miércoles, 2 de julio de 2014

Los hombres que miraban fijamente a las cabras, de Jon Ronson


La primera frase de Los hombres que miraban fijamente a las cabras es “Esta es una historia real”. Y hace bien Jon Ronson en dejarlo claro desde el principio, porque lo que viene a continuación es tan estrambótico que pese a las precauciones el lector no podrá más que poner en duda lo que le está contando ya desde la primera escena, cuando un general del ejército de los Estados Unidos intenta atravesar una pared con el poder de la mente. A partir de ahí todo se irá volviendo mucho más loco hasta convertirse en un relato siniestro.

Ronson es un periodista británico especialista en teorías de la conspiración, con una profesionalidad demostrada en sus variadas investigaciones y un sentido del humor que sabe moverse en el pantanoso campo de la paranoia. Tanto en sus trabajos televisivos como en su libro ¿Es usted un psicópata? ha demostrado que puede llegar hasta el fondo de espinosos asuntos (desde la dominación extraterrestre de la política mundial hasta el control por parte de psicópatas de las más importantes compañías del globo), y a la vez mantener en tono momento un distanciamiento y un empuje inquisitivo propios del mejor periodismo de investigación.




Durante la primera parte de Los hombres, como decíamos, el lector apenas puede creerse lo que está leyendo, la historia de un grupo especial del ejército americano que desde los años 70 se ocupó de realizar experimentos parapsicológicos que iban desde la levitación hasta el espionaje mental. Se trataba de un grupo de hippies y excéntricos que de alguna manera se las apañaron para obtener financiación estatal y desarrollaron con autonomía una nueva forma de hacer la guerra en la que pretendían imponer sus pensamientos pacifistas. Eran los guerreros jedi y estaban preparados para conquistar el mundo con una sonrisa.

Pero en la segunda parte,según nos acercamos a la actualidad, el tono del libro se vuelve mucho más perturbador. Ronson explica cómo el ejército se apropio de las ideas de estos visionarios para aplicarlas de una manera que no tenía nada de simpática. Así, explica algunas de las aberraciones que tuvieron lugar en Abu Ghraib y diversas técnicas de tortura que se empezaron a utilizar durante la guerra contra el terrorismo. Al contrario que en la fallida película que adaptó el libro, Ronson no se queda en lo superficial, sino que a través de un gancho popular y divertido llega a conclusiones mucho más inquietantes.

Ediciones B
Traducción de Carlos Abreu

martes, 1 de julio de 2014

La obra de François Rabelais, de Mijail Bajtin


A lo largo del tiempo la creación de François Rabelais ha sido valorada de muy diferentes maneras, partiendo del extraordinario éxito popular del que disfrutó desde su publicación hasta su encumbramiento en el siglo XIX (cuando Victor Hugo la situó a la altura de Shakespeare y Cervantes), lugar que ya no ha abandonado. Pero los libros de Rabelais también han pasando por épocas en las que se los consideraba groseros y de mal gusto, recelos que de igual manera han pervivido hasta la actualidad en la apreciación de algunos lectores.

Mijail Bajtin, extraordinario erudito que dotaba a sus estudios de un fundamento teórico tan sugerente como exhaustivo era su conocimiento documental, ya desde el título completo de su libro, La obra de François Rabelais y la cultura popular en la Edad Media en el Renacimiento, señala el marco de sus ambiciones. Porque no se trata de un estudio literario, o al menos tan solo de eso, sino de una investigación mucho más amplia que busca situar la obra de Rabelais en su contexto histórico y cultural, lo que nos permitirá hacer una interpretación ajustada y completa de unos libros a menudo malinterpretados.




A partir de la descripción detallada de las más extendidas fiestas, ritos y celebraciones de ese punto de inflexión para la historia de la cultura en Occidente que fue el paso del siglo XV al XVI, el tránsito entre la Edad Media y la Edad Moderna, de una cultura que se había mantenido durante mil años a un Renacimiento que buscaba el retorno a la Antigüedad, Bajtin alumbra los orígenes esquivos de una obra que ahora cobra pleno significado. En los años de la publicación de la obra de Rabelais se estaba produciendo un cambio completo de paradigmas en el que, por ejemplo, el sentido de la risa o de lo cómico se trastocó para siempre. Y si no se tiene esto en cuenta, Gargantúa y Pantagruel se convierten en un despropósito como salido de otro planeta.

Hay dos puntos a los que Bajtin reserva una especial relevancia: lo grotesco y el carnaval. El concepto de “grotesco” es algo que todo el mundo cree reconocer, pero que es difícil de describir, lo que ha llevado a que su definición haya variado a lo largo del tiempo. Pero si alguien quiere saber realmente en lo que consiste, la pista es sencilla: que lea a Rabelais. En cuanto al carnaval, hoy en día puede ser difícil concebir lo que suponía en la Edad Media, una fiesta realmente popular que podía extenderse durante dos meses cada año, y en la que todo se volvía del revés, los valores se invertían y la diversión reinaba. Queda claro, pues, a qué mundo pertenecían Gargantúa, Pantagruel y todos los personajes del universo rabelesiano.

Editorial Gallimard
Traducción de Andrée Robel
Edición en castellano de Alianza Editorial

lunes, 30 de junio de 2014

Frases hechas




 estos prejuicios míos sobre el tipo de personas que están dispuestos a abandonar libros en medio de la calle como si de hijos no deseados se tratase, aunque en lugar de en la puerta de conventos de monjas para que al menos el niño tenga una educación y le inculquen una moral y pueda ser alguien en la vida, el lugar preferido por estos despiadados son los parques, como si aún perviviera esa costumbre del siglo pasado, y me refiero al XIX, claro, de pasear por estos lugares, hoy habitados solamente por drogadictos, jubilados y drogadictos jubilados de vuelta de todo, que deberían tener cuidado para no pisar jeringuillas ni mierdas de perros, no sé qué es peor, pero que en lugar de eso se pasean con tranquilidad esperando que pase otro día sin haberse manchado demasiado la suela de los zapatos ni haber cogido ninguna enfermedad contagiosa, ya sea el sida o la manía de abandonar libros, y digo que mis prejuicios se vieron confirmados tras la lectura de un artículo entusiasta sobre esta nueva moda, el book I don’t know what, en el que se confirmaba que uno de los libros preferidos por los lectores sin corazón para ser abandonados en los parque era El Principito, justo el tipo de libro que yo diría que esta gente está dispuesta a abandonar sin remordimientos de conciencia, y me alegro por ellos, pero yo no podría hacer tal daño a la humanidad sin después pasar días de ayuno debido a mí conciencia totalizadora, no quiero ni imaginar un mundo repleto de lectores de El Principito, aunque este en el que vivimos parece repleto de gente que lo ha leído y que además le gusta, no solo porque tal como vamos es evidente que así es, sino porque es difícil ir por la calle, ya sea por parques o por avenidas, y no tropezarse con alguien que va incitando al primero que se encuentra a que lea El Principio, ese gran libro para niños y niñas de todas las edades que se puede leer una y otra vez sin perder la ilusión inicial, y ahora no solo habrá depravados de este estilo, sino que además las calles aparecerán embaldosadas por ejemplares de El Principio que nos impedirán caminar como hacían nuestros abuelos, y que a estos les impedirán entrar en los parques de sus amigos los yonquis, pues estarán tapiados por ediciones enteras de El Principito


Puedes descargar la novela completa en Amazon. Frases hechas, un libro diferente.

jueves, 26 de junio de 2014

El libro de mis vidas, de Aleksandar Hemon


Al leer El proyecto Lázaro el lector tenía la sensación de que si Aleksandar Hemon no había escrito “la” novela definitiva de nuestra época (porque es imposible saberlo desde dentro), al menos había logrado definir, ampliar y llevar a su punto culminante un estilo que caracteriza nuestro tiempo y que, a través de la literatura, nos ayudaba a entenderlo mejor. Y no podía ser otro que un autor tan preocupado por la identidad, un autor que escribe en un idioma, el inglés, que no dominó hasta bien pasados los 20 años, un autor de muchos mundos y muchos tiempos, procedente de un lugar, Bosnia, en el que parece que la tragedia es el tono natural de la vida, quien lograra aunar en su obra un sentimiento de inquietud tan general como difícil de domar, de cobrar sentido.

Y sin embargo, aún con este precedente que podría hacer presagiar lo mejor, el lector no está preparado para lo que se encuentra en El libro de mis vidas. En apariencia, una simple colección de artículos dispersos. En realidad, un festín inagotable sin una página que se pueda despreciar, un repertorio de un escritor fabuloso que tiene el don de la narración, que puede compaginar la profundidad del sentido de la vida con la ligereza del esparcimiento más banal. Sería imposible quedarse con uno solo de los capítulos del libro, ni tan siquiera hacer una selección: cada uno de ellos es especial, divertidísimo o desolador, único y a la vez coherente con el conjunto.




No deja de ser sorprendente que la reunión de artículos autónomos, aparecidos a lo largo de 10 años en revistas y periódicos diversos, formen en su conjunto un autobiografía consistente y completa. Desde la infancia del autor en la Yugoslavia comunista hasta su nueva vida en Chicago, Hemon recorre todos los estadios de la vida, desde la exaltación juvenil hasta la aceptación de la madurez. Y lo hace siempre con un tono íntimo y desprejuiciado, sincero y atento a los detalles, sensible y sobre todo comprensivo con los demás. Si Hemon ha construido una personalidad a base de golpes y de autoanálisis, esto no se traslada de manera pomposa o indulgente consigo mismo, ni tan siquiera es el típico escritor egocéntrico: es a través de los otros como Hemon consigue por fin comprenderse.

Aunque hemos dicho que es imposible destacar un episodio, también sería absurdo no detenerse en el último de los que forman el libro. A lo largo de toda la historia de Hemon hemos ido conociéndolo, encariñándonos con él, hemos compartido sus gustos y refrendado sus odios. Y así llegamos al terrible capítulo sobre la enfermedad de su hija. Aquí no hay espacio para la frivolidad, todo es delicadeza, tiento. Solo alguien con el talento de Hemon puede tratar un tema así sin caer en el sensacionalismo ni el patetismo, exponiéndose de manera radical y casi temeraria. Pero Hemon lo tiene claro y lo expresa mejor: para él la escritura es un método de comprender, de conseguir dar algo de sentido a su existencia. Y si todo su sufrimiento y el de su familia no sirvió para nada, también hay que contarlo.

Editorial Duomo
Traducción de Antonio-Prometeo Moya

miércoles, 25 de junio de 2014

Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco


Me acuerdo, no me acuerdo. No hay manera más honrada de iniciar unas memorias infantiles, una evocación clara y a la vez incompleta. No se recuerda el año en que todo sucedió, pero cada detalle de aquella habitación es nítida, presente. A José Emilio Pacheco no le preocupa la concreción cronológica, el dato incontrovertible, sino que se mueve en el campo de las sensaciones: olores, tactos, sabores. Pero también de las películas de la época, las fotografías, las revistas de moda. Un mundo que no tiene entidad histórica, pero que contiene su propia verdad.

Desde su título, Las batallas en el desierto evoca los juegos infantiles, esos juegos creativos y sin reglas, de apariencia fugaz, pero de una trascendencia insospechada. El protagonista puede tomarse tan en serio este juego como para no poder diferenciarlo de la realidad, y cuando se dé cuenta de las consecuencias descubrirá que su mundo, en apariencia tan sólido como invariable, puede deshacerse de la noche a la mañana. Los recuerdos se mezclarán, él crecerá hasta convertirse en otra persona, pero lo que se hizo no podrá cambiarse.




La trama de Las batallas en el desierto es tan leve como escasa su extensión. Pero no se trata tan solo de un libro de sugerencias, de memorias recuperadas, de evocación de un tiempo pasado en el que todo parecía posible (y en el que el futuro, el año 2000, era visto como la realización de la felicidad suprema y universal). También es una novela de formación, el retrato del momento en el que en niño cobra conciencia de que sus acciones tienen consecuencias y en el que empieza a comprender que el mundo de los adultos (sus juegos) tienen unas reglas propias y a menudo despiadadas.

El estilo de Pacheco es elegante, conciso, colorido. Pese a su bagaje poético (o a consecuencia del mismo), no hay nada de lirismo impostado, de pretensiones elegíacas. Todo es descrito de una manera precisa, emotiva en su sencillez. En apenas unas líneas, sin abusar del adjetivo, el autor es capaz de perfilar un personaje, de transmitir la esencia de un paisaje, de revelar la profundidad de un gesto de apariencia irrelevante. Y, ante todo, Pacheco consigue adentrarse en la piel de un niño en permanente estado de desconcierto y descubrimiento, sensaciones que se trasladan de manera natural al lector.

Editorial Tusquets

martes, 24 de junio de 2014

La casa en París, de Elizabeth Bowen


En términos puramente estilísticos, se puede considerar La casa en París como una obra maestra de orfebrería. Cada detalle está cuidado hasta la exquisitez, cada situación está pulida hasta dejarla resplandeciente; parecería que cada palabra está tallada a conciencia. Pero conformarse con este prodigio de escritura sería perderse lo mejor, quedarse deslumbrado por el brillo del talento literario sin saber descifrar lo verdaderamente importante de la novela de Elizabeth Bowen.

Por ejemplo, el personaje de Henrietta, uno de los niños protagonistas, puede parecer un simple recurso estructural, un carácter que sirve para dar colorido y consistencia a algunas partes de la historia que sin ella quedarían sosas. Pero en absoluto se trata de un comodín, sino que tiene entidad propia, un fondo denso y además aporta un punto de vista que enriquece la comprensión de lo que está pasando. Cada personaje aportará su propia experiencia, su sensibilidad, también sus limitaciones. Así, poco a poco, el lector irá descubriendo con amplitud de miradas lo que hay detrás del telón.



Porque la trama puede parecer muy simple en apariencia (una historia de amor trágica, un hijo abandonado, un reencuentro dilatado), pero tiene ramificaciones impredecibles, incluido un giro totalmente inesperado, que choca todavía más debido al tono contenido de toda la narración. Aunque lo cierto es que las mejores escenas de la novela son las más reposadas, casi introspectivas, como aquellas en las que los enamorados, que no llegan a comprender su pasión y se interrogan por su plausibilidad, expresan un desconcierto tierno y a la vez aterrorizado.

Es fácil asociar la técnica de Bowen a la de los grandes maestros modernistas: el dominio del punto de vista de Henry James; la desesperanza y fatalidad de Virginia Woolf; el romanticismo desencantado de Ford Madox Ford. Pero la vinculación más clara se produce con Katherine Mansfield. Su delicadeza, su dominio de la insinuación, esa habilidad para sugerir un trasfondo turbio tras la apariencia de normalidad y buenos modales. Parecía imposible trasladar la finura de Mansfield a una novela, pero La casa en París demuestra que Bowen estaba a la altura del reto.

Editorial Pre-Textos
Traducción de Silvia Barbero

lunes, 23 de junio de 2014

El mar, de John Banville


En los últimos años John Banville ha logrado un éxito poco común: reúne tanto una alta consideración crítica y una retahíla de variados premios como un amplio reconocimiento público, esto en gran medida gracias a sus libros de novela negra como Benjamin Black. Pero es seguramente El mar el libro que sigue permaneciendo como su obra más apreciada, quizá porque es la que mejor mezcla las dos facetas del autor, un depurado estilo literario y un texto apto para todo tipo de lector.

El mar comienza de una manera casi convencional, con tres tiempos narrativos diferentes, cierto, pero perfectamente diferenciados. Hay rememoraciones nostálgicas, descripciones cuidadas, personajes melancólicos. Un relato muy evocador. Pero, según pasan las páginas, todo se va mezclando; los diferentes épocas, antes claramente delimitadas, se confunden e integran, a veces en un mismo párrafo. Ya no hay distinción cronológica, no hay una concatenación lógica, sino que en la persona del protagonista viven de manera simultánea todos los yoes que conforman su memoria y su identidad.




Al leer El mar es inevitable pensar en el El mensajero, de L.P. Hartley. Se repite esa mirada adulta hacia una adolescencia turbadora, cuando una realidad inasible se escapaba más allá de la comprensión y que ahora, en la madurez, es recuperada con todas sus implicaciones morales y trascendentes. No es solo “lo que podría haber sido”, sino que este pasado cobra una nueva dimensión, una nueva verdad. La marca es permanente, aunque se haya producido de una manera inconsciente. Y es una herida que sigue supurando.

Pero esta es solo una de las partes de un libro más complejo de lo que podría parecer. Con la intrincación de diversos tiempos y la reunión de diferentes personajes, se puede llegar a interpretaciones muy diferentes, desde el eterno retorno, esa vida repetida en fases sucesivas, hasta la más evidente, sugerida desde el título, de una vida formada por sucesivas oleadas, de aparente calma pero incesante cambio, una acumulación de experiencias que parece morir al llegar a la playa. Pero en realidad este es solo el lugar desde el que poder contemplarla. E intentar entenderla.

Editorial Anagrama
Traducción de Damián Alou