
-En eso estaba pensando yo.
Dicho y hecho, Clarke marcó el número de su superior, que contestó cuando todavía sonaba el primer pitido. Tras intercambiar unas pocas palabras, Helen cortó la comunicación con cara de perplejidad.
-Me ha dicho que confíe plenamente en ti.
-Ya te lo había dicho yo.
Pese a las palabras de seguridad que le habían trasmitido Khun y Beliy, ahora Helen parecía más intranquila. Cuando entró a la nave central del almacén y vio quién le esperaba allí, sus rodillas flojearon.
-¡Harker!
-El mismo que viste y calza -dijo John con una sonrisa de oreja a oreja.
-Pero ¿qué haces tú aquí?
-Mejor será que nos sentemos, dijo Beliy acercando unas sillas.


54


-¿Y qué contactos son esos? -retomó la conversación Winder después de tomarse unos segundos para asimilar lo que para él no eran más que un cúmulo de despropósitos imaginarios.
-Según me has contado, ya estás al tanto de la existencia del FIL, ¿verdad? -dijo Camille como quien da una lección ya sabida.
-Claro, son los que van a comprar el armamento a los rusos. Por eso estamos aquí.
-Pues bien... -Camille jugó por unos segundos con las expectativas de Tom-, el FIL somos nosotros.
-¿Qué? -Tom volvió a ponerse de pie de golpe.
-Lo que oyes. El FIL es una marioneta. Está formado por miembros de los servicios de inteligencia franceses.
-Sabía que estaban muy infiltrados por la DGSE, pero de ahí a decir que sois vosotros...
-La proporción de infiltrados es tal que la ecuación se invierte -trató de explicarse Camille-. Es decir, hay una media docena de terroristas legítimos, por decirlo de alguna manera...
-Y que manera -apostilló Henri, que también estaba sorprendido de lo que estaba escuchando.
-Pero la dirección, estrategia y comunicación del grupo está en nuestras manos -continuó Camille-. A través de ellos tenemos un conocimiento, e incluso diría que un control amplísimo de todo lo que se mueve en Oriente Próximo.
-Camille, no sé hasta qué punto estás al tanto de todo este embrollo -dijo Tom condescendiente-, y con embrollo me refiero a política internacional. Pero aún asumiendo que la seguridad francesa controle el FIL, no creo que eso suponga que esté al tanto de todo lo que pasa en Oriente Próximo.
-Tom -respondió Camille imitando su tono condescendiente-, por tu especialidad no creo que conozcas muy bien lo que está pasando ahora mismo en esa región. Pero sí que sabes que “quien tiene la información tiene el poder”, y estos grupos son tan endogámicos que no se mueve una hoja sin que todos ellos se enteren.
-Endogámicos, puede, pero también desconfiados. ¿O me vas a decir que os cuentan todos los planes que tienen?
-Se trata de una cuestión de confianzas -Camille volvió a adoptar su papel profesoral-. Nosotros les damos algo y ellos corresponde con educación.
-Estás empezando a hablar como un espía -dijo Henri receloso-. Tanto “nosotros, nosotros”.
-No -replicó Camille con firmeza-. Solo soy una patriota.
Cuando Tom y Henri se recuperaron del ataque de risa que les entró, Tom se puso serio.
-Bueno, entonces, ¿de qué va todo esto de la operación Jinete Nocturno?
-Eso se merece un capítulo aparte.