lunes, 2 de febrero de 2015

El tiempo es un canalla, de Jennifer Egan


Cuando un autor se pone a escribir una novela normalmente tiene claro que quiere llegar de A a B, pero lo interesante es lo que pasa en el camino. Este, en una novela clásica, es director, quizá con algún meandro, pero despejado y fácil de seguir. Sin embargo, en la novela contemporánea el trayecto es divergente, repleto de saltos hacia delante y retrocesos inesperados. Y aunque el lector actual ya está acostumbrado a estos juegos narrativos y puede guiarse con soltura, a veces todavía nos podemos encontrar con novelas que desafían cualquier conformismo y que nos plantean un reto tan estimulante como refulgente.

Si en La torre del homenaje Jennifer Egan construyó un perfecto artefacto novelesco que se podría estudiar como la manera canónica de contar una historia manteniendo el interés fascinado del lector en cada página, en El tiempo es un canalla dobla las apuestas y nos enseña en qué consiste la narrativa del siglo XXI. Como si de un disco conceptual se tratase, la autora hace uso de todo tipo de recursos narrativos para construir un panorama tan ambicioso y completo de gran escala como, en el fondo, humanista y cercano.




Porque cada capítulo de El tiempo es un canalla es un ejercicio de estilo en el que Egan juega con el tiempo, la perspectiva, el tono o los géneros literarios. Pero no se trata de un pastiche o de una vacua demostración de virtuosismo. Aparte de la maestría de la autora para conseguir una sutil unión entre las centrípetas partes que componen la novela, hay un fondo que podríamos considerar moral que envuelve toda la narración y que convierte este variopinto muestrario de personajes en un unitario mapa de la conciencia contemporánea.

El tiempo es un canalla ganó el premio Pulitzer y es considerada como una de las mejores novelas de lo que llevamos de siglo, y sin embargo nos parece que no se le ha dado la suficiente importancia, que Egan debería ser tan famosa como Messi, que sus libros tendrían que discutirse en interminables tertulias televisivas... Aunque mejor no, que cada lector sea capaz de descubrir por sí mismo las maravillas que ofrece y disfrutar íntimamente de lo mejor que la literatura puede ofrecernos. Y eso siempre es privado.

Editorial Minúscula
Traducción de Carles Andreu

jueves, 29 de enero de 2015

El peatón de París, de Léon-Paul Fargue


En un hilarante sketch de Portlandia un punki queda en coma en los años 70 para despertarse en la actualidad y descubrir abochornado que el mundo ha sido conquistado por los yupis. Y es que al parecer cada generación tiene que pasar por ese momento traumático en el que se da cuenta de que la gloria vivida en la juventud ha pasado. Aunque sea una percepción equivocada , como reflejaba Woody Allen en Medianoche en París (referencia que viene muy al caso), a nadie se le podrá convencer de que los buenos viejos tiempos no fueron mejores.

Y más difícil todavía sería discutírselo a Léon-Paul Fargue, conocedor de los encantos de la Belle Époque y amigo de los artistas más destacados de su tiempo (y de los mejore vividores, dos categorías que a menudo se mezclaban). En El peatón de París Fargue rememora con pasión y nostalgia aquellos días en los que París era el centro del mundo, cuando en cada portal vivía un pintor y en cada calle había un bar imprescindible. Ahora la pátina del desencanto le hace ver una ciudad decadente, pero el lector actual añade su propia perspectiva, lo que redobla los efectos evocadores.




Los paseos de Fargue, arquetipo del flâneur, nos descubren una ciudad secreta en su exhibicionismo, llena de pasajes conocidos o misteriosos, en los que siempre encuentra un motivo de reivindicación. Sus descripciones son como ensoñaciones en los que se mezclan la ironía de quien ya lo ha vivido todo y la más franca admiración por una ciudad que no se acaba nunca. De la misma manera que su deambular es moroso, la lectura debe acompasarse y demorarse en sus elegantes y fulgurantes frases llenas de belleza y reverberación.

Gracias a El peatón de París podemos conocer algunas historias banales, como postales envejecidas, que adquieren categoría de símbolos. Nos encontramos con personajes fabulosos, desde Proust hasta la última actriz ya olvidada. Y recorremos calles, cafés, hoteles y todos aquellos rincones que han convertido París en una ciudad mítica. Pero, cuidado, no se trata de una guía de viajes. Como sucede de manera todavía más marcada en Según París, el tono de Fargue es poético, casi simbólico. Este París ya nunca volverá a existir (si es que alguna vez lo hizo), pero gracias a Fargue podemos vivirlo como si nada hubiera pasado.

Editorial Errata Naturae
Traducción de Regina López Muñoz

miércoles, 28 de enero de 2015

El tercer policía, de Flann O'Brien


¿Pero dónde se había escondido este Flann O'Brien? Bueno, después de leer El tercer policía tenemos una buena pista: en la eternidad. No creemos exagerar si decimos que O'Brien es uno de los escritores irlandeses (es decir, universales) más originales, audaces y divertidos del pasado siglo. E cierto que al leer El tercer policía resulta inevitable acordarse de Beckett (y más concretamente, de Molloy), y que su estilo se podría resumir un poco arbitrariamente como “absurdo”, pero sus libros siguen siendo absolutamente personales.

Ya en En-Nadar-dos-pájaros descubrimos que O'Brien tenía una habilidad especial para mezclar realismo y literatura fantástica de una manera fluida, como si la intersección entre los los dos mundos fuera algo cotidiano. Pero en El tercer policía esta confusión va un paso más allá. Guiado por la voz de un badulaque de existencia incierta, el lector recorrerá caminos en los que las circunstancias más disparatadas, los personajes más extravagantes, se presentan con absoluta naturalidad.





Gran parte del libro, y en apariencia sin venir a cuento, se dedica a la figura de de Selby, un filósofo o algo parecido con las teorías más estrambóticas que se puedan imaginar. Sin embargo, estas ideas disparatadas, acompañadas de un profuso aparato crítico que recoge las interpretaciones de sus múltiples exégetas, contribuyen a crear un mundo alucinado en el que todo es posible y ni las leyes de la física ni de la moral parecen regir. Es, quizá, el mundo de la literatura.

La otra trama principal, por decirlo de alguna manera, se centra en una investigación policial en la que víctimas, culpables y incluso objetos se intercambian sin seguir ninguna lógica. La obsesión por las bicicletas, los pasatiempos inconcebibles de los policías, su descubrimiento de la eternidad, son solo algunos de los episodios más destacados de una narración sin normas y circular que puede dar pie a múltiples interpretaciones (no puede faltar la más común: esto es el infierno), pero que en cualquier caso produce un estado de lectura convulsionada y de feliz desconcierto.

Editorial Nórdica
Traducción de Héctor Arnau

martes, 27 de enero de 2015

Naturaleza incompleta, de Terrence W. Deacon


Para afrontar una investigación como la que Terrence W. Deacon plantea en Naturaleza incompleta, nada menos que “la transición de la no vida a la vida y la transición del mecanismo insensible a la mente” es necesario estar pertrechado con un bagaje teórico de primer nivel, que combine tanto conocimientos científicos como, y esta es una de las peculiaridades más atractivas del libro, una visión filosófica.

Y, desde luego, Deacon está bien preparado. Profesor de Antropología en Harvard y Berkeley y neurocientífico destacado, quizá en Naturaleza incompleta lo más destacable es su aportación como estudioso del lenguaje. Porque libros sobre el surgimiento de la vida y la formación de la conciencia hay muchos, pero la aproximación de Deacon es si no original (ha sido acusado de plagio), al menos sí muy audaz.




Para dejar las cosas claras, Naturaleza incompleta no es un libro que ofrezca respuestas, sino que su valor es despejar el camino y ofrecer nuevas preguntas. En la primera parte Deacon se dedica a descabezar muchas de las teorías más populares (¡incluso se atreve a acusar a Chomsky de dualista!), para después entrar en materia con una nueva perspectiva. Para ello utiliza una serie de neologismos y conceptos ad hoc que faciliten la compresión de procesos antiintuitivos y de gran complejidad.

En el largo camino que va de lo “ausencial” (propiedad de existir respecto a algo ausente) hasta las “ligaduras” (lo que no está pero podría haber estado), Deacon busca un concepto para la física tan revolucionario como lo fue el descubrimiento del 0 para las matemáticas. Es un trayecto arduo, en el que abundan los desvíos y cuyo fin todavía se ve lejano. Pero propuestas como las de Deacon ayudan a iluminar la vía y a que al menos sepamos qué estamos buscando.

Editorial Tusquets
Traducción de Ambrosio García Leal

lunes, 26 de enero de 2015

Mi impresionante carrera, de Miles Franklin


Quizá sería mejor leer Mi impresionante carrera sin saber nada de su autora, no tanto por la sorpresa que supondría descubrir que fue escrita por una adolescente, sino para evitar prejuicios y condescendencias. Pero, en cualquier caso, aún sabiendo de la precocidad de Miles Franklin, es inevitable no recelar en algún momento de la veracidad de la historia, pues aunque Mi impresionante carrera tiene toda la espontaneidad y el espíritu libre que se espera de una autora tan joven, también tiene la perspicacia y el fino análisis de la realidad que se esperaría de alguien mucho más maduro.

El inicio de la historia nos sitúa en esos paisajes evocadores que, a la manera de W. H. Hudson en Allá lejos y tiempo atrás, rememoran una infancia asilvestrada en territorios casi inexplorados. Pero si en la literatura estás invocaciones suelen ser elaboradas y poéticas (por lo tanto, embellecidas), en el caso de Franklin, que retrata sus vivencias de apenas unos años atrás, su visión es mucho menos lírica (aunque incluye descripciones de las grandes extensiones australianas de una gran belleza) y más directa: para ella las cosas todavía no son tan bonitas como la pérdida de memoria nos hará creer.




La originalidad del libro de Franklin se construye sobre las bases de la tradición más trillada. Porque en Mi impresionante carrera no falta ni la historia de amor imposible (con patito feo incluido), ni el extraño alto y moreno, ni tan siquiera la herencia salvadora. Pero es como si Franklin simplemente plantear estos tópicos para después dinamitarlos. En una lucha constante con el lector, que espero que tanto la autora como la protagonista acaben cediendo y se rindan a la convención, al final siempre acaba por imponerse.

Porque lo más atractivo del libro es el espíritu independiente y casi salvaje de Sybylla, su protagonista. Ahora sabemos que Franklin fue una mujer con las ideas muy claras, inquieta y activista en diversos campos. Pero esto sería fácil de intuir tan solo fijándonos en las características de Sybilla, esa muchacha menor de edad, vista por quienes la rodean como una marimacho pero capaz de luchar contra las imposiciones que cree injustas, rebelde ante las convenciones sociales, tenaz y decidida. Y que encima tenía un don natural para escribir.

Editorial Alba
Traducción de Amado Diéguez y Concha Cardeñoso Sáenz de Miera

jueves, 22 de enero de 2015

Nuevas maneras de matar a tu madre, de Colm Tóibín


Pese a lo que pueda decir cierto autor algo confuso y a menudo confundido, lo cierto es que habitualmente la mejor crítica literaria viene de los mismos escritores. Y si Colm Tóibín es uno de los mejores novelistas de la actualidad, lo que tiene que decir sobre algunas de las figuras literarias más relevantes del pasado siglo es del máximo interés. Por eso Nuevas maneras de matar a tu madre no defrauda: cada artículo está redactado con la profesionalidad que se podría exigir a un estudio académico y además tienen el plus de estar escrito por alguien con la sensibilidad, la capacidad analítica y el humor que se espera de todo gran novelista.

Es cierto que el título de esta colección de ensayos puede llevar a engaño, sobre todo porque la metáfora no está tanto en el verbo como en el objeto. La “madre” de la que habla Tóibin pocas veces es la verdadera madre de los autores que estudia, sino que en realidad a menudo se refiere al padre (incluso a los hijos), o a la tradición o a la patria (especialmente, Irlanda). En cualquier caso, siempre se trata de autores que tienen que desembarazarse de una pesada carga para conseguir la libertad suficiente que les permita desarrollar su arte.




Cada artículo se centra en señalados conflictos biográficos en los que los escritores (de Henry James a James Baldwin) son vistos con comprensión. Algunos pueden parecer más simpáticos (el trágico Hart Crane) y otros insoportables (en esto John Cheever se lleva la palma sin ninguna duda), pero en todos los casos Tóibin nos ayuda a comprender mejor el proceso casi freudiano por el que tuvieron que pasar todos los autores retratados para imponerse, y que pasaba por destruir sus familias (una vez más, tanto en sentido figurado como literal).

Se podría echar en falta una mayor presencia del propio Tóibin en estos perfiles. Pero ya sea por modestia o porque no lo encontrara relevante, en ningún momento menciona la propia obra ni influencias por otra parte evidentes. Si en la primera parte, dedicada a escritores irlandeses, podemos comprender algo mejor el ambiente que ha propiciado el que quizá sea el terreno más fértil del mundo para criar escritores, en la segunda parte se completa esta autobiografía fantasma con autores de todo el mundo, que comparten el mismo desgarro entre la fidelidad a las raíces y la necesidad de abrirse al mundo.

Editorial Lumen
Traducción de Patricia Antón de Vez

martes, 20 de enero de 2015

La joven ahogada, de Caitlín R. Kiernan


Cuando se escribe de una novela como La joven ahogada dan ganas de empezar el comentario con una exclamación. Que un libro de género (y, por tanto, para cierto tipo de gente, “menor”) contenga tantas capas de lectura, tanta riqueza formal y argumental que se convierte en inagotable, no solo echa por tierra la diferenciación estándar entre literatura popular y de calidad, sino que hasta el lector más abierto de mente necesitará tomar algo de distancia para no caer en exageraciones.

Pero es que lo que consigue Caitlín R. Kiernan es trascender (por usar un término de apariencia grandilocuente) la novela de fantasmas para construir un relato que desafía las convenciones de la escritura. Por ejemplo, cuando transcribe diálogos se plantea explícitamente una fuga de verosimilitud que cualquier lector se ha planteado: ¿cómo es posible que en una novela (o incluso en un libro de no ficción) se pretenda reproducir de manera exacta una conversación que tuvo lugar hace tres años? Y lo mismo con la arbitraria división en capítulos, o la estructura en actos, o la razón de ser misma del relato, con principio, desarrollo y fin perfectamente definidos, construcción artificial que sin embargo ha conquistado a la realidad. 




Con ser cuestiones importantes, estas se refieren meramente a la forma. Pero es que Kiernan va mucho más al fondo al tratar de dilucidar las consecuencias reales de una obra de arte. ¿Hasta que punto es responsable un creador de lo que sus obras puedan provocar? Si alguien se suicida después de leer una novela que ha hecho saltar algún resorte de su alma, ¿es culpa del escritor? Muchas veces se alaba la literatura por su capacidad terapéutica (y La joven ahogada sería un ejemplo excelente), pero su lado oscuro, la posibilidad de que la literatura invoque demonios, ha sido mucho menos transitada.

Como todo esto es tan sencillo, además Kiernan se atreve a narrar la historia desde el punto de vista de una esquizofrénica, una loca, como se califica a sí misma Imp. Sin duda es un recurso con grandes posibilidades, pero también de una diabólica dificultad para la autora y que exige del lector no solo una atención permanente, sino una posición activa en la interpretación de lo narrado. Si el desempeño del lector es indeterminado, de la autora podemos decir que salva todas las trampas con una maestría insólita.

Y quizá lo más extraordinario de todo es que Kiernan despliega toda su capacidad creativa de una manera natural. Escondida detrás de una historia de lobos, sirenas y fantasmas, de por sí cautivadora, se encuentra esa ambiciosa autora capaz de dislocar el mundo. Porque parece inevitable que al hablar de ella se cite a Lovecraft, Shirley Jackson o Angela Carter, pero tampoco sería impertinente mencionar a Joyce, sin ir más lejos. Aunque, después de todo, lo mejor es no desvelar el secreto. En él se encuentra tanto el corazón del miedo como la esencia del misterio.

Editorial Valdemar
Traducción de Marta Lila Murillo