lunes, 9 de diciembre de 2013

Jinete Nocturno (VII)

SEGUNDA PARTE


29
-Qué aburrimiento.
-Sí, señora Princesa.
-¿Dónde está Pierre?
-Dijo que se iba al cine, señora Princesa.
-Pero cuánto le gusta el cine a este chico.
-Mucho, señora Princesa.
-El cine sí, pero cuando se le pide que haga lo que tiene que hacer, siempre se escapa.
-Cierto, señora Princesa.
-Pero tú no le critiques, eh. Yo puedo decir lo que quiera que para eso os pago. Y muy bien, por cierto, demasiado. Pero tú te callas, que tienes muchos motivos para hacerlo, además.
-Ajá, señora Princesa.
-¿Te he contado alguna vez la historia de mi segunda marido?
-Sí, señora Princesa.
-Se llamaba Alfred, pero yo siempre le llamaba Freddy. A él le molestaba, porque como era bajito, se pensaba que me burlaba de él. Pero a mí me daba igual. Yo soy la que pago, yo soy la que pongo los nombres.
-Efectivamente, señora Princesa.
-El caso es que Freddy se parecía mucho a Pierre. Solo que en vez del cine, lo que le gustaba a él era el casino. Y eso es mucho peor, claro.
-Claro, señora Princesa.
-Se gastaba lo que tenía y lo que no tenía. Y luego la que tenía que poner los francos era yo. Pero le quería mucho, a Freddy. Por eso teníamos muchas broncas, pero al final siempre acababa cediendo.
-Sí, señora Princesa.
-Pero hubo un día en el que perdió millones y eso ya no lo pude soportar. Me vino llorando, suplicando. Tenía que pagar como fuera, estaba en un verdadero lío, con mafiosos de por medio, según decía. Pero yo no me lo creí y le dije que no, que ya estaba bien, que se buscara la vida.
-Muy bien, señora Princesa.
-Aquí teníamos una pistola, por si acaso, y ese día Freddy se fue a por ella y me dijo: muy bien, tú lo has querido. Todavía no sé si me estaba amenazando o si estaba sugiriendo que se iba a pegar un tiro. Supongo que nunca lo sabré. Porque cuando le di la espalda, él abandonó el yate y nunca más he sabido nada de él. ¿Tú has tenido alguna noticia de Freddy?
-No, señora Princesa.
-Aparte del casino, lo único que le gustaba era la música. Eso sí que me gustaba de él. Era un melómano, Freddy.
-Naranananá, señora Princesa.
-Sí, ya sé que a ti también te gusta.
-Sobre todo los violines, señora Princesa.
-Cállate. Bueno, cuando vuelva Pierre lo preparáis todo, que tengo ya ganas de irme de aquí. El ruso ese me da muy mala espina.
-Es simpático, señora Princesa. El otro día me regaló una botella de vodka.
-Pues se la devuelves ahora mismo. No quiero tener nada que ver con esa chusma. ¡Rusos!
-Va a ser un poco difícil, seño...
-¿Cómo?
-Sí, señora Princesa. Mañana nos vamos.


30


Tras esperar más de media hora sin que nadie fuera a su habitación ni recibir ninguna respuesta de sus múltiples llamadas telefónicas, Tom decidió que tenía que hacer algo por su cuenta. Su anterior excursión por las calles de París no le había salido muy bien, pero quedarse encerrado en esa habitación de hotel le parecía todavía más ridículo que frustrante.
Esta vez sí que se habían ocupado de poner vigilancia en su puerta, como había comprobado cuando salió a “tomar el aire”, y sabía que no le iba a ser nada fácil librarse de los franceses. Además, tampoco quería arruinar toda la misión si era visto por alguna persona inadecuada. Estaba en un callejón sin salida, hasta que un nombre le vino a la mente.
-¡Henri! No sé cómo he podido ser tan estúpido -dijo Tom sin dar tiempo a su interlocutor a saludar.
-¿Tom? ¿Qué pasa? ¿Dónde estás? -Henri, sabedor de que Tom no acostumbraba a hacer llamadas de broma ni, ya puestos, a llamar para preguntar cómo te iba, se puso en alerta inmediatamente.
-Estoy aquí mismo, en París, en el hotel Sainte-Croix.
-Ah, qué bien. Si quieres podemos vernos. Deja que mire... -dijo Henri mientras rebuscaba en su repleta agenda.
-No, no mires nada -dijo Tom imperativo-. Tenemos que vernos ya, cada segundo cuenta.
-Mira, Tom, yo también tengo ganas de verte -dijo Henri mientras buscaba una excusa con la que ganar tiempo-, pero ahora mismo...
-Henri, tienes que venir. Ahora -y el tono admonitorio de Tom no dejaba lugar a dudas.
-Hmmm... -Henri solo se dio unos instantes para calibrar la seriedad de la llamada-. Espero que no sea una de tus locuras. Voy para allá.
-Por cierto, esta llamada estará siendo escuchada y se tomarán las medidas predecibles. Estás avisado.
-Ya, no hace falta ni que lo digas.


31


El teléfono de Marcel llamó la atención de las vacas durante un segundo, pero enseguida volvieron a sumirse en su metafísica. Harker permaneció más atento, aunque Marcel, que ya estaba a una distancia inaudible de él, se alejó aún más.
La conversación no duró ni cinco minutos, pero eso debía de ser un récord para Marcel. Cuando se acercó a John, simplemente le dijo “vámonos”.
Harker cogió su maletín y se subió al Land Rover, que Marcel iba a conducir con tal concentración que John pensó que ni un meteorito conseguiría distraerle de la carretera. Probó a soltar algunas frases de compromiso, e incluso se arriesgó con un “¿adónde vamos?”, pero la respuesta fue la esperada: un silencio divino. John pensó que a Marcel debía de habérsele contagiado algo de la actitud meditativa de las vacas de la granja, aunque ni tan siquiera sabía si vivía allí habitualmente. Lo dudaba.
Prefería no pensar en lo que tenía por delante y una conversación intrascendente le habría venido muy bien, pero ya estaba claro que eso no iba a suceder. Así que John se conformó con sacar un cigarrillo de su pitillera y echar cuenta del tiempo que le quedaba con tan agradable compañía. Cuando se inclinó ligeramente para encender el pitillo, su instinto profesional le indicó que algo iba a pasar.
Marcel debió de tener la misma impresión, porque el volantazo que pegó casi le lanza a través de la ventanilla.
Primero oyó el ruido que producía un potente motor a toda máquina. Al instante las primeras balas comenzaron a sonar cerca de él. Demasiado cerca.
Sin soltar el volante ni mostrar la más mínima reacción, Marcel se las arregló para abrir un compartimento del coche que hasta entonces le había pasado inadvertido a John. Con una mirada casi imperceptible, pero que John captó a la primera, le indicó que cogiera el arma que ponía a su disposición.
La carretera ya quedaba atrás mientras perseguidos y perseguidores se introducían en lo que parecía ser un viñedo. Pero que no le preguntaran a John por los detalles, en esos momentos estaba más ocupado fijándose en otras cosas.
En un segundo el Land Rover dio una vuelta de 180 grados y se cruzó con un todoterreno negro del que salían dos ametralladoras que ofrecían un completo espectáculo de sonido y luces. Mejor que en la ópera, le dio tiempo a pensar a John antes de empezar a disparar su escopeta.
La imagen de los dos vehículos cruzandose en la carretera recordaba a un duelo medieval en el que dos caballeros se retaban en duelo con sus lanzas en ristre. La primera embestida no derribo a ninguno de los jinetes. Pero el lance no había hecho más que comenzar.
Ambos autos dieron un giro que volvió a poner sus morros enfrentados. Parecía que no había nadie por el viñedo, pero de ser así, era poco probable que se inmiscuyera en los asuntos de una personas realmente muy cabreadas.
Esta vez Marcel decidió apurar sus posibilidades y de dirigió directamente hacia la parte frontal del todoterreno acelerando hasta el límite.. El otro conductor pareció aceptar el reto y se situó en el medio del camino, mientras que las balas de la ametralladora seguían acosando al Land Rover sin lograr abatirle. Los disparos de John, más espaciados pero más contundentes, habían alcanzado el parabrisas de su adversario, pero no habían logrado derribar la protección.
-Agárrate.
Era la segunda vez que escuchaba la voz de Marcel esa mañana. Y dudaba que pudiera volver a oírla.


32


500 kilómetros al norte, los últimos años de la vida que Harker creía cercana a su final habían sido descritos con todos los detalles que eran posible entresacar de una nube de misterios, pistas falsas y testimonios contradictorios que se habían recolectado.
-Todo eso está muy bien -dijo Helen después de una hora de escuchar pacientemente soliloquios que parecían sacados de Ionesco y de ver imágenes borrosas, como si estuviera en El tercer hombre siendo convencida de la culpabilidad de Harry Lime-. Pero aparte de dejarme claro que los agentes ingleses no son de fiar, no me ha dicho qué tiene que ver Harker en todo este lío.
Millot pareció desconcertado durante un instante. Había pensado que todo el trabajo que había expuesto dejaría bien calladita a la inglesa y podría ponerse a resolver algunos asuntos realmente importantes. En unos segundos de reflexión le dio tiempo a repasar una completa cadena de mando para la que tenía reproches sin excepción. Ya llegaría su momento. El pensamiento le provocó una sonrisa intempestiva que descuadró aún más a Clarke.
-Está claro, ¿no? -su pose avinagrada había regresado-. Harker es un intermediario. Tiene contactos, recursos y materiales que ofrecer. Supuestamente es un tipo de grandísimo talento. Por eso confiasteis tanto en él, ¿no es así?
-¿Me está diciendo que el mayor traficante de armas del mundo necesita a un free lance de pasado turbio para lleva a cabo sus operaciones? -preguntó Helen con ese aire de superioridad tan inglés que tanto enervaba a Millot.
-Le recuerdo que las armas son inglesas -en toda la cara-. En este negocio, como supongo que sabrá, todo se trata de a quién conoces y cómo mueves el material.
Con mucho gusto Helen y Millot se abrían abofeteado. Millot pensó en duelos al amanecer, pero su caballerosidad francesa le impidió llegar más lejos que a levantar el mentón.
-No sé -dijo Clarke, que había dudado entre pistola y florete-. Tom tenía razón, hay algo aquí que no encaja.
-¡Ya estamos con Winder y sus locuras conspirativas! -exclamó Millot exasperado-. Escúcheme, aquí tenemos muchas cosas de las que ocuparnos para entretenernos con los asuntos internos de los ingleses. Así que si me lo permite, la voy a dejar con sus teorías para centrarme en Jinete Nocturno.
-Le acompaño.
-Si no hay más remedio...


jueves, 5 de diciembre de 2013

Crónicas marcianas, de Ray Bradbury


Adentrarse en un género como la ciencia ficción, a menudo acusado de quedar desfasado con demasiado rapidez, y leer un libro en el que el futuro es ya pasado, puede suponer una prueba de fuego. Pero el interés de comprobar si las predicciones se han cumplido es bastante limitado: después de todo, los escritores de ciencia ficción son simplemente eso, escritores, no futurólogos.

En cualquier caso, Crónicas marcianas es un libro que conviene leer no hacia adelante, como un modelo de anticipación, sino hacia atrás. Hay que tener en cuenta que cuando Ray Bradbury escribió esta colección de cuentos la II Guerra Mundial acababa de terminar y su recuerdo y el de las dos bombas atómicas lanzadas sobre Japón todavía era reciente. Es con esto en mente como se pueden interpretar unas narraciones desoladoras, teñidas de pesimismo y que más que como historias futuristas se leen como historias de terror.




Otro reproche que se suele hacer a la ciencia ficción es que se basan demasiado en la simbología. Es natural que las historias de ficción sean de hecho parábolas con intenciones de denuncia social, representación histórica, o cualquiera que sea el verdadero propósito del autor. Pero en la ciencia ficción más que en otros géneros se corre el peligro del acartonamiento, de que todo suene a falso, a que nos han presentado un escenario muy bonito para después descubrir que detrás del telón no hay nada.

Pero Bradbury evita este efecto con una genuina maestría a la hora de combinar historias de fantasía con un trasfondo social y psicológico mucho más profundo. Las interpretaciones son diversas y se multiplican en cada relato: el belicismo autodestructivo, el racismo, el peligro de las ideologías desbocadas, el afán destructor del colonialismo... Tampoco faltan las referencias literarias (que hoy también podemos leer hacia adelante: el influjo de Bradbury ha sido constante) y, ante todo, ese tono desesperado que se convierte en un atronador grito. Un grito que, en el espacio, nadie escucha.


Editorial Minotauro
Traducción de Francisco Abelenda

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Prohibido entrar sin pantalones, de Juan Bonilla


Pese a que a menudo se suele decir que en España no hay tradición biográfica y que las publicaciones de este género son escasas y tienen poca repercusión, tenemos la sensación de que en los últimos años se está produciendo un cambio de tendencia. Y no solo por la edición de impecables retratos monográficos y por el éxito de algunos de estos libros, sino porque algunos novelistas han encontrado en la novela biográfica un camino de experimentación que abre posibilidades a un nuevo género. Y cuando llega la novela es porque el campo ya está listo para la cosecha.

Al ser un género en formación, nos encontramos en un momento estimulante en el que todo está permitido. O casi todo, pues la mezcla entre realidad y ficción es un tema siempre espinoso. En Prohibido entrar sin pantalones esta efervescencia se percibe desde las primeras páginas Juan Bonilla ha conseguido traducir la febrilidad de Vladimir Maiakovski apropiándose de su estilo arrollador para construir una novela que se lee en perpetuo estado de aceleración.




Si las imágenes de Maiakovski y la traslación narrativa que de ellas hace Bonilla tienen una fuerza visual que impacta al lector, este choque no hace que se detenga en ningún momento. La acción continúa sin solución de continuidad, sin espacio para la reflexión. Es una escritura directa, casi desquiciada. No solo refleja la actitud ante la vida de su protagonista, sino también una época de conmoción, un lugar sacudido por el enfrentamiento entre pasado y futuro.

Si Prohibido entrar sin pantalones fuera una película, en ella veríamos a Maiakovski en cada uno de sus planos. Desde luego, no es una biografía al uso, con cronología precisa, contexto y perfil psicológico adosado. Es una experiencia en la que Maiakovski se ha “librificado”, pero no en un sentido de cosa inane e inofensiva. Al contrario, como en los mejores libros, aquí Maiakoski se ha convertido en algo salvaje, irrefrenable, vivo.

Editorial Seix Barral


martes, 3 de diciembre de 2013

La abadía de Northanger, de Jane Austen


No podemos entender el gran malentendido alrededor de Jane Austen. Que se la considere una autora romántica solo puede indicar que quien exprese tal opinión o no ha leído ninguno de sus libros o lo ha hecho con tantos prejuicios que la evidencia no pudo mostrar lo obvio. Decir que Sentido y sensibilidad, por ejemplo, es un libro romántico sería como decir que lo es Madame Bobary.

Con La abadía de Northanger los malentendidos se multiplican, porque al equívoco habitual se une su catalogación como novela menor de Austen, cuando es un prodigio, quizá su libro más divertido, y en el que se muestra tan sagaz e inventiva como en sus mejores momentos. Puede ser que el motivo de su mala comprensión es que Austen utiliza la ironía con tal maestría que una lectura poco atenta pueda llevar a tomarse en serio lo que no es más de burla. Pero eso no es culpa de la autora: más bien cuenta a su favor.




En esta ocasión Austen no se conformó con parodiar las novelas románticas de heroínas acechadas e historias de amor convertidas en ordalías a través de las cuales la protagonista obtiene una lección y al final alcanza la felicidad. Que también. Aquí nos encontramos además con una parodia de las novelas góticas a la Radcliffe, con edificios malditos, fantasmas y viento que apaga las velas en el momento más inoportuno.

Utilizar el adjetivo “delicioso” al referirse a una novela de Austen es peligroso, pues puede llevar a los despistados habituales a confundirlo con “meloso”, pero lo cierto es que la lectura de La abadía es un placer continuo. Cada página se lee con deleite, saboreando la gracia de la escritura de Austen y su habilidad para jugar tanto con sus personajes como con sus lectores sin maltratarlos. Austen todavía tiene mucho que enseñarnos, y nosotros mucho que aprender de ella.


Editorial Espasa-Calpe
Traducción de Isabel Oyarzábal

lunes, 2 de diciembre de 2013

Jinete Nocturno (VI)

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El trayecto que siguió Helen para hasta llegar a la cúpula de la Sección Especial fue totalmente diferente al de Tom. Ella también se había graduado en Oxbridge con las más altas calificaciones, pero no había sido reclutada por ningún cazatalentos, ya que estos solían inclinarse más por candidatos varones en buena forma, y Helen no cumplía ninguno de los dos requisitos.
Tras licenciarse en Ciencias Políticas, Helen había ingresado en el Ministerio del Interior donde ejerció de analista de datos con una sagacidad que pronto llamó la atención de sus superiores.
Su ingreso en la Sección Especial fue discreta y natural. Se le ofreció como un ascenso, y ella apenas se planteó la posibilidad de rechazar el puesto. Asumiría muchas más responsabilidades y en la práctica casi tendría que despedirse de su vida privada, pero ya hacía tiempo que había asumido que su vida era su trabajo y veía con apasionamiento las posibilidades que le planteaba su nueva ocupación.
Pese a que hacía tiempo que las mujeres habían empezado a trabajar en la Agencia, e incluso una de ellas había llegado a ocupar el puesto más alto del escalafón, todavía existía cierto recelo hacia ellas entre un grupo mayoritariamente masculino y anclado en las viejas prácticas de la Guerra Fría. Pero Helen ni tan siquiera prestaba atención a las ocasionales zancadillas que sus compañeros más retrógrados le ponían. Sabía que era la mejor en su puesto y cada día se empeñaba en demostrarlo sin tener que dar una voz más lata que otra.
Poco a poco fue escalando en el organigrama hasta alcanzar la subdirección de la Sección Especial, siempre bajo las órdenes de Khun, quien desde su ingreso en el grupo se había auto asignado el papel de mentor de la agente Clarke. Su profesionalidad e implacabilidad lograron que todos sus subordinados, incluidos los agentes de campo, que habitualmente despreciaban a los “burócratas de Vauxhall” la respetaran y asumieran su autoridad.
Pero Helen nunca había sido una mujer de acción. Sus escasas salidas de Londres se habían limitado a reuniones de alto nivel con otros jefes de servicios de inteligencia o a conferencias internacionales que eran vistas por todos sus participantes como perfectas excusas para pasar unos días de vacaciones. Al principio Helen trató de tomarse estas citas más en serio, pero al darse cuenta de que si ella era la única que seguía el juego, éste no tenía sentido, decidió sumarse a la indolencia general y disfrutar de los pocos días libres que su agotador trabajo le concedía.
Poco después de su ingreso en la Sección Especial había aprendido a utilizar armas y había seguido algunos cursillos obligatorios que le permitieron adquirir los rudimentos del buen espía, pero su implicación, por una vez había sido más para cumplir el expediente que con la intención real de llevar a la práctica algún día esos conocimientos. No, Helen Clarke no era el tipo de espía que aparecía en las películas de Hollywood.


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Tom no paraba de dar vueltas por la habitación observando cómo Helen preparaba sus cosas para irse de inmediato junto al agente francés que había ido a buscarla,
-Mira, Helen, esto no me parece bien -dijo con algo de miedo-. Soy yo el que debería ocuparse de esta misión. Reconócelo, tú no estás preparada para llevar una tarea de vigilancia.
-Gracias por preocuparte por mí -dijo Helen con una sonrisa-, pero todo irá bien. No pensarás que los franceses me van a dejar sola siguiendo a Harker. Simplemente estaré junto a alguno de los suyos tratando de enterarme de primera mano de lo que está pasando. No podemos dejarlos solos para que administren la operación a su antojo y nos dejen a nosotros la información residual.
-¿Y si las cosas se ponen feas? Harker es el mejor agente que he conocido, y si es verdad que se ha pasado al otro lado, va a ser muy difícil controlarlo.
-Ya sé lo que estás pensando: “un francés y una burócrata de Vauxhall”. Pero sabes que nunca tomo riesgos innecesarios. Seguiremos todos los protocolos y nos limitaremos a seguir la pista de Harker a una prudencial distancia -le guiñó el ojo-. Seguro que todo estará bajo control.
Tom seguía sin poder estarse quieto y no paraba de mover la cabeza intentando negar la realidad.
-¡Maldita sea! Todo esto es por mi culpa, no tenía que haber ido a ver a Rashid. Y luego estos franceses aficionados... No me gusta nada esta operación, tengo la sensación de que algo va a salir mal. Quizá debería llamar a Khun y decirle que acepto su propuesta de enviar a un nuevo agente para que se ocupe de llevar a cabo la acción de campo.
-Demasiado tarde, me temo. Pero no te mortifiques, Tom, ninguno de nosotros podía pensar que Harker iba a salir de la nada... -como Tom seguía sin convencerse, Helen tuvo que continuar-: Piensa un poco, la situación está perfectamente clara, sólo tenemos que esperar un poco esta noche los terroristas y los traficantes caerán ellos solos en la trampa.
-Por favor, mantente en contacto conmigo en todo momento -dijo Tom suplicante-. Nunca me perdonaría que te pasara algo malo.
Helen se acercó a él y le dio un beso en la mejilla.
-Bueno, ya está todo listo. Me tengo que ir. Intenta tranquilizarte.


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Mientras Tom se quedaba solo en la habitación del hotel esperando a que le dieran alguna nueva indicación, Helen siguió al agente francés que había ido a buscarla. Durante el camino a un lugar indeterminado, Helen hizo varias preguntas al agente sobre su destino y los próximos pasos a dar, pero ante la monocorde respuesta de éste (“Lo siento, señora, pero no estoy autorizado a darle esa información”), cejó en su empeño y permaneció callada hasta que llegaron a un edificio no muy diferente del que tan bien conocía en Vauxhall, sólo que si aquel estaba a orillas del Támesis, éste se encontraba junto al Sena.
Todavía no eran las seis de la mañana y las oficinas ofrecían un aspecto somnoliento. Parecía que las bombillas emitían una luz por debajo de su intensidad normal y que las pocas personas que se atisbaban por los pasillos y algunos despachos abiertos aún estaban desperezándose.
Pero esta impresión cambió radicalmente cuando entró en la sala de reuniones que su acompañante le había señalado como objetivo final y encontró en ella a Millot desplegando toda su energía.
-Ah, por fin está aquí, Clarke. Ese Khun es un maldito incordio, no ha parada hasta conseguir meter sus narices en la misión.
-¿Me está llamando narices?
Millot o simuló no comprender o quizá se había perdido de verdad con el marcado acento cockney que Helen había imitado.
-Sólo quiero dejar claro que no voy a tener ninguna consideración por usted. Ni porque sea mujer -Helen ya había notado que todavía no había visto a ninguna agente femenina entre los franceses-, ni, sobre todo, porque sea inglesa. De hecho, me lavo las manos. Ya he manifestado con toda rotundidad a Khun que toda la responsabilidad es suya.
-Nada que objetar -dijo Helen, dispuesta a no dejarse achantar en ningún momento por la bravuconería de Millot-. Por favor, no perdamos más el tiempo con charlas inútiles y dígame qué vamos a hacer.
Millot pareció calmarse. Se sentó, abrió las manos, y comenzó a explicarse:
-Esta bien. Empecemos con Harker.


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-No comprendo por qué tenemos que usar a Harker como intermediario. Nunca me he fiado de él y creía que Kemel tampoco, pero ahora resulta que ponemos en sus manos toda la negociación.
-Al parecer lo han impuesto desde arriba. Tiene contactos y un conocimiento de primera mano de las armas.
-Lo que yo te digo, que está llevando un doble juego. No sé tú, pero yo estoy pensando en irme de París inmediatamente, esto tiene toda la pinta de una trampa para hacernos caer.
-¿Y por qué harían eso? Ahora mismo somos su mejor baza.
-Ahora, pero una vez hayamos comprado las armas, no les seremos de utilidad. Creo que estaban esperando este momento para librarse de nosotros y que hemos seguido el camino que nos indicaban como corderos hacia el matarife.
-Ya es demasiado tarde para echarse atrás. Con el dinero que nos paguen podremos vivir tranquilamente durante varios años.
-¿Y para eso estamos aquí? De todas maneras, ¿cómo te explicas tú que hayan metido de por medio a los ingleses? Lo único que logran con ello es embrollar aún más el asunto.
-Seguramente se iban a enterar de todos modos y han querido adelantarse. Pero por eso no te preocupes, los ingleses siempre harán lo que les digan los americanos.
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-Harker ya está en París y los ingleses han logrado que Clarke se ocupe de su vigilancia.
-Perfecto, un incordio más del que ocuparse. Vamos a tener que lanzarles un señuelo para entretenerles. Para cuando llegue la hora de la cita, espero que ya hayamos podido librarnos de ellos.
-Clarke no tiene ninguna experiencia y no creo que sea muy difícil manejarla, pero Winder me sigue preocupando.
-¿No te han dicho que no le van a dejar salir del centro de operaciones? Mientras que esté vigilado no podrá hacer nada.
-¿Y tú confías en que los franceses puedan controlarlo?
-No, pero ya lo tengo todo dispuesto. Si Winder sale de su radar, nos encargaremos de que no pueda volar muy alto.
-Los árabes también han empezado a moverse.
-Otra pandilla de aficionados. Al menos estos no actuarán por su cuenta. No son capaces ni de atarse los zapatos sin indicaciones.
-Ya, pero eso también tiene sus riesgos. Por no hablar de los rusos.
-¿Qué pasa con ellos?
-Son rusos, ¿hacen falta más explicaciones?


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Alrededor de la granja sólo se escuchaba el mugir de las vacas. A Harker le parecía irónico que en un momento de máxima tensión como la que estaba viviendo, el paisaje ofreciera un aspecto tan bucólico.
Tras desembarcar cerca de Marsella, le habían llevado inmediatamente a ese paraje, donde sólo le acompañaba Marcel, quien en las dos horas que llevaban juntos todavía no le había dirigido la palabra.
El plan consistía en permanecer allí hasta media mañana, cuando iniciaría su viaje hacia París. No debía dejarse ver ni hacer ninguna llamada. Si sucedía algo importante, ya se pondrían ellos en contacto.
Pero la tranquilidad del entorno no colaboraba en templar su inquietud. En principio el plan parecía de una sencillez absoluta. Simplemente tendría que encontrarse con el tal Soyenko y en cinco minutos el trato estaría firmado. Le habían indicado (por decirlo suavemente) que después volvería a la granja y esa misma noche partiría de nuevo hacia la costa africana. Pero su enlace le había comentado que la situación se había complicado con la irrupción de los ingleses. Había tratado de quitar hierro al asunto diciendo que estaban totalmente controlados, pero se le había escapado (aunque dudaba que hubiera sido fortuito), que ya había habido una muerte. Cuando le preguntó por los agentes implicados, el enlace había soltado como si tal cosa “me parece que se trata de un tal Tom Winder”, sin saber lo que eso implicaba para Harker.


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En un yate anclado en el muelle de Niza, la perspectiva era todavía más serena que en la granja. Sólo el capitán del barco acompañaba a Yurov. Pese a las noticias que le iban llegando desde París, su idea del plan no se había desviado ni un ápice.
El día anterior lo había pasado junto a Polina, pero había acabado harto de sus quejas. Ya no sabía cuántas veces le había contado la historia de que su bisabuelo había trabajado como taxista en Niza después de la Revolución. Lo único gracioso del tema era que cada vez le contaba una versión diferente, siempre había algún detalle que cambiaba. Polina era una terrible mentirosa. En eso podría Yurov podía darle unas cuantas lecciones.
Pero las trolas de Polina eran inofensivas. A veces lo hacía simplemente por aburrimiento, y casi siempre para tratar de sacarle algo de dinero. Como si hiciera falta. En realidad, Polina ni tan siquiera le gustaba, ya estaba harto de ella. Pero lo parecía más cómodo, más fácil, seguir viéndola de vez en cuando y atender sus capricho que tener que afrontar una pelea en toda regla. Podría hacer que se deshicieran de ella, alguno de sus colegas se lo había sugerido. Pero él no era un bárbaro. ¿Liquidar a una mujer solo por pesada? Por favor. Puede que fuera el mayor traficante de armas del mundo, pero eso no le convertía en un insensible. Hay muchos hombres completamente respetables que se dedican a su mismo negocio, solo que él prefería mantenerse al margen de la burocracia. Eso no le convertía en un psicópata.
De hecho, le gustaba que le vieran como una persona refinada. Seguro que sus compañeros de muelle veían en el a un nuevo rico ruso que habría amasado su fortuna de manera sucia. Pero al menos él tenía modales, no como esos herederos y directores ejecutivos que le rodeaban y que no sabían tratar a las personas, malcriados en sus privilegios y creyéndose los amos del mundo.
Ahora se encontraba en un lugar idílico, en un yate de su propiedad, con todo lo que quisiera a su disposición, y a punto de concretar un negocio que no solo le haría todavía más rico y poderoso, sino que podría cambiar la faz del mundo. Qué aburrimiento.



viernes, 29 de noviembre de 2013

Un día es un día, de Margaret Atwood



Según los propios canadienses, Canadá es un país de escasa tradición literaria. Sin embargo, con la figura de Robertson Davies como referente, en los últimos años se ha convertido en una potencia de las letras, con algunos de los autores más reverenciados del momento. Si Alice Munro acaba de ganar un merecidísimo Nobel, Canadá también cuenta con escritores de primera fila no estrictamente literarios, como Steven Pinker, o con Margaret Atwood, en nuestra opinión otra de las más destacadas autoras de la actualidad. Y eso solo por citar a dos ejemplos de lo más heterogéneo.

La comparación entre Munro y Atwood es inevitable, pero también innecesaria. Se podrían encontrar multitud de vínculos entre los cuentos reunidos en Un díaes un día y los relatos de Munro, pero Atwood tiene una voz propia, de hecho tiene un estilo inconfundible. Aquí no nos encontramos con las fantasías distópicas de muchas de sus novelas ni con complejos entramados narrativos, pero sí con fuertes personajes femeninos y una descripción de la cotidianidad de una gran sensibilidad y acierto en la captura de los detalles más reveladores.



El libro se divide en Infancia, Madurez y Vejez, por lo que la presentación de los cuentos no es cronológica. Pese a ello, no hace falta buscar el año de la publicación de los relatos para ser consciente de su progresión. Si en los primeros, aun contando con buenos personajes y con la habilidad narrativa de Atwood, todavía no hay ese impulso que la hace única. Será en los cuatro cuentos más reciente, a los que podríamos añadir el que abre el libro, en los que demuestre toda su fuerza evocadora y su capacidad para encandilar al lector.

El mundo de Atwood combina la sordidez de la mediocridad con el vuelo poético de la esperanza. No hay un estado de ánimo permanente, sino que los altibajos, como en la vida, jalonan la experiencia de sus personajes. Abunda el desengaño, la frustración, la sensación de pérdida. Pero hay algo en su estilo que evita la lamentación y contagia una sensación de plenitud. Y eso es lo que hace de Atwood una escritora diferente a cualquier otra.

Editorial Lumen
Traducción de Eduardo Murillo, Víctor Pozanco y Alejandro Palomas

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Passions républicaines, de François-Georges Dreyfus


La Tercera Républica francesa no ha sido tratada con demasiada asiduidad editorial. No, desde luego, en España. Pero incluso en Francia parece ser un periodo marginado. Vista a menudo como un fracaso que empieza con la derrota en la Guerra franco-prusiana en 1870 y termina con la debacle del régimen en 1940, su único recuerdo parece ser la inestabilidad, la corrupción y la más absoluta mediocridad.

Sin embargo, la Tercera República se revela como un campo a estudiar para despejar tópicos. Las reformas de Jules Ferry propiciaron una educación universal y laica de la que Francia todavía se enorgullece. Su sistema político podía ser débil y a menudo caótico, pero también permitió vivir una época de libertades no tan común durante esos años en el el mundo y ni tan siquiera en Europa. Sus fracasos fueron numerosos y condujeron al derrumbe del sistema durante la Segunda Guerra Mundial, pero no se puede pintar un panorama sin matices.




François-Georges Dreyfus ha sido acusado de inexactitud, plagio y revisionismo. No parecen las mejores credenciales para confiar en un historiador. Pero, con las precauciones debidas, leer Passions républicaines es un buen método para conocer más en detalle este periodo complejo y lleno de malentendidos. Confesamos que su punto de vista nos parece personal, sí, pero moderado. Por ejemplo, no le duelen prendas en reconocer los éxitos del Frente Popular. Por lo menos en esta ocasión, no vemos en él a un autor dogmático o extremista.

El libro tiene pretensiones braudelianas. Es decir, no se limita a compilar fechas y sucesos llamativos, sino que busca una explicación amplia de la Tercera República, deteniéndose en diversos aspectos sociales, políticos, económicos o religiosos. Dreyfus estructura el estudio por medio de preguntas concretas que va respondiendo en breves apartados que conforman una visión más amplia y detallada. Nos parece, pues, una excelente introducción a un periodo que merece ser mejor conocido.

Editorial Bartillat