viernes, 12 de septiembre de 2014

Tristram Shandy, de Martin Rowson


Tristram Shandy es un libro único, y sin embargo desde su aparición ha ejercido una influencia que llega a nuestros días. Ya Diderot usó el libro de Laurence Sterne como inspiración para su Jacques el fatalista, y desde entonces innumerables autores se han servido de esta anti-novela como modelo sobre el que construir los más iconoclastas artefactos literarios (incluso la posmodernidad tiene sus clásicos). En los últimos años también hemos disfrutado de algunos intentos de trasladar el libro al cine, como en la muy divertida adaptación de Michael Winterbottom, y ahora al cómic, de la mano de Martin Rowson.

Uno de los motivos que explican este fecundo trasvase creativo está en las posibilidades de apropiación que permite un libro tan abierto como Tristram Shandy. Cada lector puede hacer suya esta historia, y cada autor puede aprovechar de este inagotable caladero los temas y obsesiones más personales. También la puerta abierta a divagar sobre el proceso creativo deja un ancho campo para la investigación, la reflexión sobre uno de los temas que más han ocupado a los artistas modernos: el proceso mismo por el que una idea cobra forma material.




Pero estas consideraciones elaboradas y complejas también tiene su lado más ligero: Tristram Shandy es un libro enormemente divertido, tan repleto de ingenio y de ocurrencias que su capacidad para sorprender y provocar carcajadas no se acaba nunca. Rowson ha sido capaz de seleccionar los episodios que más se aproximan a sus propias inquietudes y ha logrado resumir de manera magnífica un extenso libro en un tebeo de 175 páginas y a la vez aportar su propio y disparatado punto de vista.

Y es precisamente cuando Rowson se aleja más del original cuando más nos gusta. Por ejemplo, sus dibujos a imitación de grabados de Durero o Hogarth, o cuando convierte a Tristram en un personaje de Chandler o Martin Amis. En cualquier caso, el trabajo de Rowson es abrumador, con un cuidado por los detalles que convierte cada viñeta en un puzzle lleno de detalles que exigen la máxima atención. Al final del camino el lector puede llegar agotado, pero el esfuerzo habrá merecido la pena.

Editorial Impedimenta
Traducción de Juan Gabriel López Guix

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