martes, 8 de julio de 2014

La flor azul, de Penelope Fitzgerald


Si recientemente hablábamos del enigma que rodea a Mary Ann Clark Bremer, no menos misterioso es el destino editorial de Penelope Fitzgerald en España. Hasta 1998 ninguno de sus libros fue editado en nuestro país, y solo a partir de 2010 y gracias a Impedimenta pudimos empezar a descubrir sus mejores novelas. Y el caso es que no estamos hablando de una autora cualquiera, sino que Fitzgerald es considerada en el mundo anglosajón como una de las grandes escritoras de la segunda mitad del siglo XX, y con toda razón.

La flor azul es, llanamente, una obra maestra. Y lo decimos conscientes de lo subjetivo de esta apreciación y de lo devaluado del calificativo. Pero aquí no hay dudas ni medias tintas, se trata de un libro extraordinario, un prodigio del arte de narrar que deslumbra tanto en su magistral dominio técnico como en ese aspecto mucho más intangible que es el don de la literatura pura, eso que supera cualquier análisis textual pero que todo buen lector sabe reconocer a la primera.

Se podría decir que La flor azul es una novela histórica, y efectivamente lo es, pero no en el sentido acostumbrado de libros de mil páginas de detalladas descripciones más o menos precisas y variadas aventuras que sirven como pálida excusa para desplegar un repertorio de conocimientos históricos en los que la literatura brilla por su ausencia. Se nota que Fitzgerald conocía la época que retrata, la Alemania romántica de finales del siglo XVIII, pero en su narración no hay nada de erudición ni de intentar dejar claro que detrás hay un trabajo de documentación: todo es fluido, preciso, justificado.




De igual manera, también se podría considerar este libro como una biografía de Novalis, pero de nuevo sería una categorización demasiado estrecha. Como dice la cita, del propio Novalis, con la que se abre el libro “las novelas surgen de las carencias de la historia”. No se trata pues de un perfil al uso en el que se nos vayan contando los antecedentes de la familia von Hardenberg, o la episódica narración de las experiencias vitales de Novalis, sino que Fitzgerald dibuja un panorama más amplio y a la vez tan personal que esta figura literaria cobra carne; un paisaje difuminado y sin contornos definidos, pero que sin embargo nos acerca sin artificios ni distanciamiento a un mito que percibimos como real.

Esta naturalidad también está presente en el magistral juego cronológico con el que compone la novela. Pese a que el tiempo de la narración es complejo y ambivalente, el lector apenas es consciente de los saltos temporales, pues todo se desarrolla de una manera sutil y vívida, como si se tratara de un presente continuo. Cuando después de más de 100 páginas el relato vuelve a su punto inicial, no lo hace tocando tambores y alardeando de pericia, sino que se presenta como algo coherente y orgánico.

De la exaltación de los primeros capítulos a la melancolía del final, Fitzgerld demuestra que domina todos los recursos que enriquecen una novela. Sus numerosos personajes son retratados con finura y profundidad, las tramas fluctúan hasta cobrar pleno sentido, las relaciones psicológicas están expuestas con una claridad que no impide percibir sus hondas implicaciones. Es cierto que con una sola lectura no se alcanza a descubrir todos los secretos del libro, pero es que La flor azul es un libro hecho para el retorno.

Editorial Impedimenta
Traducción de Fernando Borrajo

lunes, 7 de julio de 2014

Leche, de Marina Perezagua


Es raro encontrar un libro de cuentos en el que cada relato sea totalmente diferente y al mismo tiempo la voz de la autora sea tan reconocible. En Leche nos encontramos con todo tipo de narraciones, desde el casi periodístico Little Boy que abre el la colección, pasando por el delirante y melancólico Las islas, hasta el profundamente perturbador Leche, que permanece como un incordio mental mucho después de que se haya cerrado el libro.

En este camino sembrado de minas por Marina Perezagua nos encontramos con historias fantásticas, humorísticas o de puro terror, pero en todas ellas detectamos un estilo, una manera de escribir que combina la ligereza de la buena contadora de cuentos con la profundidad inquietante de una autora con personalidad. Cada relato parece un paso más hacia la enajenación, pero se trata de una locura tan cotidiana y reconocible que su insania se multiplica y llega de una manera más directa.




A menudo las contradicciones se producen en un mismo relato, cuando el lector no puede evitar reírse, pero a la vez siente un escalofrío. Hay desconcierto, inseguridad, un perpetuo estado de sorpresa y de no saber qué espera a la vuelta de la página. A veces se produce un profundo sentimiento de desagrado y hay que esforzarse para continuar la lectura, aunque en el fondo sabemos que no vamos a poder resistirnos, hay algo de placer perverso que ahonda todavía más en este sentimiento de atracción morbosa.

Esta claro que hay virtuosismo en la escritura de Perezagua, como demuestra por ejemplo en La tempestad, y también que tiene muy presentes a sus referentes, como en Mio Tauro, pero es de igual manera evidente que no le preocupa complacer al lector, al contrario, parece buscar su rechazo instintivo, y que la originalidad de sus planteamientos desborda la tradición del género. Por eso Leche es adictiva en la misma medida que repulsiva, por eso es algo diferente sin ser experimental. Por eso es un libro difícil de recomendar pero que ningún aficionado a los cuentos debería perderse.

Editorial Los libros del lince

viernes, 4 de julio de 2014

El librero de París y la princesa rusa, de Mary Ann Clark Bremer


¿Quién es Mary Ann Clark Bremer? En internet la única información disponible es la facilitada por la editorial Periférica; no tiene entrada en Wikipedia ni hemos podido localizar ningún dato biográfico sobre ella en otro idioma que no sea el castellano. Tampoco se encuentran más fotos suyas que la borrosa imagen que aparece en la solapa de sus libros, ni ediciones de sus escritos en inglés o en cualquier otro idioma. ¿Se trata realmente de un personaje tan fascinante como olvidado? ¿Estamos ante un juego literario extremadamente bien resuelto? Como esto es un blog sobre literatura y no de investigación periodística preferimos reservar la resolución del enigma a la imaginación de cada cuál.

Lo que sí podemos valorar es la escritura de Mary Ann Clark Bremer, y en este caso nuestra opinión es clara: se trata de una escritora sobresaliente. Los libros que ha empezado a publicar Periférica dan muestra de una sensibilidad, una claridad y una elegancia de otra época (y nuevas aclaraciones no nos harán apearnos de esta percepción). En realidad más que libros se podría hablar de libritos, pero en ningún caso de manera despectiva, sencillamente su extensión hace difícil otra categorización: no son ni novelas ni cuentos, más bien fragmentos de unas memorias que retratan episodios muy concretos de su azarosa vida.

El librero de París y la princesa rusa es como una pequeña y brillante pieza de anticuario. Un delicado relato repleto de insinuaciones e historias sin completar. Nada termina de explicarse, por lo que el lector se ve envuelto en un misterio mínimo pero de consecuencias vitales. En cuanto al estilo, la autora utiliza una refinadas y largas frases, llenas de meandros y acotaciones, perfectamente trasladadas al castellano por Hugo Bachelli. Todo en el relato es fluido e inexorable, como una fábula de moraleja difusa.

Editorial Periférica
Traducción de Hugo Bachelli


jueves, 3 de julio de 2014

La mujer temblorosa, de Siri Hustvedt


Según dice un no tan viejo chiste, el psicoanálisis es una cosa de locos. Durante mucho tiempo las teorías de Freud imperaron como verdades casi incuestionables para, con el paso del tiempo, convertirse en poco menos que objeto de chufla y total descrédito académico. Uno de los motivos que se esgrimieron para atacar a Freud era que había universalizado principios morales y de conducta en realidad circunscritos a una clase social determinada (la alta burguesía), una época concreta (principios del siglo XX) y una ciudad muy particular (Viena). Hoy en día se podría decir que el psicoanálisis sigue siendo igual de localista: parece que tan solo en Nueva York y Buenos Aires sus representantes mantienen algo de crédito.

Por eso no es sorprendente que La mujer temblorosa haya salido precisamente de Nueva York. Pero no deja de ser llamativo que Siri Hustvedt, quien indudablemente ha realizado un trabajo de documentación extraordinario y que ha convertido el estudio sobre la mente en una obsesión, confíe tanto en el psicoanálisis como para considerar esta disciplina un método fiable de tratamiento y diagnóstico. También es cierto que Hustvedt parece sufrir esa patología que caracterizan a los estudiantes de primero de Medicina: padece todas las enfermedades sobre las que lee. Tiene migrañas, alucinanciones auditivas y visuales, temblores de origen indeterminado y algunas otras dolencias variadas. Con un padecimiento así no es de extrañar que busque respuesta en los lugares más insospechados.




Pero por muy alejados que nos sintamos de las ideas de Hustvedt y sus guías, su escritura es tan convincente que hace que nos pongamos de su lado y podamos comprender su proceso hacia un intento de comprender el origen de sus sufrimientos. Ella misma lo explica al hablar de algunas novelas en las que la voz de la narradora es tan persuasiva que por mucho rechazo que nos provoque, nos sentimos cautivados. Desde luego, La mujer temblorosa merece ser tomado en serio. Tanto la solidez de los conocimientos de Hustvedt como su habilidad para contar historias está fuera de duda. Otra cosa sea que podamos concordar con sus ideas.

Porque a veces la autor se sitúa peligrosamente cerca del dualismo, y peor todavía, del relativismo (¡anatema!). Hustvedt prefiere hablar de pensamiento blando, tolerante, abierto a matices y ajeno a la contundencia de las verdades reveladas e inamovibles. Es muy fácil simpatizar con esta postura, aunque sin dejar de tener claro que hay teorías inverosímiles y ya descartadas hace tiempo, y otras ideas que no admiten discusión ni medias tintas. En cualquier caso, y a fin de cuentas, La mujer temblorosa se lee como la historia de una mujer en lucha contra sus miedos tanto como contra sus enfermedades. Una mujer que no teme enfrentarse a sus debilidades ni tiene pereza a la hora de buscar soluciones.

Editorial Anagrama
Traducción de Cecilia Ceriani


Una rubia imponente, de Dorothy Parker


Puede que Dorothy Parker sea uno de los máximos ejemplos de escritores ahogados por su popularidad. Su propia persona y cierto aura de frivolidad ha causado que no se tome su obra tan en serio como merece. Y si no en serio, al menos con respeto y sin prejuicios. Porque al leer un relato como Una rubia imponente lo que queda claro es que se trataba de una escritora más profunda que superficial y que, más allá de su fama de incisiva cómica y creadora de memorables frases, poseía al menos la misma capacidad y recursos para sumergirse en el drama.

El estilo de Una rubia imponente es tan seco como empapada de alcohol está su historia. Se trata de uno de esos cuentos de la prohibición en los que sus protagonistas viven para beber y no son capaces de concebir una existencia sin whisky. Pero el alcoholismo no es más que el telón de fondo de la narración, en realidad centrado en la figura trágica de Hazel, que en una metáfora fácil se podría describir como un bombón de licor. Sin que se expliquen los motivos (todavía no había llegado la moda del psicologismo), el lector asiste al derrumbe de la protagonista, a la que no le sale nada bien, ni tan siquiera es capaz de acabar con todo.

Esta edición de Una rubia imponente cuenta con las ilustraciones de Elisa Arguilé, que aportan sensibilidad y claridad a una historia tan dura y directa que no se permite ningún otro adorno. Con un desarrollo implacable que configura un retrato de la desolación sin concesiones ni melodrama, Parker firmó un relato que sobrepasa las constricciones del paso del tiempo para erigirse en un homenaje sincero y sentido a los desgraciados, a aquellos a los que el mundo les sobrepasa y solo encuentran refugios temporales. Y no hasta que pase la tormenta, sino hasta que el techo definitivamente se venga abajo.

Editorial Nórdica
Traducción de Elisa Arguilé

miércoles, 2 de julio de 2014

Los hombres que miraban fijamente a las cabras, de Jon Ronson


La primera frase de Los hombres que miraban fijamente a las cabras es “Esta es una historia real”. Y hace bien Jon Ronson en dejarlo claro desde el principio, porque lo que viene a continuación es tan estrambótico que pese a las precauciones el lector no podrá más que poner en duda lo que le está contando ya desde la primera escena, cuando un general del ejército de los Estados Unidos intenta atravesar una pared con el poder de la mente. A partir de ahí todo se irá volviendo mucho más loco hasta convertirse en un relato siniestro.

Ronson es un periodista británico especialista en teorías de la conspiración, con una profesionalidad demostrada en sus variadas investigaciones y un sentido del humor que sabe moverse en el pantanoso campo de la paranoia. Tanto en sus trabajos televisivos como en su libro ¿Es usted un psicópata? ha demostrado que puede llegar hasta el fondo de espinosos asuntos (desde la dominación extraterrestre de la política mundial hasta el control por parte de psicópatas de las más importantes compañías del globo), y a la vez mantener en tono momento un distanciamiento y un empuje inquisitivo propios del mejor periodismo de investigación.




Durante la primera parte de Los hombres, como decíamos, el lector apenas puede creerse lo que está leyendo, la historia de un grupo especial del ejército americano que desde los años 70 se ocupó de realizar experimentos parapsicológicos que iban desde la levitación hasta el espionaje mental. Se trataba de un grupo de hippies y excéntricos que de alguna manera se las apañaron para obtener financiación estatal y desarrollaron con autonomía una nueva forma de hacer la guerra en la que pretendían imponer sus pensamientos pacifistas. Eran los guerreros jedi y estaban preparados para conquistar el mundo con una sonrisa.

Pero en la segunda parte,según nos acercamos a la actualidad, el tono del libro se vuelve mucho más perturbador. Ronson explica cómo el ejército se apropio de las ideas de estos visionarios para aplicarlas de una manera que no tenía nada de simpática. Así, explica algunas de las aberraciones que tuvieron lugar en Abu Ghraib y diversas técnicas de tortura que se empezaron a utilizar durante la guerra contra el terrorismo. Al contrario que en la fallida película que adaptó el libro, Ronson no se queda en lo superficial, sino que a través de un gancho popular y divertido llega a conclusiones mucho más inquietantes.

Ediciones B
Traducción de Carlos Abreu

martes, 1 de julio de 2014

La obra de François Rabelais, de Mijail Bajtin


A lo largo del tiempo la creación de François Rabelais ha sido valorada de muy diferentes maneras, partiendo del extraordinario éxito popular del que disfrutó desde su publicación hasta su encumbramiento en el siglo XIX (cuando Victor Hugo la situó a la altura de Shakespeare y Cervantes), lugar que ya no ha abandonado. Pero los libros de Rabelais también han pasando por épocas en las que se los consideraba groseros y de mal gusto, recelos que de igual manera han pervivido hasta la actualidad en la apreciación de algunos lectores.

Mijail Bajtin, extraordinario erudito que dotaba a sus estudios de un fundamento teórico tan sugerente como exhaustivo era su conocimiento documental, ya desde el título completo de su libro, La obra de François Rabelais y la cultura popular en la Edad Media en el Renacimiento, señala el marco de sus ambiciones. Porque no se trata de un estudio literario, o al menos tan solo de eso, sino de una investigación mucho más amplia que busca situar la obra de Rabelais en su contexto histórico y cultural, lo que nos permitirá hacer una interpretación ajustada y completa de unos libros a menudo malinterpretados.




A partir de la descripción detallada de las más extendidas fiestas, ritos y celebraciones de ese punto de inflexión para la historia de la cultura en Occidente que fue el paso del siglo XV al XVI, el tránsito entre la Edad Media y la Edad Moderna, de una cultura que se había mantenido durante mil años a un Renacimiento que buscaba el retorno a la Antigüedad, Bajtin alumbra los orígenes esquivos de una obra que ahora cobra pleno significado. En los años de la publicación de la obra de Rabelais se estaba produciendo un cambio completo de paradigmas en el que, por ejemplo, el sentido de la risa o de lo cómico se trastocó para siempre. Y si no se tiene esto en cuenta, Gargantúa y Pantagruel se convierten en un despropósito como salido de otro planeta.

Hay dos puntos a los que Bajtin reserva una especial relevancia: lo grotesco y el carnaval. El concepto de “grotesco” es algo que todo el mundo cree reconocer, pero que es difícil de describir, lo que ha llevado a que su definición haya variado a lo largo del tiempo. Pero si alguien quiere saber realmente en lo que consiste, la pista es sencilla: que lea a Rabelais. En cuanto al carnaval, hoy en día puede ser difícil concebir lo que suponía en la Edad Media, una fiesta realmente popular que podía extenderse durante dos meses cada año, y en la que todo se volvía del revés, los valores se invertían y la diversión reinaba. Queda claro, pues, a qué mundo pertenecían Gargantúa, Pantagruel y todos los personajes del universo rabelesiano.

Editorial Gallimard
Traducción de Andrée Robel
Edición en castellano de Alianza Editorial