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viernes, 11 de septiembre de 2015

Tantos días felices, de Laurie Colwin


Tantos días felices parece un libro escrito a la contra. Para empezar, Laurie Colwin se sitúa del lado de los personajes masculinos para retratar su desconcierto ante las mujeres. Y no se trata tanto de la liberación de los 70 como del contraste entre la imagen idílica que estos hombres se han hecho de la mujer, así, en abstracto, como del verdadero choque que supone para ellos enredarse con mujeres de carne y hueso que son perfectas, pero tan complicadas...

Porque Guido y Vincent son personas normales. Ricos y exitosos, pero estrictamente convencionales en sus ambiciones y sus actitudes. Pero Holly y Misty son otro cantar. Holly es impecable desde cualquier punto de vista, ya sea su peinado o sus modales, pero fría e impenetrable. Misty por su parte es independiente,  iracunda e incapaz de mostrar sus sentimientos. Efectivamente, como si fueran hombres. Los papeles se han cambiado y nadie tiene muy claro cómo reaccionar.




Pero este nuevo reparto de los roles personales (todavía no de los sociales) no es la única bomba que coloca Colwin en su novela. Atacando el nuevo convencionalismo que suponía la ruptura de las reglas, Colwin apuesta por un desconcertante romanticismo, todavía más revolucionario por su sencillez y sinceridad. Y por si fuera poco, Colwin se atreve a ser optimista, toda una declaración de intenciones frente a la literatura seria y respetable.

Lo cierto es que Colwin tuvo el valor de escribir un libro ligero y feliz sin necesidad de pedir perdón por ello ni de evocar grandes figuras protectoras. Sus personajes pueden ser complejos y contradictorios sin necesidad de ser retorcidos, y su humor puede impregnar cada página sin hacerse notar. Las cosas están cambiando, pero no dejemos que los que no se enteran de nada lo arruinen todo.

Editorial Libros del Asteroide

Traducción de Marta Alcaraz

viernes, 4 de septiembre de 2015

De la vida de un inútil, de Joseph von Eichendorff


Aunque De la vida de un inútil se presenta como una novela representativa del romanticismo alemán (y con la como mínimo curiosa recomendación de Hitler), en realidad el libro de Joseph von Eichendorff es más bien una parodia de este movimiento literario. Sin llegar a las cotas de rechufla que Thomas Love Peacock destiló en Abadía pesadilla, von Eichendorff se lo pasa en grande a costa de un bobo amante de la música y de la naturaleza que no se entera de nada.

En De la vida de un inútil hay plebeyos enamorados de grandes damas, bandidos, embaucadores y sustos. Incluso asistimos a uno de esos viajes por Italia tan glorificados en la literatura de la época, pero en lugar de un grand tour aquí el protagonista recorre paisajes y se encuentra con tipos pintorescos sin ser consciente de lo que pasa a su alrededor. Como si fuera un precursor de Forrest Gump, nuestro violinista se pone a andar sin mirar atrás y sin un objetivo demasiado claro.




Es verdad que el concepto de “humor alemán” es un poco chocante, y más proveniente de un romántico católico como von Eichendorff, pero lo cierto es que De la vida de un inútil tiene un tono despreocupado y bonachón, sin grandes pretensiones y con elementos de un humorismo no forzado. Ni tan siquiera carga las tintas sobre la bobería de su protagonista, quien después de pasar por numerosos enredos siempre sale bien parado.

Von Eichendorff, que era ante todo dramaturgo y poeta, no solo rellena su breve narración con poemas alegres y sencillos, sino que dota a toda su narración de un espíritu juguetón, de una comunión con la naturaleza (en este aspecto sí muy acorde con los principios románticos) y de una falta de pretensiones que hace de su lectura un agradable divertimento que reivindica la sencillez y la falta de pretensiones como secretos para llevar una buena vida. Al menos en literatura, no es un mal consejo.

Editorial Rey Lear

Traducción de Ursula Toberer

miércoles, 26 de agosto de 2015

Leyendas, de Gustavo Adolfo Bécquer


Las Leyendas de Bécquer es uno de esos libros que se suele leer en los años escolares y de los que se conserva tan buen recuerdo que de vez en cuando entran ganas de regresar a él, pero siempre se interpone una novedad que nos parece más acuciante: después de todo, Bécquer nunca se apagará (no se puede decir lo mismo de la última obra maestra editada). Cuando finalmente volvemos a sus páginas, la fuerza de sus imágenes hace que, por muchos años que hayan pasado, inmediatamente recobremos las sensaciones que tuvimos en la primera lectura, ahora sin duda enriquecida y completada.

Porque lo más llamativo, lo más memorable de los relatos de Bécquer, es la creación de imágenes imborrables, hasta tal punto que aunque hiciera tiempo que no pensáramos en ellos, enseguida regresan del lugar apartado de la memoria en la que los habíamos enclaustrado y resplandecen con esa verdad y esa fascinación que son lo que convierten las leyendas en algo muy real. Ya sea en sueños, en reflejos que impregnan otras obras, en nuestras propias fantasias, las creaciones de Bécquer siempre han estado allí, aunque no nos diéramos cuenta.




La verdad es que las Leyendas no comienzan con buen pie. Cierto que El caudillo de las manos rojas tiene una exuberancia apabullante, pero su exotismo suena impostado. Por suerte, pronto entramos en terreno plenamente romántico, sí, pero en el que por arte de magia los tópicos se transforman en sinceras muestras de espíritu. Las historias medievales, los elementos sobrenaturales y la pasión artística se entremezclan para crear un mundo propio de ficción pura pero a la que cualquier lector con un poco de sensibilidad entrega su alma.

La armadura que se sostiene sin nadie en su interior, el órgano decrépito que suena sin que nadie lo toque, la reunión de monjes a medianoche para cantar el miserere, las estatuas que cobran vida, la joven convertida en corza blanca... Es obvio que Bécquer tiene el don de la musicalidad, que sus cuentos más que leerse se degustan gracias a su explosión sensorial, que tiene esa gracia única para describir de la manera más preciosista y que a la vez todo parezca fluido. Pero lo que realmente permanece son sus ambientes, sus cuadros de una viveza a menudo aterradora, su capacidad taumatúrgica para convertir la palabra en vida.



Editorial Cátedra

martes, 7 de abril de 2015

Que se levanten los muertos, de Fred Vargas


Que se levanten los muertos es una de las primeras novelas de Fred Vargas (pertenece a lo que se podría considerar como el periodo pre-Adamsberg), y sin embargo ya posee todos los elementos que han convertido a Vargas en una autora adictiva y para muchos en la mejor escritora de novela negra de la actualidad. Puede parecer contradictorio que todas las novelas de Vargas sean tan particulares y a la vez tan reconocibles, pero es que la autora es única a la hora de mezclar elementos ya conocidos y lograr resultados sorprendentes.

Por ejemplo, el misterio que encierran sus libros siempre tiente un aire extraño, casi paranormal, pero su resolución es racionalista, cartesiana. Que se levanten los muertos, como todas sus novelas, se inicia con un suceso inexplicable, en este caso la aparición de la noche a la mañana de un haya en el jardín de una cantante de ópera retirada. Esta discordancia podría pasar inadvertida, pero da pie a que se inicia una historia en la que nada parece tener sentido y en la que los muertos (ya sea de manera metafórica o real) se ponen en pie para reclamar su venganza.




También el humor de Vargas es muy suyo. En Que se levanten los muertos aparecen por primera vez “los tres evangelistas”, Marc, el medievalista incisivo; Mathias, el prehistoriador que personifica la pervivencia del cazador-recolector; y Lucien, el obsesivo investigador de la Gran Guerra. Por supuesto, tampoco podía faltar Armand, el viejo policía retirado que se las sabe todas. Vargas podría muy bien utilizar estos excéntricos personajes para burlarse de ellos sin conmiseración, pero en su lugar los trata con cariño y respeto.

Otro elemento muy característico de Vargas es un romanticismo palpable y a la vez pudoroso. Todos sus personajes esconden una historia de amor, pero este se desarrolla casi de manera subterránea. Pero todos estos elementos que enriquecen la narración no evitan que fluya una investigación policíaca llena de recovecos y meandros imprevisibles, como no podía ser menos cuando los detectives son unos personajes tan geniales y disparatados como los tres historiadores evangelistas, con pistas falsas, sorpresas y, ante todo, el retrato de un mundo del que, al menos en materia literaria, no se querrá salir.

Editorial Viviane Hamy
Edición en castellano en Siruela

miércoles, 25 de marzo de 2015

El misterio de la carretera de Sintra, de Eça de Queirós y Ramalho Ortigão


El misterio de la carretera de Sintra, primera novela de Eça de Queirós (escrita en colaboración con Ramalho Ortigão) pertenece a ese extraño tipo de libros que se sitúan en una época de ruptura en el que un género agoniza pero todavía no ha dado paso a una nueva corriente preponderante. Pero lo más raro no es comprobar lo bien que se las arreglaba el que sería maestro del realismo portugués en los territorios del romanticismo, sino la modernidad de una narración autoconsciente que da otro significado al término “posromántico”.

En realidad El misterio se podría leer fácilmente como el clásico folletín decimonónico (fue publicado por entregas en el Diario de Noticias en 1870) en el que no faltan ninguno de los típicos ingredientes de este género. Pero sería perderse lo mejor. En la novela nos encontramos con un crimen sin explicación aparentes, personajes embozados, veneno, viajes exóticos y mujeres misteriosas (no falta ni la exuberante española, inevitablemente llamada Carmen: ni tan siquiera en Portugal la imagen de lo español pasa de ser una caricatura romántica).




Pero lo más curioso es que los autores, que saben bien lo que todo este entramado novelesco tiene de artificioso, juegan con el concepto de folletín y en algún capítulo incluso lo ponen en duda de manera explícita. Al construir la narración a través de diversas voces que dan su propia versión de lo sucedido, introducen a un corresponsal agrio y agudo que no deja de criticar lo que ve como una construcción manida e inverosímil. Se podría considerar como ponerse la venda antes de la herida, pero conocido el talento Eça de Queirós lo interpretamos más bien como otro elemento más en su cuestionamiento de la novela popular más común en aquella época.

Lo cierto es que El misterio adolece de no pocos defectos en su construcción y que en algunos momentos la parodia parece dejar paso a un genuino espíritu romanticista hoy muy pasado de moda. Pero, como pasaba con El monje respecto a la literatura gótica, El misterio se puede leer como la gozosa culminación de un género, un libro en el que todo está permitido y la imaginación no tiene ninguna cortapisa. Es tan fácil dejarse llevar por su argumento que sería un desperdicio ponerse a buscarle algo de coherencia. Para eso ya tenemos muchos otros libros perfectamente sólidos e inanes.

Editorial Acantilado
Traducción de Carmen Martín Gaite

miércoles, 30 de julio de 2014

Angel, de Elizabeth Taylor


A menudo se presenta la lectura como un espació de evasión, un refugio en el que esconderse de la cruda realidad y vivir vidas imposibles. Pero no es tan habitual retratar de la misma manera la escritura. No es extraño, pues a los propios interesados les conviene describirse a sí mismos como seres atormentados dedicados en cuerpo y alma a un trabajo hercúleo. Gratificante, es cierto, pero repleto de privaciones y escaso reconocimiento. En Angel Elizabeth Taylor dibuja a una autora que utiliza la escritura para crear su propio mundo. Y no simplemente un mundo imaginario, sino que a través de lo que gana con su obra puede realizar todos sus sueños. Eso sí, las cosas nunca son tan bonitas como se pintan.

Lo cierto es que pocas veces una novelista habrá creado un protagonista tan repelente como Angel, y que esta sea escritora no puede ser casualidad. Angel es un ser fatuo, caprichoso, narcisista hasta lo patológico y, lo que es peor, sin el menor sentido del humor. Solo en un par de ocasiones, cuando Angel baja las defensas y se olvida de representar su papel, encontraremos algo de humanidad en ella. Pero, como le pasa a los personajes que la rodean, tendremos que poner mucho de nuestra parte para llegar a sentir simpatía por ella, o al menos compasión.




Esta Angel Deverell esta inspirada claramente en Ouida y Marie Corelli, autoras de gran éxito a finales del siglo XIX y principios del XX y hoy casi totalmente olvidadas. Se trata de autoras de un romanticismo que hacía las delicias de los lectores menos formados y a la vez suponían una inagotable fuente de irrisión para los más cultos. Estamos pues ante un sujeto irresistible del que burlarse, pero Taylor sabe combinar un humor implacable con una gran capacidad de percepción y delicadeza. Angel es un ser patético y odioso, pero también llegaremos a saber el motivo de su comportamiento, lo que la hace humana.

Taylor decidió no cebarse en el estilo de Angel, que sin duda daría para una buena ración de sarcasmos y que aún hoy en día sigue vigente en numerosos libros (grandilocuencia, estilo engolado, tramas inverosímiles...). Para ella lo más importante era retratar este mundo de fábula imaginado por Angel y que una vez llevado a la realidad se desmorona sin dejar testigos. La realidad sería el reverso de ese universo romántico y feliz en el que cada capricho es colmado. Pero todavía queda la imaginación, la capacidad de superar los obstáculos por el simple método de obviar todo lo que nos molesta. Otra historia de la literatura.

Editorial Anagrama
Traducción de Jesús Zulaika


martes, 8 de julio de 2014

La flor azul, de Penelope Fitzgerald


Si recientemente hablábamos del enigma que rodea a Mary Ann Clark Bremer, no menos misterioso es el destino editorial de Penelope Fitzgerald en España. Hasta 1998 ninguno de sus libros fue editado en nuestro país, y solo a partir de 2010 y gracias a Impedimenta pudimos empezar a descubrir sus mejores novelas. Y el caso es que no estamos hablando de una autora cualquiera, sino que Fitzgerald es considerada en el mundo anglosajón como una de las grandes escritoras de la segunda mitad del siglo XX, y con toda razón.

La flor azul es, llanamente, una obra maestra. Y lo decimos conscientes de lo subjetivo de esta apreciación y de lo devaluado del calificativo. Pero aquí no hay dudas ni medias tintas, se trata de un libro extraordinario, un prodigio del arte de narrar que deslumbra tanto en su magistral dominio técnico como en ese aspecto mucho más intangible que es el don de la literatura pura, eso que supera cualquier análisis textual pero que todo buen lector sabe reconocer a la primera.

Se podría decir que La flor azul es una novela histórica, y efectivamente lo es, pero no en el sentido acostumbrado de libros de mil páginas de detalladas descripciones más o menos precisas y variadas aventuras que sirven como pálida excusa para desplegar un repertorio de conocimientos históricos en los que la literatura brilla por su ausencia. Se nota que Fitzgerald conocía la época que retrata, la Alemania romántica de finales del siglo XVIII, pero en su narración no hay nada de erudición ni de intentar dejar claro que detrás hay un trabajo de documentación: todo es fluido, preciso, justificado.




De igual manera, también se podría considerar este libro como una biografía de Novalis, pero de nuevo sería una categorización demasiado estrecha. Como dice la cita, del propio Novalis, con la que se abre el libro “las novelas surgen de las carencias de la historia”. No se trata pues de un perfil al uso en el que se nos vayan contando los antecedentes de la familia von Hardenberg, o la episódica narración de las experiencias vitales de Novalis, sino que Fitzgerald dibuja un panorama más amplio y a la vez tan personal que esta figura literaria cobra carne; un paisaje difuminado y sin contornos definidos, pero que sin embargo nos acerca sin artificios ni distanciamiento a un mito que percibimos como real.

Esta naturalidad también está presente en el magistral juego cronológico con el que compone la novela. Pese a que el tiempo de la narración es complejo y ambivalente, el lector apenas es consciente de los saltos temporales, pues todo se desarrolla de una manera sutil y vívida, como si se tratara de un presente continuo. Cuando después de más de 100 páginas el relato vuelve a su punto inicial, no lo hace tocando tambores y alardeando de pericia, sino que se presenta como algo coherente y orgánico.

De la exaltación de los primeros capítulos a la melancolía del final, Fitzgerld demuestra que domina todos los recursos que enriquecen una novela. Sus numerosos personajes son retratados con finura y profundidad, las tramas fluctúan hasta cobrar pleno sentido, las relaciones psicológicas están expuestas con una claridad que no impide percibir sus hondas implicaciones. Es cierto que con una sola lectura no se alcanza a descubrir todos los secretos del libro, pero es que La flor azul es un libro hecho para el retorno.

Editorial Impedimenta
Traducción de Fernando Borrajo

martes, 10 de junio de 2014

La edad de los prodigios, de Richard Holmes


Uno de los objetivos de la investigación histórica debería ser derribar mitos. No se trata de buscar polémicas o caer en el revisionismo sensacionalista, sino de iluminar aspectos que se dan por sabidos y que sin embargo pertenecen al reino de la fantasía o se han convertido en tópicos recalcitrantes. En La edad de los prodigios Richard Holmes destruye una de esas ideas asumidas que se han perpetuado a lo largo del tiempo: el enfrentamiento entre los autores románticos y la ciencia.

Apoyándose en expresiones descontextualizadas (“Newton ha destruido toda la poesía del arco iris al reducirlo a los colores del prisma” según Keats, o “se necesitarían 500 Newton para hacer un Shakespeare o un Milton” de acuerdo con Coleridge), o en obras desvirtuadas (como la evolución que tuvo Frankenstein, cuyas popularísimas adaptaciones teatrales y fílmicas poco tenían que ver con el original de Mary Shelley), se ha instalado la idea de que la generación romántica fue una enemiga feroz de cualquier avance científico. Y nada más lejos de la realidad.

Holmes demuestra que gran parte de los poetas románticos (el mismo Keats tenía estudios en medicina) no solo no rechazaba las consecuencias de la Ilustración, sino que en muchos casos eran apasionados defensores de la investigación científicas, sobre todo en una época en la que las implicaciones de estos descubrimientos podían enfrentarse al sistema establecido y en última instancia propiciaron la muerte de dios, o al menos su irrelevancia: su existencia ya no era necesaria para demostrar nada. Precisamente Coleridge, pero también Shelley o Lord Byron, con su ímpetu, su actitud desafiante ante las convenciones y sus ansias de saber, se pusieron del lado de la ciencia frente al oscurantismo y las supersticiones.

Aunque habría que matizar que Holmes, con algunas excursiones continentales, se limita a retratar el romanticismo británico. Otra cosa sería el irracionalista y creador de monstruos romanticismo alemán, aunque Goethe y sus experimentos de aficionado también validarían la tesis general. En cuanto a Francia, importantísimo centro intelectual de la época y referente de muchos de los científicos británicos, se puede consultar el fabuloso La medida de todas las cosas, de Ken Alder, en el que también subyace la batalla entre los intentos por modernizar la sociedad y los intereses que preferían mantener las cosas en una estable inacción.




Pero el verdadero foco de atención de Holmes no son los escritores románticos, sino los científicos románticos. Más allá de una etiqueta oportuna, Holmes usa este término para caracterizar a unos brillantes e innovadores investigadores que compartían con sus coetáneos de letras un afán por ir más allá, la intención de beneficiar a la sociedad en su conjunto y en algunos de ellos incluso inclinaciones poéticas. Es el caso de Humphry Davy, uno de los tres protagonistas del libro, químico eminente, creador de una lámpara para detectar gases que salvo la vida de innumerables mineros, y poeta aficionado.

El libro de Homes puede leerse como la biografía de los más grandes científicos británicos de finales del siglo XVIII y principios del XIX; como un intento de acercar el mundo de la ciencia a los inexpertos a través de su explicación histórica; pero también como un libro de aventuras. Y así comienza, con la primera expedición de James Cook alrededor del mundo y su estancia en la paradisíaca Tahití. Aquí conocemos al primero de los héroes del libro, Joseph Banks, el mayor de los curiosos, siempre inquieto por conocer más, por saberlo todo. Y que como presidente de la Royal Society hizo todo lo que pudo para que los grandes misterios del planeta dejaran de serlo.

El tercer gran protagonista del libro es William Herschel. Con una vida que daría por sí sola para una extensísima biofrafía, Herschel llegó a Inglaterra desde Alemania como músico profesional y astrónomo aficionado para, con la ayuda de su hermana Caroline, convertirse en no solo el descubridor del planeta Urano, sino en, literalmente, el descubridor de nuevos mundos. Porque si se puede sintetizar la labor de Herschel como la del inventor del telescopio moderno o la de Humprhy Davy como el descubridor de la pila voltaica, en realidad ambos supusieron mucho más, ellos abrieron un camino que la ciencia actual todavía transita. Aunque mejor sería decir que ambos continuaron una carrera de relevos que ha llevado a los grandes descubrimientos de la humanidad y que continúa en marcha.

Como se puede ver, el trabajo de Holmes no es sencillo. Sintetiza en un solo libro la vida de tres gigantes, de una generación única, de una nación en su mejor momento. Va y viene sin perder en ningún momento la perspectiva, combina la parte científica del libro con las implicaciones literarias y sociales sin que se pierda la visión de conjunto ni el énfasis biográfico. Tiene el ritmo apasionante de las historias de aventuras, el rigor exigible a un libro de importantes consecuencias historiográficas y la amenidad del escritor que sabe cómo mantener la atención del lector no especializado. La edad de los prodigios es un libro que sin duda marcará una época en los estudios sobre historia de la ciencia.

Editorial Harper Press
Edición en español de Turner


jueves, 3 de abril de 2014

Vida y amores de los trovadores y sus damas, de Martín de Riquer


Hasta ahora sabíamos que las canciones de los trovadores estaban en el origen de la poesía en lenguas romances, pero con Vida y amores de los trovadores y sus damas descubrimos que también fueron el embrión de la novela occidental. Las recopilaciones por escrito de la obra de estos autores medievales se completaron con vidas y razós, que consistían respectivamente en un perfil biográfico del compositor y en una explicación de los textos.

La mayoría de estas vidas eran apuntes muy breves y estereotipados, muchas veces repetidos, otros de magra información (“cantaba muy mal”), y no pocas veces fantasiosos hasta la inverosimilitud, cuando no contradictorios. Y sin embargo, como explica Martín de Riquer, suponen una fuente única para conocer a estos creadores, pioneros de la historia de la literatura. El autor dejó de ser un personaje totalmente anónimo para convertirse en un ser real y conocido.




En Vida y amores también podemos conocer más extensamente las vicisitudes de algunos trovadores especialmente destacados, como Bertran de Born, un aventurero que vivió mil y una batallas, que se enfrentó a su propio hermano, a todos sus vecinos y a varios reyes de Inglaterra. Formó alianzas y las rompió con la misma facilidad. Y mientras, se convirtió en uno de los trovadores más famosos de su época. Si su obra sigue siendo apreciada, su figura pasó a la inmortalidad precisamente al aparecer en el Infierno de Dante.

A lo largo de 173 semblanzas y a lo ancho del sur de Francia, Cataluña y el norte de Italia, el lector de Vida y amores se solaza en divertidas anécdotas; se estremece con truculentas historias, como la de Ramon de Castell Rosselló, quien dio de comer a su infiel esposa el corazón de su amante; y admira la pasión romántica y recurrente de enamorados dispuestos a cruzar el mundo para ver el rostro de aquella a la que ya ama de oídas.

Editorial Acantilado

jueves, 23 de enero de 2014

Abadía Pesadilla, de Thomas Love Peacock


Para algunos historiadores de las ideas el Romanticismo está en el origen de todos los males. Su negación de los principios de la Ilustración para caer en la irracionalidad y el dominio de los sentimientos, abrió un camino peligroso que, según estos estudiosos, acabaría despertando al monstruo del totalitarismo. Pero al Romanticismo también se le puede acusar de pecados más veniales, como la generación de armadas de quejicas llorosos. Por otra parte, esto tendría su lado bueno, como el surgimiento de sátiras tan geniales como Abadía Pesadilla.

Thomas Love Peacock pertenecía por edad a la primera generación de románticos ingleses (Lord Byron o Keats), e incluso fue amigo de algunos de ellos, como Shelley, protagonista poco disimulado de Abadía Pesadilla. Quizá Shelley pensaría “con amigos como estos...”, pero lo cierto es que, si por algo se caracterizan los autores ingleses es por su sentido del humor, y Peacock demostró una vez más que ante la pomposidad, mejor que el sermón redentorista es la burla que desnuda su ridiculez.




En Abadía Pesadilla nos encontramos con una parodia de la novela gótica (subgénero del que ya hablamos a propósito de La abadía de Northanger). En el castillo que da nombre al libro se reúne un grupo de excéntricos románticos que ven la vida teñida de negro y que se complacen en el lamento y el pesimismo. La nociva influencia del Werther ha asolado Europa (e Inglaterra) y estos poetas y filósofos se entregan a la desesperación y la melancolía. Aunque aquí tienen nombres como Lugubrino, Ceñudo o Marioneta, sus nombres reales son bien conocidos. Cierto que en la lectura actual se pierde algo de la chispa original, pero las notas de María Cuenca Ramón ayudan a contextualizar y enterarse de los entresijos que Peacock usó para divertirse a costa de sus amigos.

Otro punto gracioso de la novela es que la parte final se convierte en puro vodevil. Peacock utiliza Stella, de Goethe, como modelo para exponer un juego de alcobas y amantes que esta vez parecería puramente francés. Porque todo el libro consiste en realidad en este juego de referencias cruzadas y puesta en solfa de los principios románticos. El héroe jura suicidarse a una hora determinada. Pero el reloj atrasa. No, no atrasaba. Bueno, ya es demasiado tarde.

Editorial El olivo azul
Traducción de María Cuenca Ramón

martes, 3 de diciembre de 2013

La abadía de Northanger, de Jane Austen


No podemos entender el gran malentendido alrededor de Jane Austen. Que se la considere una autora romántica solo puede indicar que quien exprese tal opinión o no ha leído ninguno de sus libros o lo ha hecho con tantos prejuicios que la evidencia no pudo mostrar lo obvio. Decir que Sentido y sensibilidad, por ejemplo, es un libro romántico sería como decir que lo es Madame Bobary.

Con La abadía de Northanger los malentendidos se multiplican, porque al equívoco habitual se une su catalogación como novela menor de Austen, cuando es un prodigio, quizá su libro más divertido, y en el que se muestra tan sagaz e inventiva como en sus mejores momentos. Puede ser que el motivo de su mala comprensión es que Austen utiliza la ironía con tal maestría que una lectura poco atenta pueda llevar a tomarse en serio lo que no es más de burla. Pero eso no es culpa de la autora: más bien cuenta a su favor.




En esta ocasión Austen no se conformó con parodiar las novelas románticas de heroínas acechadas e historias de amor convertidas en ordalías a través de las cuales la protagonista obtiene una lección y al final alcanza la felicidad. Que también. Aquí nos encontramos además con una parodia de las novelas góticas a la Radcliffe, con edificios malditos, fantasmas y viento que apaga las velas en el momento más inoportuno.

Utilizar el adjetivo “delicioso” al referirse a una novela de Austen es peligroso, pues puede llevar a los despistados habituales a confundirlo con “meloso”, pero lo cierto es que la lectura de La abadía es un placer continuo. Cada página se lee con deleite, saboreando la gracia de la escritura de Austen y su habilidad para jugar tanto con sus personajes como con sus lectores sin maltratarlos. Austen todavía tiene mucho que enseñarnos, y nosotros mucho que aprender de ella.


Editorial Espasa-Calpe
Traducción de Isabel Oyarzábal